¿Cuándo empieza realmente la alfabetización? ¿Cuando una niña o un niño aprende sus primeras letras, cuando escribe su nombre, o mucho antes? Antes de llegar a un salón de clases, las niñas y los niños ya están aprendiendo a interpretar el mundo que les rodea. Las oportunidades para desarrollar el lenguaje, la curiosidad y el gusto por aprender comienzan en la vida cotidiana, pero no deberían depender únicamente de las posibilidades de cada hogar.
Hace unos días, México fue sede de una conversación global sobre este tema. El 8 y 9 de septiembre, la UNESCO celebró en Chiapas el Día Internacional de la Alfabetización, que este año conmemoró su 60 aniversario bajo el lema “Alfabetización para las personas, el planeta y la prosperidad”.
La celebración puso sobre la mesa los avances alcanzados, pero también los desafíos que aún persisten para garantizar este derecho; y quizá uno de los desafíos más importantes sea cambiar la manera en que entendemos dónde comienza este proceso.
El debate sobre el desarrollo educativo suele concentrarse en la escolarización primaria y en los índices de alfabetismo en la población adulta. Sin embargo, la evidencia de las ciencias cognitivas, la neurobiología y la economía del desarrollo han transformado esta concepción tradicional. La alfabetización no inicia con la decodificación formal de fonemas a los 6 años, sino desde la gestación y durante los primeros 3 años de vida. En esta etapa crucial se forman las conexiones neuronales que sustentan la adquisición del lenguaje, la comprensión del entorno y la capacidad de aprendizaje continuo.
Escuchar a una persona adulta, reconocer sonidos, ampliar el vocabulario, mirar imágenes, preguntar y contar lo que sucede son experiencias cotidianas que ayudan a construir las bases del lenguaje y de futuros aprendizajes. Por eso, hablar de alfabetización también es hablar de lo que ocurre antes de entrar a la escuela.
En México, la garantía efectiva del derecho a la educación inicial representa la política pública con mayor potencial transformador para romper los ciclos intergeneracionales de pobreza e inequidad social.
La población en primera infancia en el país supera los 12.4 millones de niñas y niños menores de 6 años. No obstante, este sector enfrenta profundas condiciones de vulnerabilidad. Datos oficiales del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) y diagnósticos del colectivo ciudadano señalan que el 51.9% de niñas y niños menores de 6 años viven en situación de pobreza, lo que representa a casi 6 millones de niñas y niños cuyo desarrollo cognitivo y físico se encuentra en riesgo severo.
Una agenda que empieza desde los primeros años
Frente a esta realidad, no basta con preguntarnos cuántas niñas y niños llegan a la escuela. También necesitamos preguntarnos en qué condiciones llegan, qué oportunidades tuvieron para desarrollar su lenguaje y sus habilidades.
Para responder a esta problemática y establecer prioridades nacionales, el Pacto por la Primera Infancia articuló 12 metas hacia el 2030. En el ámbito de la inclusión educativa y el bienestar social, las Metas 1, 7 y 8 plantean una relación particularmente relevante entre pobreza, educación inicial y educación preescolar.
La relación entre estas Metas es fundamental. Reducir la pobreza en primera infancia (Meta 1) es inalcanzable sin la expansión de servicios de cuidado y educación inicial de calidad (Meta 7). La educación inicial provee los estímulos socioemocionales y lingüísticos que preparan a las niñas y niños para una transición exitosa hacia la educación preescolar (Meta 8) y la educación primaria, reduciendo drásticamente las tasas de fracaso escolar futuro.
El retorno social de la inversión en primera infancia
La discusión también pasa por los recursos que como país destinamos a esta etapa de la vida. A pesar de que el presupuesto público ejercido en primera infancia registró un crecimiento nominal del 96% entre 2018 y 2025, estos recursos representan únicamente el 2.5% del gasto público total del país.
La evidencia económica indica que los retornos de inversión en el desarrollo infantil temprano son sustancialmente superiores a los de etapas educativas posteriores. Cada recurso destinado a la educación inicial reduce los costos futuros en remediación académica, salud pública y asistencia social, incrementando la productividad y la equidad social a largo plazo.
Fortalecer la inversión pública en infraestructura pedagógica, capacitación de agentes educativos y modalidades comunitarias de educación inicial es una condición indispensable para el desarrollo de México. La reciente conmemoración del Día Internacional de la Alfabetización es una oportunidad para preguntarnos qué estamos haciendo desde los primeros años de vida. Porque la alfabetización comienza mucho antes de las letras: comienza cuando las niñas y los niños tienen la oportunidad de jugar, preguntar, explorar y aprender.
Garantizar esas oportunidades y avanzar en las Metas del Pacto por la Primera Infancia es apostar por un México con mayor justicia, bienestar y equidad. Es darle a las niñas y niños las herramientas necesarias no solo para escribir su futuro, sino para transformar su presente.

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