¿Has notado algún cambio en tu cuerpo como consecuencia de las tareas de cuidados? Pregunté, expectante, a cada una de las mujeres que aceptó dejarse fotografiar. ”Me duelen las manos de tanto barrer”, ”La mancha en mi mejilla se oscureció desde que soy madre”, “Llevo una cicatriz en mi vientre”. El cuidado también deja marcas, aunque nadie las nombre como trabajo.
Esta es una de las cinco preguntas que preparé para Alma, Gina y Victoria, tres mujeres que habitan Ixtapaluca, Estado de México, cuyos rostros conozco desde que tenía menos de 10 años de edad.

Son amigas de mi madre, Elizabeth (quien, junto a mi abuela, Domitila, también se unió a los testimonios). Si viajo en mis memorias de cuando tenía entre seis y 13 años, siempre las veo de reojo: en sus reuniones bimestrales, tomando una cerveza, en la organización de algún evento escolar para sus hijas e hijos, en las faenas semanales de la primaria que ocurrían a las seis de la mañana, a la hora de la salida después del horario de clases. En ese momento, esperaban a que la otra recogiera a su hija después de dejar la comida hecha en casa.
Aunque en ese tiempo no tuve más reparo en el tema, encontré una constante en sus vidas: ellas, las mujeres del Estado de México son las que mueven los sueños de las generaciones más jóvenes y, por ende, la vida en la capital del país, pues hoy, casi todas las vidas de sus hijas e hijos, tienen lugar en la Ciudad de México.
Cuidados que mueven
Esto dicen las cifras. En México, las mujeres dedican más de 62.8 horas por semana a ejercer tareas de cuidado y trabajo no remunerado, de acuerdo con la Cuenta Satélite del Trabajo No Remunerado (CSTNRHM), desarrollada por el INEGI (2023).
A nivel nacional, las labores de cuidado equivalen al 23.9% del Producto Interno Bruto Nacional (PIB) y la aportación de las mujeres es equivalente al 72.6%. El Estado de México es la entidad con el mayor valor económico de trabajo no remunerado en el país, ahí, las más de 14 millones de personas que realizan labores domésticas y de cuidados, en su mayoría mujeres, aportan el 11.6% del PIB total y 33.08% del PIB estatal.
Estos datos cobran más sentido cuando pienso en mi ingreso a la preparatoria, lejos, en la CDMX, a dos horas y media lejos de Ixtapaluca, cuando me convertí en parte de ese número de más de 2.3 millones de personas que a diario viajan a la capital del país y. específicamente, en una de las 750 mil 995 personas que llegan desde el Estado de México, la mayor parte de los municipios de como Ecatepec, Chalco, Valle de Chalco, Chimalhuacán, La Paz, Texcoco e Ixtapaluca.

En ese tiempo, mi madre y mi abuela, Domitila, se convirtieron, una vez más, en mis principales cuidadoras. Me convertí en eso que llaman “población flotante”, personas que como yo, transitan, trabajan, estudian o visitan un lugar distinto a su casa de manera temporal o esporádica, sin establecerse permanentemente.
Cuando se habla de la población flotante se dice que somos personas “clave” para la dinámica laboral, educativa y económica de la capital, sin embargo, poco se habla de las personas que impulsan y sostienen ese tránsito, y mucho menos de las consecuencias que eso trae en sus vidas.
Cuidar desde el Oriente
Alma, Victoria, Gina, Domitila y Elizabeth cuidan desde la periferia del Estado de México; en los últimos cuarenta años, desde que comenzaron a ejercer tareas de cuidado, sus cuerpos se han convertido, con el paso del tiempo, en archivo y memoria.
Mientras las veo frente a frente y hago mis preguntas en la casa de Victoria, después de años de no entrar a su hogar, en el pueblo de Ayotla, noto algo: para la mayoría, las tareas de cuidado están directamente relacionadas con la maternidad.

Para ti, ¿qué es el cuidado?, pregunto. “Para mí el cuidado es, por ejemplo, cuidar a tus hijos desde el prácticamente el embarazo, su etapa de bebés, de niños, de adolescentes, de adultos, prácticamente toda la vida”, me cuenta Victoria mientras prepara la comida en la cocina de su casa.
Para todas, a excepción de Domitila, en ese tiempo, cuando cuidaban a sus hijas e hijos durante la infancia, las tareas de cuidados generalmente se distribuían en alistarlos para ir a la escuela desde las seis de la mañana, hacer lo quehaceres del hogar, preparar la comida, recogerles de la escuela, “dar de comer”, asistir a las tareas escolares y preparar todo para el día siguiente. Sus cuerpas, que veo paradas frente a mí, no son ajenos a la exigencia de cuidado. “Alrededor de seis a ocho horas al día” me dicen, como llegando a un acuerdo.
Huellas en la piel
“La huella que no puedo dejar en mi de ver en mi cuerpo, es la que prácticamente todos saben, el lunar que tengo en la cara”. Antes de ser madre, el lunar en el rostro de Victoria ya era visible pero, años después, cuando su tiempo dejó de ser suyo por completo, el lunar se tornó de un color marrón profundo y se extendió por casi toda su mejilla.
“Mi actividad más agotadora en todo el día es pensar que nunca es suficiente, que por más que te esfuerces, no siempre haces las cosas bien o perfecto (...) tengo otras cicatrices, cicatrices mentales”.

Elizabeth, mi madre, responde algo similar y es que, cuando le pregunto sobre las huellas que su cuerpo que representan al cuidado, ella señala directamente la cicatriz en su vientre. Conozco la marca desde hace años; es un costurón que cerró hace más de dos décadas, tiempo en el que mi madre comenzó a dedicar casi todo su tiempo a sostener la vida dentro de mi hogar.
"Veo el paso del tiempo en mi cara y en mi cuerpo; tengo dos cesáreas, no me parecen algo malo, sino todo lo contrario. Estoy muy orgullosa de ellas".
Alma me cuenta que su cuerpo cambió desde que se convirtió en madre; desde entonces se siente más agotada y sospecha que todo ese cansancio cobró factura en su vista. Aunque se rehusaba a utilizar lentes, hoy, con dos hijos de más de 20 años de edad, su vista continúa empeorando, especialmente ahora que también trabaja.
Y es que todas desempeñan tareas de cuidado y trabajos no remunerados mientras tienen una rutina de trabajo, tanto formal como informal. Gina me cuenta que, a pesar de que se cansa, solo ha notado cómo se dibujan pequeñas arrugas en su rostro. En la actualidad, la mayor parte de su rutina consiste en trabajar fuera de casa y, de forma casi irónica, como enfermera/cuidadora.
Aunque cuando Gina me describe que es el cuidado para ella me dice que intuitivamente piensa en autocuidado: “hacer ejercicio, comer saludable, dedicarte tiempo a ti”, es algo que “desgraciadamente no puede hacer por el momento”.
“Honestamente hace muchos años que no me dedico tiempo. No hay un momento para mí. No tengo horas libres pero si las tuviera me encantaría dormir”, dice reflexiva.
La historia cambia un poco con el testimonio de mi abuela, Domitila, que llegó al Ciudad de México cuando tenía 13 años de edad, y desde entonces transitó entre el Estado y la Ciudad, particularmente entre los municipios de Nezahualcóyotl, Chimalhuacán e Ixtapaluca.

Antes de ejercer el trabajo doméstico remunerado en una casa de la capital, ya ejercía labores de cuidado distinguibles; en Oaxaca, su estado de origen, paseaba becerros por la pradera, limpiaba su casa y se encargaba de hacer tortillas a mano. Cuando por fin se estableció en el Estado de México, ella ya sabía qué hacer para sostener un hogar y, aunque también piensa en sus dos hijas y su hijo cuando habla de cuidados, no deja de tocarse las manos, que tienen memoria más allá de 1977, cuando nació Elizabeth.
“Siento dolor en mis manos de tanto barrer”, me dice. lo ha hecho desde muy pequeña, no como una actividad divertida, si no como una responsabilidad no compartida con sus hermanos hombres.
Estas memorias no solo son un archivo oral de extensión de los cuidados en los cuerpos de las mujeres, también son una huella viva del peso inequitativo que mueve las vidas de las personas en la periferia del Estado de México.


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