Todas hemos cantado alguna de sus canciones y su estilo era inconfundible. La reconocida cantautora estadounidense Dolly Parton murió esta semana a los 80 años. Los obituarios revisan su discografía, las revistas de moda evocan la reivindicación que logró del look country y en redes vuelven a sonar sus hits de los 70s y 80s. Pero hay algo más en su historia, algo más conocido para todas que sus canciones: la sobrecarga de labores de cuidado.
La artista estuvo casada casi 60 años con Carl Dean, de quien fue cuidadora de tiempo completo durante los meses previos a su fallecimiento, hace año y medio. Según declaró ella misma a la revista People poco antes de morir, ese cuidado le costó su propia salud: dejó de atender síntomas, pospuso revisiones médicas, se borró de su propia vida para sostener la de otro. Cuando su compañero de vida se fue, ella también se apagó.
Se habla del llamado “efecto viudez”: estudios médicos sugieren que el cónyuge sobreviviente enfrenta un riesgo más alto de morir en los meses posteriores a la pérdida de su pareja y suele explicarse por el estrés fisiológico del duelo. Pero hay una postura menos citada y quizá más incómoda: para muchas mujeres, el duelo no es solo la ausencia de la persona amada, sino la desaparición del rol que les daba sentido. Cuidar no fue una faceta en la vida de Dolly; fue, durante un tiempo, su identidad completa. Y cuando esa identidad ya no tuvo a quién sostener, no supo qué otra cosa quedaba debajo.
Esto no es exclusivo de Dolly Parton ni de Estados Unidos. A muchas mujeres se les enseña, desde niñas, que su valor se mide en cuánto dan, no en quiénes son. Se les entrena para anticipar necesidades ajenas antes que las propias, para posponerse con naturalidad, casi como virtud. El problema no es cuidar –porque cuidar puede ser un acto profundo de amor–, sino que ese cuidado termine siendo lo único que las define. Cuando quien recibe el cuidado desaparece, ya sea porque muere, crece o se recupera, la cuidadora se queda sin mapa. No sabe quién es fuera de esa función porque nunca tuvo permiso de averiguarlo.
De acuerdo con Family Caregiver Alliance, organización que estudia el cuidado familiar en Estados Unidos, la pérdida del rol de cuidador constituye una segunda pérdida, distinta y a veces tan profunda como la de la persona cuidada, incluso cuando la persona cuidada sigue con vida, por ejemplo cuando un hijo con discapacidad crece y gana autonomía, o cuando un padre mayor finalmente fallece tras años de atención. La cuidadora queda con las manos vacías y, muchas veces, sin haber construido nada propio mientras cuidaba: ni una rutina, ni una amistad, ni un espacio mental que le perteneciera solo a ella.
Por eso es importante separar dos ideas que suelen mezclarse: cuidar a alguien y desaparecer en el proceso no son la misma cosa, aunque la cultura las presente como inseparables, como si fueran la prueba máxima del amor. Una mujer puede cuidar con entrega y, al mismo tiempo, conservar una versión de sí misma que no depende de a quién está cuidando. No es egoísmo ni indiferencia; es apenas la posibilidad de que, cuando termine el cuidado, quede alguien reconocible del otro lado.
Dolly Parton deja una obra artística inmensa y una filantropía que trascenderá generaciones. Pero también, sin proponérselo, una pregunta incómoda para quienes cuidan hoy a alguien más: si mañana esa persona ya no estuviera, ¿quién quedaría? Contestarla a tiempo, puede ser la forma más revolucionaria de autocuidado. Y ese ritmo sí nos gusta.

Por: 
