Este año comienza en un contexto complejo, por decir lo menos. Vivimos en un mundo cada vez más intimidante: discursos de odio normalizados, posturas antiderechos, colonialismo disfrazado de libertad. Frente a todo ello, el silencio, la comodidad o la neutralidad no son opciones disponibles. Y aquí es donde quiero poner el acento: cuestionar es una forma de libertad.
Para mí, cuestionar ha sido una manera de habitar el mundo.
Incomodarme y confiar en esa incomodidad. Porque si bien no cuestionar puede ser una forma de protección, también implica renunciar a pensar distinto. Cuestionar, en cambio, nos abre la posibilidad de disentir, de ser sensibles ante las injusticias, de tener una mirada más amplia, de imaginar y construir otros horizontes. Y todo ello es un grito potente de libertad.
Cuestionar nos forma y nos transforma. Nos obliga a desarrollar pensamiento crítico. A no quedarnos con una versión única de los hechos o a quedarnos con la literalidad de lo que vemos o leemos.
En una época marcada por la sobreinformación, la polarización y las respuestas rápidas, detenernos a pensar, a preguntar, a dudar, a alejarnos del discurso fácil, es ya una forma de resistencia.
En mi día a día, hablo de politizar como el acto de entender que nuestras experiencias no son aisladas; que lo que sentimos, lo que vivimos y lo que nos duele está atravesado por estructuras de poder. Politizar es dejar de pensar que todo es individual y empezar a interpretar las condiciones que nos rodean.
Cuestionar es un acto profundamente político que no se acaba cuando cerramos Instagram. Atraviesa los afectos e incide inevitablemente en la forma en la que habitamos el mundo.
Desde mi trabajo como abogada, cuestionar ha implicado resignificar aquello que yo misma aprendí como verdades. Entender que el derecho no es neutro y que, si no se cuestiona, puede reproducir exclusiones y violencias.
Pensar distinto me ha dado libertad, no porque tenga todas las respuestas, sino porque me ha permitido no conformarme y luchar desde mi trinchera por espacios más justos. Cuestionar me ha permitido alejarme de prácticas patriarcales y discursos hegemónicos.
Y este texto quiere ser, sobre todo, un regalo para las y los jóvenes. Para quienes empiezan a ocupar espacios que históricamente les fueron negados. Alcen la voz. Cambien las narrativas hegemónicas. Pero háganlo sabiendo que no hay una sola forma correcta de hacerlo.
Este mundo suele privilegiar a quienes hablan más fuerte; sin embargo, la timidez no es una falla: es una forma legítima de estar en el mundo que —hoy más que nunca— necesita personas que observen, escuchen, pregunten, se inconformen, disientan desde una mirada libre, justa, antiracista, sin prejuicios de clase y que actúen en consecuencia.
Este año que inicia nos necesita críticas, pero también comunitarias. En un mundo que insiste en aislarnos, en reducir el amor propio a lo individual y lo consumible, apostar por el sentido de comunidad es una forma de liberación. Disentir juntas. Sostenernos. Alejarnos de las lógicas que deshumanizan y aíslan.
Cuestionar no garantiza certezas, ni fórmulas mágicas, ni finales felices. Pero sí nos da algo fundamental: la libertad de formarnos una opinión, de no conformarnos, de no normalizar la violencia, la exclusión, la crueldad. De no acostumbrarnos a la indolencia.
Si este año puedo dejar un regalo, quisiera que fuera ese: cuestionar.
Cuestionar lo aprendido, lo heredado, lo que se presenta como inevitable. Cuestionar las injusticias normalizadas, los discursos que excluyen y deshumanizan, las narrativas que nos dicen que el dolor ajeno no es asunto propio y todo aquello que nos quiere solas, calladas y conformes.
Cuestionar desde la empatía, desde la justicia social, desde una mirada que abrace la diversidad.
Porque en tiempos de miedo, cuestionar es una forma de valentía. Y en ese gesto, pequeño pero persistente, también se siembra esperanza.

Por: 

