El mundo de las universidades discurre entre clases, proyectos, publicaciones y evaluaciones. Pero ¿qué lugar ocupan los cuidados en esa conversación? Poco se habla de la escucha, el acompañamiento y la construcción de espacios donde otras personas puedan aprender y encontrar sentido a su experiencia formativa. Aunque suelen pasar desapercibidas, son estas prácticas las que sostienen buena parte de la vida universitaria.
Como docentes e investigadoras, conocemos de primera mano el trabajo emocional que implica acompañar al estudiantado. Escuchamos experiencias y preocupaciones, orientamos reflexiones y ayudamos a que otras personas construyan su propia senda en el mundo del conocimiento. Gran parte de este trabajo ocurre fuera del aula, más allá de las horas de clase y de las métricas institucionales que suelen utilizarse para valorar el desempeño académico.
Sin embargo, estos cuidados se despliegan en un contexto marcado por la presión constante por publicar, las crecientes responsabilidades administrativas y la normalización de la sobrecarga laboral. No es extraño que el cansancio y la fatiga docente terminen por hacerse visibles para el propio estudiantado, que la academia sea percibida con frecuencia como una estructura fría y ensimismada en la producción de conocimientos sobre un mundo con el que parece haber perdido contacto. Basta recordar nuestra experiencia como estudiantes para reconocer que no todas las personas que llegan a las aulas encuentran valor en la tarea de enseñar.
Frente a este panorama, conviene recordar que la universidad también es una comunidad construida sobre relaciones de cuidado. Está conformada por personas con historias, trayectorias, afectos y redes de apoyo. Precisamente por ello constituye un espacio de cuidado intelectual, emocional y colectivo. Así, queremos subrayar una idea sencilla, pero fundamental: como docentes, también cuidamos.
Dos formas de cuidar en la universidad
Una primera forma de cuidado consiste en construir una universidad segura hacia su interior. Esto implica reconocer y confrontar las múltiples violencias que atraviesan la vida académica. Por un lado, las prácticas adultocéntricas, homofóbicas, transfóbicas, machistas y androcéntricas; por ejemplo, los planes de estudio hipermasculinizados que invisibilizan las contribuciones de las mujeres. Por otro lado, la reproducción de dinámicas que infantilizan al estudiantado o desvalorizan sus preguntas, propuestas y conocimientos.
Cuidar también supone reconocer nuestros propios límites. Exige concebir al estudiantado como participante activo en la construcción del conocimiento y como interlocutor que incide en la producción colectiva de saberes. Admitir cuando no sabemos algo, abrir espacio al diálogo y construir relaciones pedagógicas basadas en el aprendizaje mutuo.
Una segunda forma de cuidado consiste en construir una universidad valiente hacia el exterior, capaz de vincular la enseñanza con los problemas urgentes de nuestro tiempo y de conectar el aprendizaje con la realidad social. Más allá del ejercicio docente, el objetivo es tender un puente entre el aula y las problemáticas que atraviesan a nuestra sociedad. Por ejemplo, en una de sus clases, David habla sobre la crisis de desapariciones que asola a México. A partir de ello, el estudiantado escribe cartas dirigidas a personas buscadoras y posteriormente, entregamos las cartas en las marchas como un gesto de empatía y solidaridad.
En este sentido, cuidar también significa ayudar a desarrollar sensibilidad frente al sufrimiento ajeno, fortalecer la capacidad de escucha y promover formas de compromiso ético con el mundo que compartimos. La academia no tiene la opción de permanecer indiferente: tiene la responsabilidad de interrogar críticamente la realidad de la que forma parte. Supone, asimismo, mantener una posición de tolerancia cero frente a las distintas formas de violencia que persisten dentro y fuera de las instituciones educativas.
Academia, ¿un deporte de combate?
Cuando Pierre Bourdieu afirmaba que la sociología era un "deporte de combate", hacía referencia a la necesidad de confrontar las estructuras de dominación que organizan la vida social. El propio autor mostró también que la academia dista de ser un espacio neutral y que en ella abundan las luchas de poder y las disputas por capital político.
Si retomamos la metáfora deportiva, podríamos decir que existen distintas formas de entender la educación superior. Hay quienes conciben la academia como un espacio de competencia permanente, orientado al alto rendimiento y la excelencia medida en indicadores. Pero también hay quienes la entendemos como un espacio de democratización del conocimiento, donde investigar, producir teoría e involucrarse en la propia formación académica debe ser una posibilidad abierta para todas las personas.
Por último, tal como ocurre con los cuidados, la construcción de una universidad segura, valiente y justa no puede descansar únicamente en la voluntad individual de quienes enseñan. Derribar las brechas y hacer efectiva la no discriminación exige actuar en todos los niveles, desde las relaciones cotidianas en el aula hasta las estructuras y políticas institucionales que organizan la educación superior. Transversalmente, los cuidados son la infraestructura invisible que sostiene a la comunidad universitaria.
En conclusión, cuidar dentro de la academia es una condición indispensable para construir comunidades universitarias más democráticas, críticas y humanas. Como docentes, quizá la pregunta pendiente no es cuántos artículos publicamos ni cuántos indicadores cumplimos, sino qué tipo de comunidad universitaria estamos construyendo mientras lo hacemos.

Por: 

