Podemos afirmar que no hay vida humana posible sin trabajo de cuidados. Nuestra subsistencia individual y el funcionamiento general de la sociedad dependen de vínculos sociales que nos sostienen. Sin embargo, las mismas actividades imprescindibles para garantizar nuestro bienestar son también escenario de múltiples formas de explotación.
Los cuidados no se limitan a sostener la «supervivencia de la especie», en tanto satisfacción de las necesidades fisiológicas y de seguridad. Implican, más bien, la reproducción de estructuras políticas, económicas, culturales y comunitarias definidas histórica y socialmente. El problema es que estas estructuras son profundamente patriarcales y, al reproducirlas, contribuimos a legitimar un orden injusto para quienes cuidan.
Por ello, me interesa plantear los cuidados como una herramienta analítica para repensar, reorganizar y revalorar nuestro ser en el mundo: una forma de pensarnos dentro de un proyecto en común que pone la vida al centro, en contraposición a una perspectiva androcéntrica y capitalista.
La perspectiva de quienes cuidan
Los testimonios de quienes cuidan suelen estar atravesados por una mezcla de agotamiento, indignación, obligación y compromiso. Las investigaciones especializadas en este campo han demostrado que persiste un nexo entre desigualdad y cuidados. Este nexo se configura como un entramado de relaciones de poder en el que los cuidados son distribuidos y organizados de manera injusta, inequitativa y extenuante.
Pero ¿quiénes sostienen la vida, en qué condiciones y a qué costo? Parafraseando un neologismo propuesto por la socióloga española María Ángeles Durán, podemos formular el siguiente planteamiento:
Si el marxismo ha planteado como su sujeto epistémico al proletariado —un contingente masculino/masculinizado conformado por la clase obrera—, hoy emerge la figura del cuidatoriado, un proletariado femenino/feminizado formado por quienes cuidan, sobre cuyos cuerpos, tiempos y fuerzas descansa la responsabilidad nada menor de sostener la vida y que tiene un papel clave en la lucha de clases contemporánea.
En reconocimiento de la histórica lucha de este cuidatoriado, hoy entendemos el cuidar como un trabajo, un derecho humano autónomo, un conjunto de prácticas —haceres, sentires, pensares— y, al mismo tiempo, como una perspectiva crítica.
Esta postura multidimensional permite poner en diálogo y articular la tensión conceptual entre el trabajo de reproducción social (énfasis en la dimensión estructural) y el trabajo de cuidados (énfasis en la dimensión afectiva y relacional). Esto es, considerar el papel de la experiencia subjetiva, el costo emocional, así como el trabajo de crear y mantener nuestros vínculos en la construcción material del bienestar social.
Una ontología relacional
Etimológicamente, cuidado proviene del latín cogitare, que alude a meditar, pensar o atender. Teniendo esto en mente, podemos resignificar políticamente el cogito cartesiano siguiendo la fórmula cuidamos, luego existimos.
La propuesta es reorganizar la vida en común desde una ontología relacional. Es decir, promover una forma de concebirnos —lo que somos y las condiciones de nuestra existencia— no como seres autónomos y autosuficientes, sino como seres que se constituyen en y a través de relaciones. Esta perspectiva involucra:
- Problematizar la manera en que organizamos la reproducción cotidiana de la vida para detectar aspectos clave donde incidir y desarticular el nexo entre desigualdades y cuidados. Por ejemplo, al priorizar el autocuidado, el tiempo propio y el cuidado mutuo.
- Desplazar de nuestros análisis políticos al sujeto epistémico por excelencia: el homo economicus —racional, varón, independiente y maximizador de recursos—. Este desplazamiento abre paso al protagonismo de entidades colectivas e interdependientes, como la familia, el vecindario, la comunidad o el cuidatoriado.
- Ir más allá de la pregunta habitual sobre qué elementos del mundo del trabajo están presentes en los cuidados. En su lugar, nos invita a cuestionar qué elementos de los cuidados están presentes en todo tipo de trabajo, en la cotidianidad y a lo largo de la historia.
- Resaltar el carácter histórico de los cuidados como una apuesta política por la expansión y dignificación del bienestar. La perspectiva de cuidados, al igual que la de género, pugna por su transversalización e implementación como eje rector de la acción social a nivel institucional y programático.
Incorporar una perspectiva de cuidados entraña un cambio de paradigma: existimos en tanto cuidamos. Apunta a pensarnos de forma vincular e interdependiente, a recentrar el valor de lo común y las comunidades que nos acuerpan, sostienen y cuidan.

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