Esta investigación es resultado de la beca: “Programa Exprésate 2025” de la Fundación Internacional de Mujeres en los Medios de Comunicación (International Women's Media Foundation , por sus siglas en inglés)
Son las ocho de la noche y Jazmín se dirige al cuarto de un hotel de bajo costo, donde el dueño le presta —a ella y otras trabajadoras sexuales en situación de calle— un cuarto para descansar o cambiarse. Huele a humedad y no está limpio, pero ella agradece el espacio.

Mientras se acomoda las almohadillas que moldean sus caderas y simulan unas nalgas prominentes, explica que en la calle es más fácil conseguir drogas que comida. Por treinta pesos puedes comprar una piedra y experimentar una sensación de euforia. Dependiendo de cómo se consuma, la sensación de alegría inmensa se puede prolongar por quince minutos y le quita el hambre por dos o tres días.
Académicos especialistas en el tema como Siobhan F Guerrero, investigadora del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la UNAM y Ricardo Baruch Domínguez, investigador independiente en materias de derechos humanos y salud de poblaciones clave, reiteran que las adicciones de las trabajadoras sexuales hacia la piedra, cristal u otro tipo de sustancias ilícitas están influenciadas por los clientes, quienes les pagan por consumir.
Guerrero también prevé necesaria la intervención de la academia con la apertura de nuevas líneas de investigación, que contemplen una mirada interseccional para mujeres trans, con el objetivo de materializar iniciativas de atención. El problema, explica la investigadora, es que hay desinterés y no se destinan recursos gubernamentales para apoyar el campo de la investigación.
Ulises Pineda, Jefe de Departamento de Derechos de las Personas LBGTTTIQA+ de la CDHCM, reconoce que hay una falta de coordinación, orientación y atención digna por parte de las instituciones gubernamentales, lo que evidencia la ausencia de políticas públicas que deriven en atención real.
Para Dulce Jazmín, el cristal es de las peores drogas que se pueden probar. Explica que, por el consumo de esta sustancia, ha visto morir a varias de sus amigas; mujeres trans en condición de calle que por conseguir una dosis hacen “de todo”. Por eso, reitera que “respeta a los cricozos” (término con el que se refiere a las personas que tienen adicción a sustancias psicoactivas como metanfetamina o cristal), porque es difícil lidiar con la dependencia que causa esta droga. Y aunque ella se resiste a probar el cristal, la piedra no le es indiferente. Este “gusto adquirido” fue patrocinado por un cliente.
—Hace 10 años, un señor en la Merced me preguntó que cuánto cobraba por fumar piedra con él. Yo siempre le decía que no. Me insistió tanto y a la cuarta vez que lo vi me dijo: “te pago más si fumas conmigo”.
Geraldine Gonzáles de la Vega, Presidenta del Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México (COPRED), explica que quienes se dedican al trabajo sexual enfrentan más estigmas y formas de violencia, una de ellas la violencia simbólica: cuando sus cuerpos son subestimados y destruidos por el consumo de drogas.
—¡Me convenció!—, afirma Dulce Jazmín con resignación mientras pega con el puño a la pared.
—Primero, me dio 500 pesos por fumar una piedra, luego otros 500 por fumar otra. La primera vez que fumé me fue bien. Ese hombre pagó por enviciarme. Ahora que me ve ni me pela. Y así hace con muchas de aquí; paga para enviciarlas y luego ya no las pela. Esa es su fantasía sexual: hacer maldad.
Relaciones de riesgo y el riesgo de las relaciones
—¡Mira, mana, este es mi marido!—, dice Dulce Jazmín mientras se carcajea y se cuelga del brazo de Faustino, un vendedor ambulante de chocolates.
—¡Dulce Jazmín es la verga! Nunca me ha faltado el respeto ni a mí ni a mí corazón. Me decían que ella era la rompecorazones. ¡Creí que era broma, pero sí es una rompecorazones! Abusa de su belleza, dice Faustino.
Los piropos la animan a relatar su situación sentimental. Dice que, a mediados de 2025, terminó una relación con un chico que vivía por el metro Revolución. La ruptura la atribuye a la familia de él, que no aceptó que anduviera con una mujer trans que vive en la calle y se dedica al trabajo sexual.
Karen, otra mujer trans, trabajadora sexual y amiga de Jazmín, también dice que “sufre por amor” al haberse separado de su novio, quien la dejó para irse con otra trabajadora sexual de la zona de Tlalpan. Pero Jazmín se burla de ella, porque dice que ese novio es conocido entre las compañeras por ser un golpeador de mujeres.
Dulce Jazmín vivió la misma situación que Karen. Entre bromas y risas exhibe la parte baja de su vientre donde se aprecia una cicatriz profunda, “su cesárea”. Esa cicatriz, en realidad, es el resultado de una herida de arma blanca que su expareja le causó. Para Dulce Jazmín, la “cuchillada” fue lo de menos; el entorno de violencia que vivió con esa persona perjudicó su salud emocional y física, ya que también se contagió de varias infecciones de transmisión sexual (ITS).
De acuerdo con el diagnóstico “Acceso a los servicios de salud para las personas en condición de calle” publicado por el COPRED en 2024, seis de cada diez personas en estas condiciones que ejercen el trabajo sexual requieren acceder a servicios de salud sexual.
El colectivo “Alpha: Inclusivo quien lo lea”, conformado por hombres trabajadores sexuales en coordinación con Clínica Condesa, es de los pocos voluntariados que recorre las zonas de trabajo sexual para repartir preservativos, hacer pruebas de detección gratuitas de ITS y canalizar a las personas reactivas, con la finalidad de que reciban orientación y el tratamiento adecuado.
“Inspira Cambio A.C” es otra organización que promueve la salud sexual y reproductiva de las personas, especialmente de las que viven con VIH y otras ITS. Dulce Jazmín ha accedido a estos servicios. Explica que sus últimas pruebas de detección fueron en “Inspira”, aunque reconoce que la violencia institucional, la falta de recursos y la tristeza le impiden mantener un cuidado constante.
—Hace dos meses me dio gonorrea. Mis defensas estaban muy bajas, me sentía mal y me pusieron penicilina. Antes, también, ya tenía sífilis, para esa fueron tres inyecciones. La sífilis me la contagió mi exnovio, el que me acuchilló.
Dulce Jazmín está consciente del peligro que implican las relaciones sexuales sin protección, pero el verdadero problema radica en la presión de los clientes para no usar condón y consumir sustancias psicoactivas. Considerando, además, que las personas en situación de calle apenas cuentan con dinero para comer, la compra de preservativos pasa a ser una necesidad secundaria.
Antes de ser diagnosticada de gonorrea, Dulce Jazmín estaba tomando la PrEP (profilaxis preexposición); medicamento para prevenir la infección por el VIH que entregan de forma gratuita en Clínica Condesa. Muchas de sus compañeras la toman, aunque, al ser un medicamento de ingesta diaria, algunas lo suspenden por no poder trasladarse a la clínica. Pese a que el VIH ya es controlado de forma efectiva, Jazmín comenta que, para quienes viven en la calle, esta enfermedad causa depresión y ansiedad.
De hecho, Dulce Jazmín le tiene miedo al VIH porque dice que “ese ya no se quita”. Como ejemplo, menciona el caso de La china, una mujer trans en condición de calle que es portadora de VIH. Dulce Jazmín dice que cuando su amiga se enteró de que era positiva se puso muy triste ya que el estigma por ser portadoras es motivo de discriminación, incluso, entre la misma población de calle.
NOTA DE LA AUTORA
Para lograr este perfil era necesario mantener un contacto frecuente con Dulce Jazmín. Entonces, caí en cuenta de que buscar a una persona en situación de calle es una verdadera misión. Para dar con ella caminaba por la avenida Tenochtitlán, desde el metro Hidalgo hasta la estación del Metrobús Revolución, tres veces en un solo día. También preguntaba por ella a vendedores de puestos ambulantes, a sus compañeras y a la señora de los periódicos. En ocasiones, opté por describir su apariencia, pero la ambigüedad de las respuestas me llevaba a considerar que Jazmín, probablemente, había emprendido camino en compañía de su amigo Milaneso a otra colonia, en busca de espacios donde regalaran alimentos o quizás se encontrara dando “servicio” en el cuarto de algún hotel.
No siempre doy con ella, pero confió en que está bien. A veces, decido regresar a mi casa y volver otro día. No encontrarla me lleva a sentir un tipo de miedo y alerta sobre lo desesperanzadora y agresiva que se siente la calle cuando es lo único que se tiene. Ahora ya comprendo sus palabras: la calle merece respeto.

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