La marcha del 8M arranca desde el día en que nos vamos poniendo de acuerdo para ir juntas. Nos vamos escribiendo entre nosotras para saber dónde vernos, con quién, qué llevar. Empieza a alborear desde que vamos sintiendo cada quién y en grupo cómo queremos vivir y sostener la marcha, cómo no. Desde que nos lo vamos platicando entre nosotras y tomando acuerdos, haciendo planes, marcando rutas y horarios (que algunos podremos cumplir y otros cambiaran por una u otra circunstancia). La marcha inicia cuando nos vestimos, nos ponemos nuestros pañuelos verdes o morados o algo que indique que somos parte de ese gran movimiento. Cuando respiramos profundo y recordamos todo lo horrible que el patriarcado nos ha hecho sufrir y lo plasmamos en carteles, en la fuerza de nuestras cuerdas vocales que irán gritando consignas, en los silencios que guardaremos por ratos, en la mano de la amiga que agarraremos con fuerza y ternura para seguir juntas marchando.

Inicia cuando las veo llegar al punto de reunión y nos abrazamos. Para unas será la primera vez que asistan, para otras será un continuo que empezó hace años. Pero no importa porque vamos juntas y me siento orgullosa de todas. La marcha va tomando forma cuando tratamos de llegar a algún contingente y unirnos a él, al tratar de cruzar una ciudad con estaciones de metro clave detenidas en domingo que nos obligan a caminar varias cuadras, a tomar camiones que no sabemos bien en dónde nos van a dejar.

Inicia la marcha cuando por fin la vemos a lo lejos, nos miramos unas a otras y decidimos entrar a ella, ser parte activa de ella. Esta marcha es muy especial para mí porque voy con mi hermana la más chiquita, por primera vez para ella y por primera vez para mí con ella, y con una de mis mejores amigas. Entramos y tomamos nuestro sitio en el flujo de mujeres diversas, reunidas. Siempre que comienzo a marchar me siento muy cohibida de comenzar a retomar con mi propia voz las consignas. Me dejo estar varios metros andando antes de que agarre valor para gritarlas. Pero ese día, grité desde el inicio, quería que mi voz le diera soporte a la voz de mi hermana. Y no sé si fue eso o simplemente su propia fuerza (o las dos) que ella empezó a corear todas las consignas, mucho tiempo, muchos pasos.

Es que las voces de las otras son un gran impulso para sostener las nuestras. Voy marchando y escucho las consignas venir como una ola que suena cada vez más fuerte, delante de mí, a los lados, detrás. Que me toca, y cuando lo hace me entona el pecho y me hace gritar con decisión que “¡somos malas y podemos ser peores!”, “¡que no se va caer, que lo vamos a tirar”!, “¡que América Latina será toda feminista!”. Juntas vamos leyendo los carteles de las demás, sintiendo que muchas cosas nos han pasado también a nosotras y emocionándonos con los futuros posibles que demandan, exigen y proponen. “Soy la fisio de las mujeres que nunca vas a tocar”, “Nos sembraron miedo y nos salieron alas”, “Es la segunda marcha que vengo con mi mamá”, mientras el cielo se tiñe de humo rosa y morado.

“¡Yo sí te creo!” le gritamos con cariño a una mujer que a un lado de la marcha exhibe en una lona las fotos de su cuerpo lastimado, seguramente por su pareja. Ella llora y nos mira cuando recibe nuestras voces. “¡Yo si te creo!”, volvemos a gritar y siento que con esta frase a multivoz también me creen a mí, que también me creo a mí misma. Caminamos por ratos sueltas, y en otros momentos las tres vamos bien tomadas de la mano para no perdernos en la marcha. Me siento un gran equipo, segura, cuidada, parte de algo, nunca olvidada. De vez en vez también voy escribiendo mensajes con otras amigas que ya no nos pudimos ver, pero que en estas formas nos vamos acompañando. Encuentros felices y fortuitos con amigas que también fueron ese día marchar son la cereza de ese pastel feminista. Marchamos hasta que nuestras piernas ya se sienten bien cansadas, nos damos agua, galletas, nos comemos una banderilla. Nos sentamos en una banquita cuando sentimos que de verdad ya no podemos marchar más y decidimos volver a casa. Saber hasta dónde sostener la marcha también es escucharnos, cuidarnos. Y buscamos qué caminos nos llevan para volver a casa, a la que volvemos distintas, más fuertes, más unidas, más seguras de lo que somos y queremos ser.

A unas estaciones, salimos del metro y pedimos un coche de plataforma para que nos lleve a comer tacos. Un paso más ya no podemos dar. Y ahí sentadas, mientras esperamos, agotadas, felices por haber marchado, sobre todo, por haber marchado juntas, siento que las quiero más que nunca, que ha sido mi marcha favorita. A su lado, entiendo que la marcha del 8M y su poder inician y duran mucho más que el momento en el que estamos ahí, siendo parte orgánica de ella. Se extiende hasta que le damos nuestra primera mordida al taco, y nos decimos lo bien que nos sentimos de haber estado allá juntas, cuando días por venir seguimos sintiendo esa fuerza y esa conexión. Cuando sabemos que el mundo también es nuestro, y la libertad, y la vida, y la alegría, y la autonomía, y nosotras mismas. Cuando una de nosotras dice: “al otro 8M volvemos a marchar”.