Tejer amistad, generar parentescos
Por Angélica Dávila Landa
Tomé con mucha fuerza el tubo del camión, conducido a toda velocidad, para asomarme por la ventana y no caerme en el intento. Era la primera vez que iba a la Universidad Autónoma de San Luis Potosí y quería ver si lograba ver a la distancia la facultad a la que tenía que llegar. De pronto, alguien muy amable me preguntó por el mismo lugar que era mi destino. “No sé, pero yo también voy para allá, ahorita lo buscamos”. Era Larissa Paissano, una mujer negra miskitu de Honduras que, con su pelo rizado y su voz suave, me confirió confianza y compañía. Resultó que las dos íbamos al mismo salón en el mismo edificio. Y desde entonces, comenzamos a volvernos amigas en esa ciudad que era nueva para las dos.
En la calidez de nuestra amistad y trabajo compartido, Larissa me ha enseñado muchísimo sobre cómo vivir un feminismo encarnado, afectivo y honesto con nosotras mismas y los demás. Siempre que hablo con ella enuncia una frase -“mi cuerpo siente, mi cuerpo dice”- para compartirme sus sentidos del mundo, de la vida y de la justicia. Con el paso del tiempo, como dice Donna Haraway (2019), además, hemos generado parentesco entre nosotras para aprender a cuidarnos y a sostener interdependientemente nuestras vidas, alegrías y dolores. Hoy quiero compartirles algunas de sus bellas reflexiones feministas que surgen del cuerpo y del afecto para mostrarnos que, en quienes somos, ya sostenemos ensayos de mundos más justos y más libres. Te quiero mucho Larissa, gracias por dejarnos leerte.
Bailar en calzones: una forma de dignidad feminista
Por Ana Larissa Paisano Amaya
Hoy, muy temprano, mientras estaba en casa, descalza y en calzones, decidí poner una rolita (canción). Y pasó lo inevitable: comencé a bailar como desquiciada. Salté con los ojos cerrados, reí sin contener mi carcajada —de esa que quienes me conocen reconocen de inmediato—, esa risa que sale desde lo más profundo. Reír con toda la intensidad del ser. ¿Alguna vez lo han intentado? Esa conexión entre el cansancio y la conciencia me recuerda quién soy; mujer negra indígena de Honduras, colaborando en una Asociación Civil en tierras mexicanas que trabaja por una cultura de paz con niñas, niños, adolescentes y mujeres. Lo hacemos a través de distintos ejes: derechos digitales, derecho al cuidado, prevención del acoso y hostigamiento sexual en espacios escolares y laborales. Se hacen cosas lindas. O como dicen acá en México: cosas chidas. Este año retomamos la agenda de talleres y charlas.
Con ello, vino también la tarea de gestionar espacios con instituciones educativas públicas: visitas, reuniones, solicitudes, seguimiento. La intención es clara: generar diálogo sobre el derecho a la conexión y los cuidados frente a la violencia digital. Pero el proceso ha sido agotador. Reuniones pospuestas, eventos cancelados sin previo aviso y el ya conocido “dejar en visto”. Un ghosteo Estatal que muchas personas conocen bien. Se siente feo, ¿verdad? En lo personal, me atraviesa la rabia y la impotencia. Todo se acumula en el cuerpo, en las vísceras. Frente a ese desgaste, decidí hacer algo distinto: cuidar lo que siento. Hice memoria de mi cuerpo como territorio de resistencia; madrugué para bailar, cantar, saltar, cerrar los ojos y habitar cada movimiento. Sentir cada latido.Hacer consciente lo que muchas veces pasa desapercibido. Porque, a veces, generar bienestar inmediato también es una forma de resistencia.
Pude sentir una energía recorrerme desde las piernas hasta los ojos, me permití nombrar la locura al recordar a mi madre cuando me veía desde la ventana de su cuarto, que daba al patio trasero y gritaba: “Hija, vos estás loca, ¿verdad?” Mi madre veía en mí una libertad que ella no me enseñó. No porque no quisiera, sino porque no sabía cómo. Hoy entiendo que, probablemente, me veía vivir como a ella le hubiera gustado: sin miedo, sin tabúes, sin prejuicios, yendo a contracorriente de lo socialmente esperado. Entonces me pregunto: ¿Alguna vez te han dicho que estás loca? Porque tal vez, en algunos casos, “loca” no es un insulto. Tal vez es otra forma —torpe, imperfecta, pero honesta— de decir: me gusta cómo eres. Una locura que permite avanzar. Que deja bailar, gritar, cantar, llorar, saltar. Una locura que recuerda por qué hago lo que hago. Que transforma la rabia en dignidad. Usted que me lee: No olvide darse el espacio, de vez en cuando, para bailar en calzones. Puede parecer mínimo. Pero a veces, ahí —en lo íntimo, en lo libre, en lo aparentemente absurdo— también se construye resistencia y libertad.Y se siente increíble.
Referencias:
Haraway, Donna. (2019). Seguir con el problema. Generar parentesco en Chthuluceno. Bilbao: Consonni.

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