Las ARMYs mexas protestaron por la venta opaca de boletos y evidenciaron el poder político de organizarnos.

Existe una forma de colectividad que la cultura hegemónica ha catalogado durante años como "solo entretenimiento". Sin embargo, lo que está pasando con el fandom de BTS en México nos está demostrando todo lo contrario.

Durante décadas, la industria del entretenimiento ha reducido a las comunidades de fans (sobre todo a las formadas por mujeres) a estereotipos sexistas e infantilizantes. Ese discurso misógino no es casual. Opera como un mecanismo para ridiculizar y deslegitimar cualquier expresión pública de entusiasmo femenino.

El fandom femenino del K-pop está muy organizado. No son solo fans que consumen. Han creado comunidades con identidad propia, reglas, redes de apoyo y una gran capacidad para coordinarse. Y cuando hace falta, esa fuerza puede convertirse en acción política real.

Un ejemplo claro pasó con la gira de BTS en México, prevista para mayo de 2026. Ticketmaster y OCESA dijeron que los precios solo se verían hasta entrar a la fila virtual, sin publicar antes los costos oficiales, el mapa de asientos ni información clara sobre las preventas. La propuesta era abusiva e ilegal. Las y les consumidores debían comprometerse con la compra antes de conocer las condiciones.

La respuesta fue masiva: más de 4 mil 700 quejas ante la Profeco, una protesta pacífica en la Ciudad de México y un pliego de exigencias claras: publicar los precios con anticipación, difundir mapas de localidades, explicar bien las preventas y frenar prácticas como la tarificación dinámica y los cobros sorpresa.

La movilización fue tan grande que el tema llegó hasta la conferencia matutina. La presidenta Claudia Sheinbaum habló del regreso de BTS como una “petición histórica” de la juventud mexicana, e Iván Escalante, titular de Profeco, lanzó una petición a Ticketmaster y OCESA para transparentar la información que exigían las ARMYs en apego a sus derechos como usuarias y consumidoras.

El caso se hizo tan grande que salió de México. La cadena surcoreana MBC lo retomó como ejemplo de protesta por transparencia en la venta de boletos. Según explica la investigadora Noemí González Rivera, la construcción de una identidad de fandom no es un elemento superficial. El nombre colectivo ("ARMY" en este caso) genera pertenencia, reconocimiento y sentido de comunidad, elementos fundamentales para la acción coordinada.

Esta estructura hace que el fandom pueda organizarse a un nivel que a otros movimientos sociales les toma años construir: información articulada, capacidad de denuncia, coordinación de acciones públicas y redes de cuidado en condiciones de riesgo o precarias. No es magia: es organización colectiva entrenada en tiempo real, sostenida por trabajo afectivo y digital (casi siempre feminizado) que el mercado no paga, pero sí aprovecha.

Lo que denunciaban las ARMYs no era solo conseguir boletos para un concierto. Era algo más profundo: quién controla la información, quién gana con el silencio y quién paga las consecuencias cuando no hay claridad.Porque en la economía del espectáculo, la opacidad no es un descuido: es un mecanismo de extracción.

Ellas lo dijeron directo, la falta de transparencia no es un error, es una forma de poder. Si no publican los precios, hay espacio para abusos; si no hay reglas claras, gana quien controla la venta.

Y con eso, el fandom convirtió una compra “normal” en una discusión sobre poder: porque incluso el entretenimiento está atravesado por política y, sí, también por dinámicas patriarcales.Este fenómeno ocurre en un momento de ascenso de discursos conservadores que buscan disciplinar a las juventudes, ridiculizar las formas de organización colectiva y reinstalar roles de género tradicionales que exigen silencio y pasividad femenina.

Esta semana hablamos con ellas, quienes lo explicaron en primera persona: el fandom no es solo seguir a BTS. Es la comunidad que han construido entre ellas. Ahí comparten cursos, talleres, hacen colectivos, se acompañan y, para muchas, esa colectividad se ha vuelto una fuerza política: como dijo una ARMY, una “carta moral”.

En ese contexto, la movilización de las ARMYs (en su mayoría jóvenes de la Gen Z) rompe el estereotipo misógino, nos dan lecciones de organización política, colectividad, sororidad, protesta y presión suficiente para conseguir respuestas del Estado. No porque sea un movimiento perfecto, sino porque entendieron algo básico: la fuerza se construye juntas.

Su exigencia fue poderosa. Pero el aprendizaje va más allá: cuando el fandom femenino deja de ser solo audiencia y se vuelve un “nosotras”, las reglas cambian. Y hoy, eso ya es una forma de resistencia.