Nos encontramos en un momento importante: paso a paso, gota a gota, en distintos lugares de nuestro país y de América Latina la conversación pública sobre los cuidados comienza a tomar más espacios y más tiempos. En distintos puntos geográficos se comienza a discutir en las instituciones del estado y en la sociedad la importancia de generar normativas y acciones gubernamentales que vayan dando vida y sostén al derecho al cuidado. Sin duda, cada una de las experiencias que conforman estos procesos son grandes logros históricos que, con sus retos, límites y alcances, al menos nos prometen que nuestras vulnerabilidades genéricas y, al mismo tiempo, socialmente distribuidos y vividas de manera desigual, serán sostenidas y atendidas por más manos que las de algunas mujeres en nuestras familias.

Sin embargo, mientras estos procesos toman vida, logran hacerse prácticos y sostenerse y ampliarse para atender, sino todas, al menos la mayoría de las necesidades de cuidados, éstas necesidades no esperan. No esperan y además rebasan algunos marcos y horizontes de estas políticas. Así, mientras esperamos que se concreten o participamos activamente en su concreción, a muchas de nosotras y nosotros, en carne propia o en la carne de otras personas allegadas, estas necesidades de cuidados se acrecientan y sobrepasan la posibilidad de ser atendidas únicamente en el ámbito familiar. Y no sólo porque hacerlo sigue siendo parte de una injusticia estructural actualizada cotidianamente que organiza nuestras sociedades. Sino también, porque muchas configuraciones familiares en las que vivimos actualmente ya no permiten que exista alguien que, aún cuando sea injustamente, se dedique principalmente a sostener todo este cuidado que debería ser provisto de manera corresponsable. No hay duda que la crisis de los cuidados se vuelve cada vez más intensa y más profunda dejándonos más vulnerables y desprotegidos.

En ese proceso, una de las alternativas (que no debe ser la única ni un sustituto absoluto de la falta de corresponsabilidad social y de género en los cuidados que existe actualmente) es generar redes de cuidados para poder solventar un poco estas necesidades de cuidados acrecentadas en estas múltiples experiencias críticas de sostén de las vidas individuales y colectivas. Pensar en estas redes no es una idea para nada nueva. Pero quisiera tomar los párrafos que me faltan por escribir para anotar dos puntos que considero que pueden ayudar a impulsarlas.

El primero y más importante para mí es que aludir a la generación de estas redes debe salvarse de ser solamente un discurso público, privado o comunitario. Es decir, no deben ser sólo palabras que nos permitan encubrir que no nos estamos comprometiendo en sostener una parte justa de estas redes, o discursos políticamente correctos que simplemente nos permitan tener un lugar de enunciación (y por lo tanto de capital simbólico) en los debates públicos de los cuidados. Así, como dicen las éticas del cuidado (Arango y Molinier, 2011), es importante considerar que los cuidados son sobre todo un trabajo, es decir, una actividad práctica informada afectiva, ética y epistémicamente que se hace. Entonces, para mí, generar estas redes es comenzar a actuar: preguntarnos en conjunto qué podemos hacer y acordar cómo hacerlo para, precisamente, hacerlo. Por ejemplo: podemos acompañar eventualmente a alguien a una cita al médico, ir a ayudarle a hacer las compras y la despensa, realizar con ellos un trámite burocrático fundamental para sostener y cuidar de su vida, brindar cuidar emocionales, acompañarnos en las tareas domésticas y de cuidados que necesitamos o que brindamos.

Cualquiera que sea el camino práctico que tomemos para tomar acción en los cuidados debe surgir de una deliberación colectiva sobre cómo tomarlos, como configurarlo, recibirlo y devolverlo. Es decir, como segundo punto, considero que al realizar estas prácticas debemos tener atención simbólica y actuante sobre cómo no reproducir las desigualdades y las injusticias de los cuidados en estas redes. Es decir, cómo hacer que no sean siempre las mismas personas (o mujeres) las que brindan cuidados en el ámbito de lo colectivo. Cómo hacer para que quienes siempre cuidan reciban ahora los cuidados que necesitan para sostener su vida y su bienestar. Cómo ligar estas redes con los esfuerzos gubernamentales (y al mismo tiempo, con cuidado de las relaciones de poder que les configuran) que intentan echar andar el derecho al cuidado en diversos puntos de nuestro país. En suma, cómo hacer para recurrir a la dimensión ética, política, afectiva y epistémica de los cuidados para no reproducir las relaciones de poder, de desigualdad y de injusticias en los cuidados hechos en y para lo común.

No cabe duda que la tarea es ardua, pero pienso que estamos en un momento en el que podemos comenzar a ensayar en la práctica y no solo en las palabras otras formas de cuidarnos de la forma más justa posible. Nuestras vidas penden de ello.