México recibió el Mundial 2026 con el entusiasmo de siempre: camisetas, quinielas, anuncios emotivos y la promesa de que el futbol nos reunirá frente a la pantalla. Pero junto con la fiesta llega una cara mucho menos cómoda y poco televisable: la de las violencias que se disparan alrededor de estos torneos. Mirar el Mundial desde una perspectiva feminista no es aguar la celebración; es negarse a aceptar que, en nombre de la pasión deportiva, todo se vale.
La evidencia más conocida viene de Reino Unido. Un análisis de 2018 de Full Fact, basado en un estudio sobre incidentes reportados a la policía en Lancashire durante tres Copas del Mundo, explicó que los reportes de violencia doméstica aumentaron 38% cuando Inglaterra perdió, 26% cuando ganó o empató y 11% al día siguiente del partido. Aunque el futbol no es la causa de la violencia, sí funciona como detonador en contextos donde ya existen control, abuso y agresión hacia las parejas.
Ese dato importa porque desmonta una idea muy repetida: que lo que pasa alrededor del futbol es solo folklore, euforia o desahogo. No lo es. Cuando la masculinidad se construye alrededor del control sobre los demás y la incapacidad de tramitar emocionalmente la derrota, el partido puede convertirse en una excusa para descargar violencia en casa. En un país como México, atravesado por altos niveles de violencia contra las mujeres, sería irresponsable organizar un megaevento sin pensar también en refugios, líneas de ayuda, campañas de prevención y protocolos de respuesta para los días de partido.
Pero el problema también está en las gradas, en las transmisiones, en las redes y en las estructuras de poder del propio futbol. El sexismo cotidiano sigue atravesando este deporte. La UNESCO lo resume con crudeza: el futbol sigue siendo un espacio dominado por hombres; 95% de las personas que entrenan y 91% de quienes arbitran son hombres, mientras las mujeres siguen enfrentando barreras en el arbitraje, la dirección técnica y la gestión deportiva.
Por eso importa tanto lo que ocurrirá en 2026 con Katia Itzel García. Katia se convertirá en la primera árbitra mexicana que pita en una Copa del Mundo varonil, un hecho histórico para el país y para la región. Que hoy una mexicana llegue con silbato a la máxima vitrina del futbol masculino no es solo un logro individual; es una sacudida a la idea de que la autoridad en la cancha necesariamente tiene que venir de un hombre.
Sin embargo, el avance viene acompañado de la reacción machista de siempre. Cuando un árbitro hombre se equivoca, la conversación suele ir hacia la jugada, el criterio o la presión del partido. Cuando se equivoca una mujer, demasiadas veces aparece el comentario automático: “se equivocó porque es mujer”. Esa vara desigual no nace de la nada; forma parte de un ecosistema donde a las mujeres se les exige demostrar el doble para recibir la mitad del reconocimiento. La misma UNESCO ha advertido que el futbol sigue atravesado por violencia y acoso de género, tanto en la cancha como en el estadio, en la prensa y en redes sociales.
El sexismo cotidiano sigue marcando la experiencia de mujeres aficionadas, periodistas, jugadoras y trabajadoras del deporte. La crítica feminista al futbol no se limita a la diferencia salarial y de espacios, sino a quién decide, quién narra, quién tiene autoridad y quién paga el costo de desafiar el orden masculino dentro de la llamada “familia futbolera”. Allí se cruzan acoso sexual, violencia de género y homofobia, como si todo eso fuera parte normal del espectáculo.
Una mirada feminista nos lleva a preguntarnos: ¿qué protocolos tendrán las ciudades sede para prevenir agresiones contra mujeres en estadios, fan zones y transporte? ¿Qué campañas se van a activar para advertir sobre el riesgo de violencia doméstica en días de partido?
¿Qué mensaje enviarán medios, clubes y federaciones cuando una árbitra sea insultada o cuando una periodista sea acosada en plena cobertura? Si el Mundial solo se piensa en términos de turismo, derrama económica y branding país, se perderá una oportunidad enorme para discutir qué tipo de convivencia estamos dispuestas a normalizar.
El Mundial 2026 puede ser una fiesta, sí, pero no cualquier fiesta. Puede ser también una oportunidad para desafiar la idea de que el futbol pertenece a los hombres y de que las mujeres solo lo orbitan como acompañantes sin opinión. Katia Itzel García estará ahí para recordarnos que la autoridad y el futbol también puede ser para las mujeres.

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