Cuidar nos conserva, nos sostiene y nos reúne, pero también nos arrasa y nos agota”, dice Daniela Rea en su libro Fruto de 2022. Y es cierto. Cuidar en una organización social del cuidado feminizada y familiarizada no hace más que arrasar con la vida y el bienestar de las personas, la mayoría mujeres, que realizan estas labores.

A lo largo de mi vida he visto como muchas mujeres cuidadoras, yo incluida cuando me ha tocado cuidar 24/7, ven lastimar su salud física y mental, sus vínculos, sus posibilidades de desarrollo profesional y personal por cuidar solas y abandonadas por una sociedad y un estado que no cuidan.  

Así, el agotamiento por sostener la vida en soledad es tal que la mente comienza a fallar, las energías empiezan a escasear, dormir ya no es suficiente o a veces ni dormir se puede. Hay una angustia constante que se origina en las personas que cuidamos cotidianamente que nos mantiene en alerta como una forma de vida, la cual se incrementa si el cuidado que damos se da en condiciones de precariedad económica y marginación social. 

Frente a ello, y frente a las veces que he tenido que encontrar maneras para recuperarme de esos arrasamientos y desgastes por cuidar en solitario —es decir, en condiciones de falta de corresponsabilidad social y de género para sostener mis cuidados—, ha sido que he pensado (más bien, requerido con urgencia sin encontrarlo) un espacio para poder descansar y para poder recuperarme.

En efecto, en la definición de Berenice Fisher y Joan Tronto (1990) sobre los cuidados está “el reparar nuestro mundo (...) lo mejor posible”. Considero entonces que el cuidado implica actividades de reparación para recuperar el bienestar y la vida de lo que ha sido dañado.

Así, he sentido que necesitamos actividades de reparación para sostener y recuperar la vida y el bienestar de quienes han (y hemos) sido dañadas por cuidar de manera sobrecargada, además, sin reconocimiento ni remuneración ni compensación.

Me imagino un espacio seguro donde pudiéramos soltar nuestros cuidados por el tiempo que lo necesitemos. Donde pudiéramos llorar por tener que soltarlos. Porque a veces poner en pausa el cuidado se puede sentir como un alivio inmediato, pero a veces también se puede sentir como un duelo.

Un duelo profundo por todo lo que quisimos mantener, cuidar, hacer prosperar pero que nuestras fuerzas no nos alcanzaron para lograrlo y no nos alcanzarán nunca para poder hacerlo porque, simplemente, no tendríamos por qué hacerlo nosotras y menos nosotras solas.

Pero, aun así, soltarlo y saber que soltamos puede doler, y necesitamos entonces un lugar para sanar esa falsa idea que “la irresponsabilidad privilegiada” de otros, como dice Joan Tronto también, nos ha marcado con hierro en nuestro y nuestros afectos. 

Me imagino un lugar donde después de soltar podamos sentir el vacío que queda al saber en nuestros cuerpos que en nuestras vidas puede haber algo más que cuidar a otros. Empezando por reconocer que podemos cuidarnos a nosotras mismas.

Hacerlo también puede ser una tarea fácil, pero también puede ser muy compleja. Porque implica reconocer el daño y el dolor de la falta de cuidados que, como cuidadoras, hemos atravesado en nuestro propio ser.

A veces, hacer este reconocimiento lo he sentido como caminar en un terreno en ruinas, donde no conozco ni entiendo ninguno de los pedazos rotos con los que me voy encontrando.

Y ahí, me ha asaltado otro duelo que he vivido también casi sola, pero que sería un gran alivio que hubiera un lugar que nos ayudara a transitarlo acompañadas.

Porque todas esas ruinas ni siquiera es que siempre se puedan pegar y regresarnos a quiénes éramos antes de cuidar en tanta soledad y sobrecarga. A veces, implica ser alguien nuevo, alguien que todavía no conocemos pero que podemos cuidar; es decir, aprender a cuidar: aprender a saber qué necesita para ser cuidado.

Implica todo esto, además, deshacer, desincorporar otra violencia patriarcal que sostiene a los cuidados feminizados y familiarizados: que quien cuida no requiere, y peor aún, no merece cuidados.

Es decir, implica todo un trabajo de reparación sobre el valor de la propia vida y de la propia persona que ha valorado el valor de otras vidas y personas durante mucho tiempo de su existencia, pero no ha recibido lo mismo de vuelta, ni de la sociedad ni de las instituciones públicas, ni del mercado, ni de los varones. 

Es tanto el trabajo de reparación el que hay que hacer para sostener y recuperar la vida y el bienestar de alguien que ha cuidado tanto tiempo sola que por eso me sorprende la indolencia de algunos discursos públicos o políticos que se asombran de que las mujeres no quieren soltar el cuidado. Primero, porque a veces no se suelta porque no hay quien lo sostenga.

Y lo que no se suelta no es para nada trivial: es la vida y el bienestar de alguien. Segundo, porque soltar es todo un proceso para descender a lo cotidiano, como dice la antropóloga Veena Das (2008), y hacer habitable los espacios de la devastación, en este caso, por cuidar en solitario.

Así, considero que cuando hablamos de liberar el tiempo de las mujeres liberándolas del trabajo de cuidados, no puede hacerse solamente como un cálculo economicista en clave lineal. Precisamos una ética del cuidado de corte feminista que nos ayude a sostener, a reparar a quienes poco a poco van dando estos pasos.

Una ética del cuidado que nos permita construir un entramado social e institucional para sostener los procesos de desincorporación de las políticas patriarcales del cuidado, y de la devastación que han dejado a su paso. Y que nos ayude a construir nuestros propios caminos con las piedras rotas (o completas) con las que nos vayamos encontrando.

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