En redes sociales se repite cada vez más una consigna que parece sencilla: descentralizar a los hombres de nuestras vidas, descentralizar el amor romántico. Se comparte como mantra o afirmación urgente. Pero lo que pocas veces se dice es que descentralizar el amor y a los hombres de nuestras vidas (en relaciones heterosexuales) es una acción profunda, revolucionaria y radical.
Porque descentralizar no significa dejar de amar, significa dejar de colocarnos fuera de nosotras mismas. Implica desmontar una estructura que nos formó para dar, cuidar, sostener y adaptarnos. Implica recuperar algo que nos fue negado: la individualidad.
Lo anterior no surgió de manera espontánea, es el resultado de una estructura social que nos ha enseñado a amar colocando al otro en el centro de la vida. Amar, para nosotras, ha significado históricamente desplazarnos.
Históricamente, nuestra vitalidad, nuestros deseos y nuestros anhelos dependen de otro, y no de nosotras. Se nos niega reconocernos como somos sujetas de deseo y de proyectos. Somos seres con individualidad.
Ser individuas no es un capricho ni una moda, es una condición para vivir en libertad. Reconocernos como individuas nos permite asumirnos como sujetas con vida propia que no existen en función del otro. Es dejar de organizarnos alrededor de alguien más y empezar a colocarnos como punto de partida.
Cuando no nos reconocemos así, el amor deja de ser encuentro y se vuelve dependencia. Y sin notarlo, podemos quedar atrapadas en una forma de esclavitud romántica, una vida dedicada a sostener, cuidar y priorizar al otro, mientras lo propio queda subordinado.
Cuando no somos el centro de nuestra vida, somos territorio ocupado.
Marcela Lagarde lo nombra con precisión cómo “colonización amorosa”. En el amor patriarcal, el otro no sólo comparte la vida: la habita. Habita el cuerpo, los pensamientos, los afectos, los deseos. En esa colonización se ejerce poder. Y donde hay poder, hay dominación. Cuando nuestro tiempo y libertad es colonizada por otro, nos volvemos ausentes en nuestra propia vida, simples espectadoras de nuestra realidad.
Descentralizar a los hombres de nuestras vidas es, en el fondo, un acto de reencuentro. Es volver a mirarnos, a escucharnos, a reconocernos como sujetas con historia y con futuro. Es dejar de vivir prestadas y empezar a habitarnos por completo. Porque solo cuando dejamos de ser territorio ocupado, podemos construir amores que no nos borren, que no nos colonicen y que no nos pidan desaparecer para existir.

Por: 

