La imparable voz de Lydia Cacho, periodista y escritora mexicana, ha marcado la forma en que las y los mexicanos entendemos la violencia patriarcal que se esconde en las élites políticas y empresariales del país.

Desde Los demonios del Edén (2005), una rigurosa investigación periodística en la que Cacho expuso una red de trata, protitución infantil y corrupción en Acapulco, hasta #EllosHablan (2018), un libro en el que explora la violencia a través de diversos testimonios de hombres y su relación con el machismo, Cacho se ha convertido en una referente del periodismo con causa, que antepone el cuerpo y desenmascara al patriarcado en su forma más visceral.  

En su última faceta, Cacho también se encuentra en la prosa, en el párrafo ornamentado, en el verso sútil pero aún desafiante. Este año, la periodista narra en Un halcón bajo mi ventana (2026) la evolución de una niña llamada Julieta mientras crece y descubre su país entre 1968 y 1974, un periodo trascendental de la historia del México contemporáneo. 

En entrevista con la Cadera de Eva, la autora muestra cómo su obra no solo es profundamente política, sino que también rescata la memoria emocional de las mujeres que participaron en la lucha por la democracia, inspirándose en figuras reales como su propia madre y abuela. “Las borraron... parecía que no habíamos mujeres jóvenes también. (...) Están en las fotos, pero no están en la literatura ni en el periodismo”.

¿Qué partes de Julieta, la protagonista, están más cerca ti?

Mucha menos de lo que la gente se imagina. Ya hubiera querido yo ser como Julieta de adolescente, toda centrada y toda equilibrada. Yo no era así, yo era muy, muy distinta. Sí era una preguntona, había tal vez esta parte de la adolescente curiosa, pero creo que es la edad de la curiosidad y del asombro,  por eso en mi novela yo quería que la protagonista fuese una preadolescente que va evolucionando con su país y con los acontecimientos brutales del 68 al 74. 

Nuestro país cambió radicalmente en ese momento. La democracia se sembró en muchos sentidos y, sobre todo, también la participación y los derechos de las mujeres; ahí se sembraron derechos que todavía seguimos defendiendo, por los cuales luchamos, pero que también han sido ganados, como la educación libre, accesible y gratuita para universitaria para una buena parte de la población. 

Quería que fuese eso, una niña que va descubriendo su país, que lo va narrando, que descubre desde el amor hasta la violencia, la ternura y la rabia, la incomprensión y la solidaridad.

Imagen

¿Qué mujeres te inspiraron a escribir sobre el personaje de Clara, madre de Julieta?

Clara, la madre de Julieta, sin duda tiene una  inspiración de mi madre. Mi madre era una feminista que hacía cosas que eran absolutamente anormales para la época. Era psicóloga, trabajaba en las comunidades y así fue como yo tuve acceso a una realidad distinta de mi país aquí, creciendo en la ciudad de México, en la colonia Mixcoac y viendo cómo ha funcionado el país desde un lugar más real, más a pie de tierra.

Mi abuela materna también era una mujer absolutamente libertaria, que nos educó y estuvo presente con esta sensación de que las niñas y los niños tienen derecho a hablar, tienen derecho a ser escuchadas. Eso para mí fue absolutamente trascendental. Luego ya le metí ficción, algunos aspectos de otras mujeres y elementos que yo imaginaba. Particularmente a partir del 65 hubo una gran cantidad de mujeres que se involucraron en todos los movimientos sociales de toda América Latina, eran mujeres que estaban rompiendo los paradigmas, que querían una vida distinta, que no estaban dispuestas a aceptar el rol que se les asignaba como mujeres casadas. (...) Hay un poco de muchas de ellas en Clara.

¿Crees que la ternura también podría ser como una forma de resistencia política? ¿De qué manera?

Yo creo que esa es una reflexión profundamente individual... yo sí sigo creyendo en ello a pesar de todo lo que he vivido como reportera y como una mujer que nació en el 63, o sea, hay una carga emocional, ideológica, educativa y formativa que llevo conmigo, que tiene que ver con cómo veo el mundo desde niña, pero también puedo decir que, como sobreviviente de tortura y de muchas cosas que he vivido, decidí que yo no quería trabajar ni seguir adelante ni ejercer, desde la rabia, desde el enojo, desde el resentimiento (...).

Para mí era importante que nuestros personajes principales en la novela, aún cuando sean muy fuertes, muy sólidos, actuaran desde el ímpetu por la búsqueda de la bondad, de la justicia, del amor hacia las otras, y eso se refleja en la novela.  La épica de las mujeres es que terminamos convirtiéndonos en heroínas de manera absolutamente circunstancial. 

Es decir, ninguna de ellas, de todas ellas que estuvieron ahí, que fueron las grandes heroínas de 68, aunque las hayan borrado de la historia, y ninguna de nosotras, las que nos hemos convertido eventualmente en una forma de heroínas de este país, hemos llegado buscando ni la fama ni la fortuna ni el heroísmo ni una épica personal ni tratando de conquistar el mundo y hacer guerras. Hemos tratado de evitar las guerras. Nosotras conseguimos el poder y conseguimos los espacios de sororidad y de poder feminista a través de movimientos horizontales y ellos los han conseguido desde el lugar de los movimientos verticales. Yo quería retratar eso en esta novela y por eso es una novela profundamente política.

¿Qué paralelos encuentras entre la violencia de estado de aquella época y la actual?

Hay muchos... hay una pregunta que deja en las manos de las y los lectores esta novela y es una pregunta que tiene que ver con que por qué la izquierda en los años 60 luchó sólidamente y tan en conjunto en contra la militarización del país y esa izquierda que luchó todos esos años, ahora, de repente, está en el poder y ahora está de acuerdo con que el país esté militarizado... tú no puedes convertir al ejército en la policía alrededor de tu casa, hay un peligro inmenso ahí porque no es su labor. 

Entonces, también dejo ahí esa pregunta: ¿qué pasó con ese México? ¿qué pasó con esa generación? Esa generación que nos está gobernando hoy en día, a la que yo pertenezco de una u otra manera y que eran muchas y muchos de ellos mis amigos, esa era la generación que estaba absolutamente en contra —hace seis, ocho o diez años— de la militarización del país.

Imagen

¿Qué te permitió la ficción que el periodismo no o por qué decidiste hacer una novela así?

Bueno, para empezar es que si yo hubiese hecho este libro como una investigación periodística, sería imposible poder contar las historias de todas estas mujeres. Imposible porque las borraron. Resulta que parecía que no habíamos mujeres jóvenes también (...) la novela me permitió juntarlas e inventarme este círculo de mujeres. Yo me voy a inventar todo este entorno en el que hay, qué comen, cómo duermen, de quién se enamoran. Y eso es lo más divertido de la ficción, que puedes darte las licencias que el periodismo no solamente no te permite, sino que es absolutamente inadecuado darte licencias en el periodismo.

¿Qué le diría Julieta a una joven mexicana de 2026?

Pues yo creo que lo está diciendo la novela, es decir, no te entregues al miedo, entrégate a la aventura de vivir porque de eso se trata. Descubre el amor y el deseo y la pasión en tu propio cuerpo, descubre tu deseo, descubre tu añoranza, descubre tu inteligencia y defiéndela: defiende tu propia voz a costa de lo que sea.

Después de investigar tanta violencia... ¿Qué te sigue dando esperanza?

Todo. Vivir, seguir viva. Haber vivido tantas amenazas de muerte y seguir viva y seguir trabajando y tener una familia amorosa y tener amistades a quienes quiero y que me quieren. Seguir luchando mano a mano con muchísima gente por tener un país mejor y un mundo mejor. Enamorarme, el amor a los animales, a la tierra. Todo, todo, todo me da esperanza. Todo a mi alrededor me da esperanza.