Una versión de este texto fue publicada el 27 de mayo en Equis Gente.
Soñar la película
No es la primera vez que hablo con Lorena Gutiérrez y con Jesús Quintana. Nos habíamos visto antes en entrevistas, foros y protestas donde el único tema siempre había sido el mismo: exigir justicia para Fátima.
Pero esta vez fue distinto. Esta vez Jesús y Lorena regresaban de la presentación y premiación de Querida Fátima en el Festival Internacional de Cine en Guadalajara —FICG—, el festival de cine más importante de Iberoamérica. Ahí, el largometraje documental de la Colectiva Varinia ganó el Premio Mezcal a Mejor Película Mexicana y el Premio del Público.

Volver al sitio de los hechos. Regresar a Lupita Casas Viejas, Estado de México. Pisar de nuevo ell barranco donde tiraron a su hija de 12 años. Encarar otra vez la casa de los asesinos, vecinos, menores de edad, hoy libres. Despertar recuerdos detallados y profundos que durante más de diez años habían intentado sepultar para poder respirar.
Fátima Quintana fue violada, asesinada y lapidada el 5 de febrero de 2015. Tenía 12 años. Sus asesinos confesaron. Los tres menores están libres por el sistema de justicia para adolescentes. El adulto, José Juan Hernández Tecruceño, sigue sin sentencia definitiva.
Han pasado once años. Cuatro de ellos filmando. Cuatro años en los que, mientras la cámara los seguía, Lorena y Jesús también caminaban otro juicio: el que iniciaron contra el Estado mexicano por el feminicidio de Fátima y por negligencia médica contra Daniel, su hijo más pequeño hoy también muerto.
Esta entrevista ocurre en medio de un triunfo amargo. Amargo porque ningún premio te devuelve a una hija. Amargo porque la conmemoración es dolorosa: celebrar una película que existe porque el Estado no evitó un feminicidio ni castigó a todos los culpables.
Pero Lorena, Jesús y Rodrigo Reyes no hicieron Querida Fátima para ellos. La hicieron para sacudirnos. Para que el feminicidio deje de verse como tragedia ajena.
Lorena tiene una sola petición: que después de ver Querida Fátima no volvamos a ser los mismos. Que no caminemos con indiferencia. Que dejemos de pensar que el feminicidio es problema de unas cuantas.
De eso hablamos. Del costo de filmar. De la decisión de incluir a su nieta Tamara. De sostener cuatro años de rodaje mientras enfrentaban juicios contra el Estado, acompañaban a otras familias de víctimas, intentaban reconstruir su vida y cargaban duelos que no cierran.
Esto me dijeron.
“Una película para Fátima era un sueño. Lo platicamos muchas veces como familia. Para nosotros significaba que mi hija trascendiera, que siguiera viva en la memoria. Yo siempre he pensado que el cine es la puerta para seguir viva”, me dice Lorena. “Por eso, en años previos, hacía presencia en el Festival de Cine de Morelia, en la Feria del Libro de Guadalajara, en el Cervantino. La esperanza era que alguien nos escuchara”.
Ese alguien fue Rodrigo Reyes. Lorena lo conoció en 2017 gracias a María Salguero, la activista que creó el Mapa del Feminicidio en México. Ahí empezó una amistad que también incluyó a Daniel, el hijo menor de Lorena y hermano de Fátima. A Daniel le interesaba el dibujo y la animación. Él y Rodrigo se volvieron cercanos.
Daniel murió después, víctima de la negligencia institucional que la familia enfrentaba por exigir justicia para Fátima. Su muerte marcó a Rodrigo. Y explica por qué el cineasta se negó a postergar Querida Fátima.
La única condición que puso Reyes fue una: que la película se hiciera en colectivo. Con la voz y la presencia de Lorena, de Jesús, de toda la familia. Así nació la Colectiva Varinia, nombrada así por Varinia, el segundo nombre de Fatima.
Cuatro años después de iniciar el rodaje, con la película ya terminada y recién premiada en el FICG, Lorena confiesa que hubo momentos en que pensó que nunca la acabarían. Jesús, su esposo, nunca dudó. Ni de acabarla ni de que la reconocerían.
Regresar a Lupita
A los tres meses del feminicidio de Fátima, la familia fue desplazada de Lupita Casas Viejas. Es un asentamiento controlado por comuneros. Eso explica el rezago: no hay agua, no hay luz, no hay calle pavimentada. Fatima debía caminar dos kilómetros diarios para llegar a la escuela, ida y otros dos de vuelta.
Los recursos públicos no llegan. Se quedan en manos de los caciques. A eso se refiere la violencia estructural: a vivir sin lo básico. Y en Lupita, esa falta de todo es también el contexto en el que matan a las niñas
El Estado llegó con ofertas: “Váyanse. Les pagamos el vuelo. Guatemala, Honduras, El Salvador… pidan asilo allá. Y si no se los dan, tómenlo como vacaciones”. No ofrecían protección. Ofrecían destierro. Querían la exigencia lejos, no la justicia cerca. Lorena y Jesús se quedaron en México. “Para que no se les olvide que no han cumplido”.
Para filmar Querida Fátima tuvieron que pedir permiso para quitarle los sellos a su propia casa. Grabaron. Al terminar, el Estado volvió a poner su calcomanía: “Propiedad en resguardo”.
En palabras de Lorena, la casa está exactamente como la dejaron aquel día de febrero de 2015. Sigue siendo propiedad de la familia Quintana Gutiérrez.
Es una casa que fue hogar y hoy es expediente. Eso es lo que el Estado llama “atención a víctimas”. Los agresores y sus familias siguen viviendo en la zona. Los desplazados fueron Lorena, Jesús y sus hijos. La familia de Fátima.
No hizo falta preguntar cómo fue volver a la casa. El rostro de Jesús lo dice todo cuando recuerda esos ocho días de grabación. Todo el peso de ese regreso cae en el columpio. El que hizo para Fátima y Daniel. Ahí jugaron miles de tardes. Ahí siguen todos los recuerdos de Tamara.
Tamara tenía tres años cuando mataron a Fátima. Era su sobrina, su adoración. Fátima tenía doce. El columpio las guarda a las dos: a la niña que se fue y a la que se quedó con toda la memoria.
Fátima volvía de la escuela a buscarla todos los días. Tamara hoy tiene trece años. Casi la misma edad de la tía que la adoraba. No olvida esos días.
Un amargo triunfo
Cada tarde, al terminar de grabar, la Colectiva Varinia se sentaba a platicar. Hablaban de lo que dolió ese día. De lo que faltaba grabar, dónde y cómo. Para Lorena y Jesús, esas pláticas fueron refugio.
Lorena convirtió ese hábito en exigencia. La misma que repite desde el día uno: “Si las autoridades nos escucharan, juntos podríamos construir justicia para que no le pase a otra niña. Pero no han querido escucharnos”.
El título fue elegido para que, al ver la película, Fátima sea también nuestra. Querida Fátima. Apropiarnos de su historia para que cimbre conciencias. Para dejar de normalizar el horror.
¿Por qué mi hija? ¿Por qué las niñas de este país? ¿Por qué debemos hacer una película de una niña que debía estar viva, que debió regresar a su casa? Todos deberíamos estar indignados. Después de mi hija, más de 30 mil niñas y mujeres han sido asesinadas. Nada ha cambiado (Lorena Gutiérrez, madre de Fátima)
En el FICG, Querida Fátima ganó el premio del público. Las emociones que recibieron Lorena y Jesús respondieron al propósito inicial: sí, rabia; sí, dolor; pero sobre todo acercamiento. Que el país mire lo que pasa con las mujeres y las niñas. Para Lorena y la Colectiva, ese reconocimiento le dio sentido a todo.
Durante la premiación, Lorena conversó con la antropóloga Rita Segato. De ella recibió lo que llama “el mejor halago”: “Lorena, eres una mujer muy inteligente, eso es un don, aprovéchalo. Yo hablaré en todos mis foros de la vida de Fátima y de su lucha por justicia”. Cuando Segato nombra, el mundo escucha.
A finales de mayo, Lorena y Jesús viajarán a Alemania. Después a Inglaterra y la gira seguirá. El Estado Mexicano les ofreció destierro con boletos de avión. Ellos eligieron otro rumbo: llevar la película, llevar a Fátima, a cada foro donde se exija justicia. Siguen su camino. La película también.
Derecho a retirarse
Un día, dice Lorena, se retirará de este camino. Quiere escribir el libro de memorias que lleva años leyendo en su cabeza. Quiere paz. Con Jesús, con sus hijos, con sus nietos. Lejos de tribunales, de salas de cine, de marchas, de plazas públicas.
Ellos también tienen derecho a un proyecto de vida. Y un día, lo van a tener.
Querida Fatima. Ya es de todos y todas.

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