En la casa de Marisol Mendoza Gómez había muebles, sí, pero también había bafles. Eran parte del paisaje cotidiano, igual que la mesa del comedor o el sofá de la sala. Su madre los limpiaba, los adornaba con carpetas tejidas y les cambiaba la decoración como quien cuida un objeto querido.
Entraban y salían de casa con la misma naturalidad con la que otras familias guardan bicicletas o herramientas. Su padre pertenecía a organizaciones sonideras y ella lo acompañaba a reuniones, bailes y eventos. Así, aprendió a mirar un universo construido alrededor de la música, los micrófonos y el baile.
Sin embargo, había algo que tardó muchos años en notar precisamente porque parecía normal. Todos los que tomaban las decisiones eran hombres.
"Empecé a acompañar a mi papá a las juntas sonideras; estaba en diversas organizaciones, pero todas eran de hombres", recuerda. Su hermano continuó la tradición familiar, parecía que el relevo natural también estaba escrito para los hombres.
Fue hasta principios de los años dos mil cuando descubrió algo que cambiaría por completo su manera de entender el movimiento sonidero: existían mujeres detrás de las tornamesas.
“Nunca las había visto”, dice todavía con cierta sorpresa. Ese descubrimiento abrió una nueva conversación para ella y despertó una pregunta incómoda: si ellas siempre habían estado ahí, ¿por qué casi nadie hablaba de ellas?
La historia que nadie estaba contando
Antes de convertirse en la Musa Mayor, Marisol fue cronista. Su acercamiento al movimiento sonidero pasó primero por la documentación y la memoria. Participó en el Proyecto Sonidero junto con Adriana Delgado, recorriendo barrios como Tepito y La Merced para recoger testimonios, registrar bailes y reconstruir una historia que pocas veces aparecía en los libros.
Aquella experiencia derivó en publicaciones colectivas y en investigaciones sobre una de las expresiones culturales más importantes de la vida popular urbana. Mientras escribía sobre el movimiento, comenzó a conocer a más mujeres que trabajaban dentro de él.
En 2014 ocurrió un punto de inflexión. Durante un Juguetón Sonidero organizado en La Merced comenzaron a reunirse varias mujeres que compartían inquietudes similares. La conversación dejó de ser únicamente sobre música. Empezó a girar alrededor de la posibilidad de construir un espacio propio.
Así nació Sonideras de Corazón, un antecedente directo de lo que más tarde sería Musas Sonideras. "Fue nuestro primer acercamiento al feminismo”, dice.
Al principio eran pocas: dos gestoras culturales y tres sonideras. Su primera gran aparición pública ocurrió en 2015 durante el Festival por el Derecho a Decidir, celebrado en el histórico Salón Caribe, en la colonia México Tacuba.
Fue una presentación simbólica, pues comenzaban a organizarse como mujeres y el simple hecho de existir generó sorpresa. La repercusión fue inmediata, comenzaron a aparecer entrevistas, invitaciones y nuevos contactos.
Descubrir y aprender
Cuando Marisol empezó a convocar a otras mujeres para participar en entrevistas, conversatorios o presentaciones musicales, creyó que encontraría los mismos obstáculos que enfrentaban los hombres: conseguir equipo de sonido, espacios para tocar o contratos.
La realidad fue distinta. “Yo pensaba que era fácil. Yo pensaba que ellas porque ya traían una trayectoria, pues eran libres, ¿no? O sea, de decidir, libres de ir, de venir, de un montón de cosas”, recuerda. Pero no lo eran.
Cada invitación revelaba una barrera diferente. Algunas tenían que cancelar porque un hijo se había enfermado. Otras no podían asistir porque ese día por fin había llegado el agua a su colonia y debían lavar toda la ropa acumulada de la semana. Había quienes simplemente no podían salir porque su pareja esperaba que permanecieran en casa.
Las respuestas se repetían una y otra vez. Entonces entendió que el problema no era únicamente la falta de representación, sino que las mujeres llegaban a la cabina cargando responsabilidades que los hombres casi nunca tenían que negociar.
El feminismo dejó de ser una palabra ajena y comenzó a convertirse en una herramienta práctica.
Empezamos a entender el feminismo como una herramienta de vida. Empezamos a pensar entre nosotras y pensar en nosotras, ¿Qué es lo que necesitamos? (Marisol Mendoza Gómez, Musa Mayor)
Una revolución hecha de pequeños cuidados
Las primeras soluciones no surgieron de grandes manifiestos.Surgieron de gestos aparentemente simples. Si una sonidera no podía tocar porque no tenía con quién dejar a su bebé, otra integrante lo cuidaba durante la presentación.
Si alguien necesitaba tiempo para una entrevista, las demás organizaban los cuidados. Así crecieron también las hijas e hijos de muchas integrantes.
Marisol recuerda que su propia hija, conocida como Princesa Duende, la acompañó desde muy pequeña a múltiples actividades. También menciona al hijo de otra integrante, hoy adolescente, que prácticamente creció entre bocinas y cabinas gracias al acompañamiento colectivo.
"Tuvimos que ir cambiando los pensares y sentires de nuestras parejas (...) tuvieron que cambiar un buen de cosas, se hizo una revolución", dice. Así, detrás de cada presentación había una negociación doméstica invisible. Había ropa que esperar, comidas que preparar, personas dependientes que atender y jornadas laborales que terminar antes de poder salir rumbo a una tocada.
Antes ser que tener
A la desigualdad doméstica se sumaba otra brecha menos visible: la económica. Dentro del movimiento sonidero existe una enorme distancia entre quienes poseen grandes equipos de audio y quienes apenas comienzan.
Hay sonideros que movilizan tráileres completos, estructuras monumentales, iluminación profesional y decenas de personas en cada evento.
Muchas mujeres, en cambio, ni siquiera tenían bocinas propias.
A mí también me llegaron a decir: 'Mari sin bocinas'
Lejos de asumir esa carencia como un límite, decidió convertirla en una enseñanza: “primero tenían que ser y después tener”
Poco a poco aparecieron talleres, residencias, conversatorios y nuevas generaciones de mujeres interesadas en aprender desde cero. Y la frase terminó convirtiéndose en uno de los principios que transmiten hoy.
Antes de pensar en comprar equipo, explican, hace falta construir una identidad: encontrar un nombre, definir una voz y aprender a seleccionar música. Entender el oficio.
Ese aprendizaje también cambió la lógica del colectivo. En lugar de competir por contratos o por visibilidad individual, comenzaron a compartir conocimientos, espacios y oportunidades. No era solamente una colectiva. Era el inicio de un movimiento.
Hacer de la sororidad una costumbre
Musas Sonideras nació resolviendo problemas y el feminismo llegó para ponerle nombre a muchas prácticas que las integrantes ya estaban construyendo casi por intuición. De ahí que la respuesta natural fuera organizarse.
La lógica nunca fue privilegiar a una sola figura, sino generar oportunidades para que más mujeres pudieran adquirir experiencia, hacerse visibles y construir una trayectoria.
Las primeras integrantes de la colectiva habían aprendido casi siempre de un hombre: del padre, del hermano, del esposo, de un patrón o de otro sonidero que les dio una oportunidad. Hoy la transmisión del conocimiento ocurre de otra manera.
Llegaron las residencias artísticas, los conversatorios, los festivales y los talleres. Las integrantes dejaron de ser únicamente participantes para convertirse en formadoras.
Hubo un momento en que Marisol dejó de conocer personalmente a todas las mujeres que querían integrarse. Primero comenzaron a escribirle desde distintos estados del país. Después llegaron mensajes desde Estados Unidos.
“Me preguntaban: '¿Qué tengo que hacer para ser una Musa Sonidera? ¿Cuánto cuesta la membresía?'”. La respuesta sorprendió a muchas. No existía una cuota. Nunca la hubo.
Nosotras ya estamos demasiado castigadas como para castigarnos entre nosotras
En lugar de sanciones, optaron por construir un sentido de responsabilidad compartida. La participación debía surgir del compromiso, no del miedo a una multa.
Ese modelo terminó atrayendo a mujeres muy distintas entre sí. Algunas provenían de familias sonideras con varias generaciones de experiencia. Otras apenas estaban dando sus primeros pasos.
Durante la pandemia, cuando los bailes presenciales desaparecieron, esa red encontró otra manera de fortalecerse. Gracias a un proyecto realizado con la Secretaría de Cultura, organizaron transmisiones virtuales semanales que permitieron reunir a sonideras de Chicago, Seattle, Los Ángeles, San Diego, Santa Ana y distintas ciudades mexicanas. “La virtualidad nos permitió conocernos”, recuerda.
Soñar para sonar
Si alguien asiste hoy a uno de los talleres de Musas Sonideras probablemente espere aprender cuestiones técnicas: cómo conectar un equipo, mezclar canciones o utilizar un micrófono.
Pero Marisol suele empezar por otro lado. Antes de aprender un oficio, insiste, hace falta imaginar el lugar que se quiere ocupar. A partir de ahí trabajan conceptos como identidad sonidera, presencia escénica, construcción de un nombre artístico y gestión cultural.
Ese principio también explica por qué el trabajo de Musas Sonideras ha llegado a museos, universidades, centros culturales y festivales donde hace algunos años habría parecido impensable encontrar una cabina sonidera. La colectiva ha participado en espacios como el Festival Internacional Cervantino, el Complejo Cultural Los Pinos, el Museo del Chopo, el Museo Kaluz, el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris y diversas instituciones académicas, llevando el movimiento sonidero a públicos que históricamente lo miraban desde la distancia.
Aunque Musas Sonideras es hoy una referencia obligada cuando se habla del movimiento sonidero con perspectiva de género, Marisol rechaza la idea de que el objetivo esté cumplido.
Su preocupación ya no se limita a conseguir más escenarios para las mujeres. Piensa en cómo preservar la memoria de quienes llegaron antes y en cómo evitar que las nuevas generaciones tengan que comenzar desde cero.
Por eso insiste tanto en documentar; guardar fotografías, pedir reconocimientos, conservar programas de mano, registrar exposiciones y archivar entrevistas. “No es para presumir. Es parte de mi currículum”, explica.
Durante décadas, explica, muchas mujeres participaron en la historia del sonidero sin dejar prácticamente rastro documental. Hoy quieren que eso no vuelva a ocurrir. Además, la declaratoria del sonidero como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Ciudad de México abrió una nueva responsabilidad al respecto.
Antes de llenar salones de baile, festivales o museos, estas mujeres tuvieron que aprender algo mucho más difícil: hacerse espacio unas a otras. Quizá ahí reside la mayor transformación; con su relevo en los micrófonos cambiaron la manera de imaginar una comunidad.
El siguiente paso para Musas Sonideras será el 9º Musafest, que se celebrará el próximo 18 de julio en el Salón Los Ángeles. En esta edición, 50 sonideras compartirán cabina en un encuentro que, más allá de la música, busca celebrar la memoria, el relevo generacional y el trabajo colectivo que la organización ha impulsado durante casi una década.

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