Hoy quiero hablar de la donación de leche materna humana, pero al sentarme a escribir me di cuenta de que no sabía por dónde empezar. Pensé en hacerlo desde la mamá primeriza que fui: aquella que pasó más de ocho horas separada de su bebé después del nacimiento. Esa mamá que hubiera deseado profundamente que el primer alimento de su hija hubiese sido su propia leche… o la leche amorosamente donada por otra mujer.

También pensé en hablar desde mi profesión y mi trabajo en alimentación y nutrición integral temprana de niñas y niños con anomalías craneofaciales. Porque entonces, tendría que decir algo que sostengo todos los días: toda infancia, sin importar su condición o circunstancia de nacimiento, merece recibir leche materna humana.

Después pensé en hablar desde la donante que fui durante los primeros meses de vida de mis dos hijas. Y fue ahí donde entendí algo que me transformó profundamente: jamás existe “poquita leche”. Porque para algunos recién nacidos, una sola gota representa una oportunidad más de energía, protección y vida.

Entonces comprendí que este texto tenía que escribirse desde todas esas versiones de mí. Porque hablar de donación de leche materna humana no es solamente hablar de nutrición, aunque nutricionalmente sea uno de los actos más poderosos para la primera infancia.

La Organización Mundial de la Salud reconoce que la lactancia materna es una de las formas más eficaces de garantizar la salud y supervivencia infantil. Pero incluso esa definición se queda corta.

Hablar de donación también es reconocer el compromiso que existe detrás de cada mujer donante. Una investigación encabezada por la Dra. Alejandra Rodríguez Bautista sobre el Banco de Leche Humana del Instituto Nacional de Perinatología (INPer) documentó que, entre 2013 y 2024, participaron 2,661 mujeres donantes y que aproximadamente el 79% mantuvo una donación activa (INPer, UNAM), reflejando la enorme red de cuidado y solidaridad que sostiene la alimentación de muchos recién nacidos.

Hablar de donación también es hablar de empatía entre mujeres que quizá nunca se conocerán. Es hablar de redes invisibles de cuidado. De una madre alimentando al hijo de otra. Porque cuando una mujer dona leche no solamente entrega alimento: entrega tiempo, energía, descanso, organización y muchísimo amor. Y creo que ahí habita algo de lo que pocas veces hablamos.

Seguimos viendo la lactancia como un acto individual, casi privado, cuando en realidad debería entenderse como una responsabilidad colectiva. Ninguna mujer debería sostener sola el peso físico y emocional de alimentar. Ningún recién nacido debería quedarse sin acceso a leche materna humana por falta de información, acompañamiento o redes de apoyo.

En ese esfuerzo colectivo, organizaciones como PILU Lactancia, organización integrante del Pacto por la Primera Infancia, trabajan para acompañar, informar y fortalecer redes de apoyo que permitan a más mujeres ejercer una lactancia acompañada y sostenida.

Por eso, hablar de donación también es acercarnos al puente de la inclusión. Es reconocer que existen bebés prematuros, hospitalizados o atravesando condiciones complejas, para quienes la leche materna humana puede representar mucho más que alimento. Puede representar protección. Puede representar esperanza.

En el marco del Día Mundial de la Donación de Leche Materna Humana, no quisiera que las personas se quedaran solamente con la idea de “donar leche”. Quisiera que se preguntaran qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando una mujer es capaz de alimentar a un bebé que no gestó. Porque quizá ahí habita una de las formas más profundas de comunidad. Y porque sí: a veces, una gota cambia absolutamente todo.