Bad Bunny es un producto comercial. No es un artista antisistema ni underground, no habita los márgenes de la resistencia cultural. Nadie así podría ser el artista más escuchado del mundo digital ni protagonizar el medio tiempo del Super Bowl. Cada frase, gesto y acuerdo de Benito están calibrados por un enorme equipo de marketing y legal. Y sin embargo, antes de convertirse en ese producto global, ya era claro su activismo por Puerto Rico, contra el expolio estadounidense de la isla que lo vio nacer en Bayamón —un pueblo cercano a San Juan que ha vivido transformaciones demográficas brutales en las últimas décadas.

Su llegada al show de medio tiempo tampoco fue una iluminación progresista de la NFL, sino un cálculo sobre el futuro demográfico del fútbol americano. Un movimiento de supervivencia comercial, no un posicionamiento político.

Y sin embargo.

Bad Bunny podría permanecer callado frente a la violencia colonialista en el continente. Como tantos otros. Como la mayoría de los superartistas globales que callan —o peor, defienden abiertamente— frente al colonialismo, el genocidio y la política de terror que el gobierno de Trump despliega contra todo cuerpo que sea, parezca o acuerpe migrante en su propio territorio.

Podemos politizar nuestro consumo cultural. Podemos criticar mil cosas de la participación de ese muchacho isleño en el corazón del imperio. Podemos problematizar el uso y consumo de la cultura "latina" mientras los cuerpos latinos son violentados y expulsados. Podemos hacer todo eso. Lo hacemos.

Pero ser críticos no significa cerrarnos cualquier horizonte emancipador porque no sea tan impecable como quisiéramos.

En las mismas redes donde hoy se performa indignación porque un artista reivindicativo se "vende" al capital —como si no lo hiciéramos todos—, circula constantemente una cita de Dan Savage sobre la pandemia del SIDA en los 80 y 90: "Enterrábamos a nuestros amigos por la mañana, protestábamos por la tarde y bailábamos por la noche".

Pero la cita continúa. Savage explicó: bailábamos porque esa vida —la del baile, la alegría, el deseo— era justamente por la que estábamos luchando.

Me pregunto si todos los artistas, todas las canciones, todos los espacios donde se ha bailado por el derecho a la alegría cumplirían las flamígeras evaluaciones del activistómetro actual. Como pregunta Carolina Meloni: ¿ya no somos capaces de vivir un mínimo de goce? ¿Hemos perdido toda inocencia, toda esperanza?

Sabemos que Benito es una producción comercial. Sabemos también lo que significó para millones de personas latinas en Estados Unidos ver su cultura —nuestra cultura— representada desde un lugar de tanta ternura y goce. Lo sabemos porque lo reconocemos en lo que significó para nosotros: lo que sentimos en la tripa con ese niño dormido, con esas jóvenes trenzándose el pelo, con ese “seguimos aquí”. Seguimos aquí. 

El show no fue únicamente de una calidad impresionante. Estuvo lleno de gestos y mensajes sobre un latinaje que resiste, sobre el poder de lo colectivo, sobre sostener nuestra identidad frente al embate del odio. Sobre amar en tiempos de apocalipsis. Sobre bailar en medio de la crisis. Y permitirnos la esperanza y la alegría como parte de una articulación de la resistencia que necesita todos los gestos, todos los foros, todos los guiños. Incluso los imperfectos.

Porque el purismo político nos deja sin aire para vivir. Porque la resistencia no es solo la protesta rabiosa, sino también la defensa radical de nuestra capacidad de goce, de nuestra dignidad cultural, de nuestro derecho a ocupar espacios, incluso los comerciales, incluso los imperiales, sin justificar nuestra existencia.

Bad Bunny en el Super Bowl no es la revolución. Es un recordatorio de que nuestra cultura es poderosa, que merecemos ternura y goce incluso en medio del horror. Y que a veces, la insistencia en existir con alegría en el corazón del imperio es también una forma de resistencia.

No la única. No la más pura. Pero sí una necesaria.