Nos quedamos conversando sobre la importancia de atrevernos a nombrar el malestar en primera persona. Hablar francamente sobre la frustración y la impotencia. Que deviene de un cruel juego de extremos entre perdedores y ganadores del que somos parte y que, de cierta forma, nos disminuye. Una contradicción constante que, como diría Víctor Seidler, vivimos los hombres entre el poder y el dolor.

La conversación giraba alrededor de cómo sostener esa complejidad sin diluir la responsabilidad, sin buscar justificaciones ni excusas. Entonces apareció otra pregunta en la mesa: ¿qué pasa cuando incluso las relaciones afectivas empiezan a pensarse con la lógica del mercado?

Nico: Siempre en un mercado van a existir valores. Va a existir lo que vale más y lo que vale menos. Siento que si hemos llegado a percibir —aunque sea inconscientemente— las relaciones como un mercado, también tiene que ver con el mundo en el que crecimos. Un mundo en el que todo es transaccional: yo te doy y tú me das. Así funciona la mayoría de las economías; entonces no me sorprende que la gente empiece a concebir el afecto de esa forma.

Y pues al final del día no me sorprende que la gente empiece a concebir lo que es el amor así, porque uno, está presente en todo lo que hacemos, en absolutamente todo lo que hacemos y dos, es al ser el amor un tema tan complicado y algo tan necesario, pero al mismo tiempo tan complejo, porque es la única cosa en este mundo que no trata nada más de uno mismo, es algo que se vive y se consigue a través del otro, pero no deja de ser de cierta forma algo propio, algo que es para uno mismo.

Retomando la idea de por qué es importante darnos cuenta que se perciba todo esto como un mercado, pues es el hecho de que es una forma fácil de conceptualizar la desigualdad porque existen los valores en un mercado. Y si te sientes en una especie de desigualdad —casi como si estuvieras en un nivel socioeconómico bajo de amor— pues al final te vas a sentir en pobreza. Va a existir una sensación de carencia.

Y esa es prácticamente la queja incel, gente que se siente carente de amor, de algo que creen que se les debe, como si estuviéramos hablando de comida. Y creo que lo más importante sería reconocer que ese amor que uno anhela tanto, al final siempre es algo que uno quiere vivir para uno mismo.

David: Pones sobre la mesa varios puntos. Primero, esta idea de que las relaciones empiezan a pensarse dentro de una lógica transaccional. Y también lo que dices sobre el mercado como una metáfora fácil para entender la desigualdad, quién tiene más, quién tiene menos. Entonces las comunidades incel no parecen funcionar como espacios que cuestionen ese sistema. Más bien pareciera que lo que quieren es insertarse en él, incluso de forma violenta, para acceder a los privilegios que otros hombres ya tienen dentro de esa misma lógica.

Les quiero preguntar… Muchas veces esta ideología se justifica hablando de una supuesta “crisis de la masculinidad”. Como si el problema fuera que los hombres ya no pueden atraer mujeres o acceder a ciertos privilegios.

Juan: Yo siento que cada vez hay más presión social, sobre todo en las nuevas generaciones. Por ejemplo, hoy importa muchísimo el perfil de Instagram. Que si la chica más guapa te va a ver, que si va a revisar tus fotos, tu vida social. Todo eso se vuelve una especie de carta de presentación. Y esa presión es peligrosa porque mucha gente empieza a medir su valor personal con base en eso: cuántos likes tiene, cuántos seguidores, cuántas vistas.

La sociedad exige un estilo de vida muy alto para sentirte valorado. No solo en lo económico, sino también en lo físico, en la apariencia. ¿Y qué pasa cuando no logras eso? Empiezas a sentirte humillado. Viene el aislamiento, la depresión. Y terminas en foros en internet buscando que alguien te escuche.

Nico: Yo la verdad no lo llamaría crisis de masculinidad. Yo diría más bien que es una crisis personal. Porque lo que cada quien concibe como masculinidad es algo que uno mismo construye: con sus valores, con sus ideas, con su forma de entender lo que es ser hombre. No es algo que de repente el mundo te arrebató.

Pero sí creo que hay otra cosa pasando, y no solo con los hombres. Creo que tiene más que ver con la forma en que vivimos hoy. Las personas están más solas que antes, en parte porque ahora tienen la posibilidad de conectarse a un Zoom, por ejemplo. Y eso también nos ha dado la posibilidad de evitar lo incómodo que es convivir con otras personas. Porque convivir con el otro toma esfuerzo, es incómodo, es difícil.

Puedes jugar videojuegos en línea en lugar de salir a jugar con alguien. Puedes comentar una foto en Instagram en lugar de hablar con una amistad cara a cara. Todas esas posibilidades han creado un escenario en el que puedes vivir tu vida sin salir de tu cuarto. Y eso ha contribuido mucho a una crisis de soledad. Una soledad que, en parte, también es auto provocada

Juan: Sí, yo lo veo más como una reacción violenta ante el cuestionamiento del status quo, al sistema de privilegios… la respuesta fuera una doble violencia para tratar de regresar a lo anterior. Mi punto es que sigue escalando la violencia en todos los sentidos. Yo que vengo de provincia, encuentro mucha gente de mente muy cerrada y que la sociedad no acepta fácilmente el feminismo o la homosexualidad. Tristemente, parece no importar el impacto negativo que esto tiene. Y ocurre en todas las edades, no hay un rango de edad específicamente.

Lo INCEL tiene que ver con un fenómeno más grande, con cómo creamos relaciones, quiénes somos y qué valor tenemos como personas. La forma en que vivimos en sociedad hoy en día hace que el amor y el cariño se conviertan en algo que se puede comprar o vender, lo que genera comparaciones y hace que la gente se sienta mal consigo misma. Esto empeora cuando nos sentimos solos y hay mucha presión para encajar. En lugar de cambiar estas cosas, algunas personas se enfadan y tratan de adaptarse a ellas. Por lo tanto, no se trata solo de una crisis de masculinidad, sino de las dificultades que toda persona tiene para conectar con los demás y encontrar nuestro lugar. Empecemos por reconocer este problema y pensar de nuevo en cómo nos tratamos a nosotros mismos y a los demás.