En la fila para tramitar el ingreso a un programa social, en un municipio cualquiera del Estado de México, esperan personas bajo el sol, pero la espera no es sólo para personas adultas con carpetas y papeles doblados. También hay niñas y niños que sostienen a sus hermanos, hermanas, para que no se desesperen, niños y niñas que recuerdan el turno y el número, adolescentes que saben qué documento falta y a quién le toca pasar. Nadie les nombró responsables, pero ahí están. Sosteniendo la espera, haciendo posible el trámite, cuidando.

En los territorios precarizados, el cuidado no ocurre como en los manuales de política pública, ni como en los discursos bien intencionados de organismos internacionales o congresos académicos. Ocurre de manera fragmentada, compleja, urgente y muchas veces invisible. Ocurre como práctica cotidiana, relacional y situada, y también, a contracorriente de una mirada profundamente adultocéntrica que insiste en concebir a las niñeces únicamente como receptoras pasivas de protección, como sujetos incompletos, incapaces o dependientes.

La escena se repite: niñas y niños que organizan la espera, que calman a otros, que clarifican instrucciones, que advierten riesgos. Sin embargo, cuando hablamos de cuidados, su participación suele leerse como “ayuda”, como excepción o, peor aún, como problema; fallas morales de las personas adultas, particularmente de las madres. Rara vez se reconoce la agencia y el trabajo de cuidados de las niñeces

El adultocentrismo no sólo ordena quién manda y quién obedece; define quién puede cuidar y quién sólo puede ser cuidado. Bajo esa lógica, cuando un niño o niña cuida, algo está fallando: la familia, el Estado, la comunidad. Y aunque esa lectura señala responsabilidades estructurales reales, también borra una verdad incómoda: las niñeces también sostienen la vida-

Alejarnos de una mirada adultocéntrica de los cuidados, podría ser posible si cuestionamos paradigmas que han estigmatizado a las niñeces (paradigmas de desarrollo humano, necesaria socialización, proteccionismo y vulnerabilidad). Optar por un enfoque relacional abierto a la interdependencia, la complejidad y la multidimensionalidad que la lente del cuidado provee, resulta potente para dar cuenta de sus dimensiones éticas, afectivas y materiales e ir más allá de individualización extrema.

Pensar en el cuidado desde una perspectiva relacional implica romper con la idea de que cuidar es una función unidireccional —de personas adultas hacia niñeces pasivas— y reconocerlo como una trama de interdependencia.

Ninguna persona cuida sola y desde fuera. El cuidado se produce en relación, se ajusta al contexto y redefine constantemente. En territorios precarizados, esta dimensión aún es más visible: el cuido no es un ideal abstracto, es una práctica de supervivencia compartida.

Visibilizar a las infancias y al cuidado que realizan incomoda porque desordena el guion. Obliga a las personas adultas a renunciar a la ilusión de control total y a reconocer que el cuidado es una práctica relacional, no unidireccional. Que no se trata sólo de hacer por ellas, sino de hacer con ellas.

Las infancias no sólo reciben cuidado; lo interpretan, lo redistribuyen, lo ejercen.

Saben y han aprendido cuándo contener, cuándo anticipar, cuándo alertar. Porque habitan relaciones donde el cuidado circula y se aprende haciendo. Y el adultocentrismo opera precisamente ahí: cuando invalida las prácticas de cuidado infantil por no ajustarse a la idea de “niñez receptora”.

La lente del cuidado como trabajo es central, nos permite ver la reproducción del mundo, pero el cuidado es tan complejo que no se agota en su dimensión de tiempo y trabajo, ya que supone emociones, tensiones, y sentidos sobre la niñez, la paternidad, la maternidad, la familia, la crianza, etc. Y estas van a variar con base en contextos de relaciones familiares y comunitarias muy particulares. Relaciones que van a implicar dimensiones intergeneracionales que atienden interdependencias y reciprocidades, antes que presuponer una idea dicotómica de dependencia vs autonomía.

Hay mucho que explorar en torno a niñeces y cuidados, es urgente generar líneas de análisis e investigación que no sólo consideren el bienestar infantil o la vulneración de los derechos de niños y niñas. Indaguemos en relación a su participación desde un carácter crítico, colectivo, relacional involucrando la agencia de las niñeces

En la fila, como en tantas otras esperas, las niñeces no están simplemente pasando el tiempo. Están sosteniendo la vida. La pregunta es si estamos dispuestas y dispuestos a mirar ahí, a nombrarlo, a legitimar y a reorganizar el cuidado desde una ética que nos incluya a todas y todos.

Referencias*

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del Investigador: Una revisión crítica. Perspectiva Educacional, 64(1), 4-27.

Paz Landeira, F., Frasco Zuker, L., & Llobet, V. (2023, enero-abril). Infancia y cuidados.

Reflexiones críticas desde la perspectiva relacional. Temas sobresalientes, (35), 79-89.

Remorini, C. (2013, septiembre). Estudios etnográficos sobre el desarrollo infantil en

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Vargara del Solar, A. C., Sepúlveda Galeas, M. A., & Chávez Ibarra, P. B. (2018, julio

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