En su novela Ceniza en la Boca, la escritora mexicana Brenda Navarro retrata una historia de migración. La madre se marcha a trabajar como cuidadora a España, mientras la hija adolescente permanece en México junto a los abuelos, encargándose de un niño pequeño en una Ciudad de México que los personajes perciben como precaria, dura e incapaz de abrazarlos. El resentimiento de la hija hacia su madre crece por el abandono y porque intuye que detrás del proyecto migratorio hay motivos que van más allá de lo económico, y para ella como hija esto es inexplicable. En un momento, la hija escribe:
“Me odias a mí y por eso me dejas a tu hijo, y por eso te haces la mosquita muerta, pero en realidad ya estás imaginándote en el avión, ya estás en el avión, desgraciadita, ya lo estás”.
La historia de esta familia y de esta madre es conmovedora y reveladora sobre la migración de cuidados, las afectaciones emocionales que dejan las fugas de cuidado y las múltiples razones que llevan a una mujer a convertirse en una migrante cuidadora remunerada.
El relato exclusivamente económico que subyace al concepto de Cadenas Globales de Cuidado, definido por Hochschild como “una serie de vínculos personales entre personas de todo el mundo, basadas en una labor remunerada o no de asistencia” (2000), y sus desarrollos posteriores, potenciaron el relato único de una mujer migrante proveniente de un país pobre que decide insertarse en el mercado global de cuidados, vendiendo lo que puede ofrecer: su cuerpo, su tiempo y sus afectos.
En la visión tradicional de estas cadenas, hay un hogar de un país pobre (primer eslabón) que expulsa a una mujer (segundo eslabón), quien atenderá las demandas de un hogar en un país rico (tercer eslabón). En la mayoría de los casos, estas migrantes —más del 80% son mujeres, según la OIT (2023)— se insertan en el mercado laboral, con salarios precarios. Al trabajar en condiciones injustas, no solo solucionan la crisis de cuidados del hogar receptor, sino que contribuyen a la generación de riqueza del país. Se estima que hay 75,6 millones de empleadas domésticas en todo el mundo, de las cuales al menos el 30% son personas migrantes (OIT, 2023).
Sin embargo, y a pesar de la relevancia del concepto para ofrecer una perspectiva geopolítica sobre los afectos y su mercantilización —dice Hochschild: “El principal recurso extraído del tercer mundo ya no es el oro o la plata, sino el amor” (2000)—, este enfoque es insuficiente para abordar la multiplicidad de factores estructurales e individuales detrás de la decisión de migrar para trabajar cuidando.
Los múltiples factores detrás de la migración de cuidados
Las razones que llevan a las mujeres migrantes a insertarse en estas cadenas globales trascienden lo económico. Factores como los conflictos armados y políticos, las violencias de género, el desplazamiento climático, la LGBTIfobia, entre otros, también explican la configuración de estos circuitos transfronterizos. La profesora colombiana Camila Esguerra introduce el concepto de tramas transnacionales del cuidado para complejizar la propuesta original de las cadenas globales de cuidado. La autora rompe con la narrativa tradicional de la "migrante económica", al considerarla unidimensional e insuficiente para comprender la dinámica global. Según Esguerra, las tramas transnacionales del cuidado son una urdimbre densa y compleja que incluye aspectos sociales, económicos, políticos, narrativas sociales sobre migración y cuidado y proyectos neo(coloniales) que sostienen el régimen transnacionalizado de cuidados (2021).
Ir más allá del relato economicista no significa negar las condiciones estructurales que generan las expulsiones (Sassen, 2015), sino reconocer la diversidad de factores estructurales e individuales que llevan a una mujer a migrar para dedicarse al cuidado.
Ahora bien, hay también una diversidad de factores individuales que pesan en esta decisión, uno de estos es la búsqueda de autonomía. Muchas mujeres migrantes deciden insertarse en el mercado de cuidados para sostener un proyecto migratorio que les permita construir autonomía frente a instituciones como la familia, donde se reproducen diversas desigualdades, incluidas las de género. Como señala la profesora Alethia Fernández: “La migración suele ser un quiebre del espacio social y una oportunidad para controlar el entorno social a favor de las mujeres (a través de un empleo remunerado y reconocido, una nueva división sexual del trabajo, nuevas redes sociales y conocimientos adquiridos)” (2014)
Las mujeres migrantes que cuidan no son solo mano de obra barata, sino agentes sociales, afectivos y políticos con capacidad de acción individual y colectiva. Recordar esto nos permite romper con el mito de las mujeres migrantes como víctimas indefensas y pasivas. Los ejemplos de la capacidad de agencia de las mujeres migrantes cuidadoras son incontables. En España, la Federación Internacional de Trabajadoras del Hogar calculaba en 2021 que el promedio de participación migrante en las 32 asociaciones de trabajadoras del hogar recopiladas era del 84,20%. Más de 10 de estas organizaciones están conformadas exclusivamente por mujeres migrantes, como el Sindicato de Cuidadoras Sin Papeles, Mujeres Unidas entre Tierras y Libélulas, entre otros colectivos (EFFAT, 2021).
La migrante cuidadora que no regresa
En Ceniza en la Boca, los hijos adolescentes de la madre migrante se trasladan años después a España. La hija descubre la difícil situación económica de su madre, lo que define su propia experiencia migratoria. Entonces, surge la pregunta de por qué su madre sigue prefiriendo cuidar ancianos en España. Dice la hija: “Si en México nos podían decir que éramos pobres (…) pero en Madrid nos miraban como pobres y además como apestados”.
Los motivos de la madre no son del todo claros en la novela, pero lo que se observa es una mujer refugiada en su proyecto migratorio que, a pesar del tiempo y el dolor insiste en quedarse en España, cuidando. Entenderlo requiere explicaciones que van más allá del dinero.

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