En los últimos meses, en la Ciudad de México la gentrificación ha dejado de ser un concepto académico y ha pasado a formar parte de la jerga cotidiana —en periódicos, televisión, colectivas, partidos, ONGs, revistas, libros—. Ante este auge, se vuelve más común repensar y cuestionar nuestra relación con el mapa urbano y desde dónde se sitúa el cuerpo y la relación que establecemos con la ciudad en términos de clase, racialización, edad, etc.

En medio de esta coyuntura urbana —crisis de vivienda, alza de precios, desplazamiento y segregación—, hace falta profundizar el vínculo entre las mujeres y los fenómenos urbanos. Aquí los feminismos con perspectiva de clase y antirracistas han sido fundamentales, pues, proporcionan pistas clave para entender que el espacio no es neutro, es absolutamente patriarcal.

Valeria de la Vega (2023), señala que en las ciudades patriarcales el espacio no fue pensado para las mujeres ni para la reproducción del trabajo de cuidado, sino que su propósito es satisfacer a la producción. Ejemplo de ello es que a pesar de que las ciudades no se produzcan para nosotras el 40% de la movilidad en las ciudades es realizada por mujeres que realizan las tareas de cuidado (p.135).

A pesar de que el trabajo de cuidados sea algo sustancial, es infravalorado, siendo una actividad feminizada y no remunerada, de la cual el capital se sostiene para seguir alimentando el modo de producción actual. En otras palabras: las mujeres no son el sujeto principal de planeación urbana, pero tienen que sostener la vida con los cuidados y articular estrategias de supervivencia económica en una ciudad que no está pensada para ellas, siendo el 52.2% de la población en la Ciudad de México.

En otras palabras, las mujeres tenemos que habitar una ciudad, que no fue construida para nosotras. Una ciudad, en la que el promedio de renta es de 21 mil pesos (El Economista, 2025) mientras que un salario mínimo es de 9 mil 582 pesos, es decir un salario mínimo no cubre la mitad del promedio de la renta en esta ciudad. En este contexto, los desalojos —como una de las expresiones de la gentrificación— han sido un escenario frecuente que implican consecuencias diferenciadas para las mujeres, pérdida de independencia económica, extensión de los desplazamientos que se entrecruzan con las labores de cuidados, y más.

El caso de Cuba 11

Un ejemplo de ello han sido las mujeres que resisten en el actual Plantón de Cuba, que, tras ser desalojadas en agosto de 2025, siguen luchando por su vivienda. Sin embargo, han tenido que atravesar dificultades durante el proceso. 

En el marco de una investigación en curso, se retomó la entrevista de una persona que sostiene el plantón en Cuba 11, la cual compartió la experiencia de sus compañeras de plantón que, tras el desalojo, tuvieron que modificar sus vidas, rutinas y estrategias para sobrevivir.  Cuatro de ellas son madres solteras, una de ellas vendía tamales en la entrada de su edificio; ahora vende a pie de calle, pero perdió el resguardo de sus cosas. Otra tenía un puesto de jugos; ahora no puede atenderlo porque debe cuidar el plantón. El INVI les paga su hotel, pero no aceptan perros y ella no puede estar ahí, lo que implicó la pérdida de su empleo y su independencia económica. Una vecina adulta mayor hacía sellos, vivía al día; ahora debe ir al plantón a atender a clientes, volver a casa a hacer los sellos y regresar a vender. Y dos más que tras el desalojo tienen que desplazarse con sus hijas e hijos a sus casas en Ecatepec y regresar para el cuidado del plantón.

 El desalojo ha implicado la restricción de sus movimientos y decisiones. Estos proyectos urbanos en nombre del progreso intensifican los desplazamientos. El desalojo no es un evento puntual, es una nueva condición de vida que para ellas se ha reflejado en la elaboración de estrategias de supervivencia, readaptación en las labores de cuidado, el  abandono de la independencia económica y a la vez de resistencia por el derecho a la vivienda La gentrificación no es un destino inevitable, es un proyecto de renovación urbana en una ciudad que se sigue sosteniendo por los trabajos de cuidado, y a la par, en nombre del progreso los desplaza sistemáticamente.