Después de 40 años, México se posiciona una vez más como una de las sedes mundialistas, provocando emociones encontradas. Por un lado, la euforia que para muchos trae este show deportivo y el discurso oficial nos inunda con promesas de derrama económica. Pero, tras los millones de visitantes y la emoción futbolera, se juega otro partido en silencio: el del colapso silencioso de la red de cuidados locales.
Mientras los reflectores apuntan a la cancha, las calles viven lo que los expertos llaman un auténtico “lavado social”, el gobierno pide a los nativos quedarnos en casa para no contribuir al caos, o para no manchar la imagen que pretenden mostrar, excluyendo a la gente local de sus espacios cotidianos. El Mundial no genera desigualdades por sí solo, pero es un catalizador de las crisis urbanas que ya veníamos arrastrando. Los alojamientos de corta estancia han provocado el retiro de miles de viviendas del mercado tradicional a una velocidad alarmante. Familias enteras -muchas veces adultos mayores o jefas de familia encargadas del cuidado del hogar- sufren desalojos silenciosos porque sus espacios ahora valen diez veces más si se rentan por noche a un extranjero.
Cuando una vivienda deja de ser un derecho y se convierte en una mercancía para el turismo de paso, el tejido comunitario se rompe de manera irreversible. Desplazar a los habitantes de sus barrios significa despojarlos de sus redes de apoyo mutuo: la vecina que cuida al niño mientras la madre trabaja, el tendero que fía el alimento cuando la quincena se aprieta. Estas redes no son un lujo; son la infraestructura invisible que permite la supervivencia diaria en contextos de precariedad. Por eso, el despojo inmobiliario es, en el fondo, un despojo afectivo que fragmenta las alianzas comunitarias, dejando a las personas aisladas y vulnerables en un entorno hostil que ya no les pertenece.
Este despojo no se limita a las paredes del hogar; se extiende con violencia hacia el espacio público bajo la bandera del orden exigido por corporaciones y comités organizadores. Colectivos y organizaciones civiles se han visto obligados a organizarse a contrarreloj frente a la emergencia. Tal como documentó una reciente cobertura del portal Desinformémonos, hoy se distribuyen cartillas informativas y herramientas de emergencia en la Ciudad de México para proteger a las poblaciones callejeras y precarizadas del asedio policial, el retiro forzado de sus pertenencias y el ocultamiento deliberado de todo aquello que la urbe prefiere no mostrarle al ojo del turismo internacional.
Crianza y sustento al margen del estadio
En este afán por maquillar la realidad, los comerciantes informales que por años han trabajado en las inmediaciones de los estadios sede, como en Huipulco/Estadio Azteca (ahora Estadio Banorte o Estadio Ciudad de México para este mundial) están siendo retirados masivamente. Esta expulsión no solo los condena a la pérdida inmediata de sus ingresos económicos en el momento de mayor consumo del año; representa, ante todo, el desmantelamiento de un tejido laboral y de cuidados profundamente arraigado.
Estos trabajadores no solo vendían; habían construido una comunidad de soporte mutuo fundamental para la vida diaria. Entre puestos ambulantes y dinámicas cotidianas, se sostenía una red donde solían compartir alimentos para aligerar la jornada y cuidaban colectivamente a las infancias que los acompañaban. El retiro forzado desarticula este sistema de crianza comunitaria, dejando a las familias trabajadoras sin el sustento económico y, de golpe, sin el espacio seguro donde sus hijos eran protegidos por los ojos de todo el gremio.
A este desplazamiento se suma el encarecimiento desmedido de la vida cotidiana. Los insumos básicos, el transporte y los servicios públicos sufren una presión inflacionaria insostenible para quienes perciben salarios locales. En esta dinámica, las tareas de cuidado se precarizan aún más.
Pero la vulnerabilidad más cruda de este escenario se vive en las fronteras de las economías ilegales y la violencia. La llegada masiva de turismo internacional abre un mercado de altísima rentabilidad para el crimen organizado. Esta demanda introduce dinámicas de control territorial que alteran por completo la seguridad de los barrios.
Bajo este amparo de impunidad y urgencia económica, florecen también los peligros de la trata de personas. El problema no es una sospecha abstracta; diversas alertas publicadas en medios como Milenio confirman las advertencias de especialistas sobre cómo los grandes grupos de la delincuencia organizada —muchos con ramificaciones internacionales— ya estructuran sus redes de cara al Mundial. Para estos esquemas criminales, los flujos masivos de visitantes representan una oportunidad dorada para expandir el mercado de la explotación sexual, mimetizándose con la oferta turística y el entretenimiento nocturno.
Así, los entornos que antes eran protegidos por las miradas comunitarias se tornan hostiles, disputados por dinámicas que buscan capitalizar el consumo de la masa visitante. Mientras el Estado se vuelca a blindar los estadios y las zonas exclusivas con operativos de seguridad de alta tecnología, las periferias y las vidas más precarizadas quedan desprotegidos, delegando el cuidado y la autodefensa de las poblaciones vulnerables a colectivos civiles que, para colmo, han sido previamente debilitados por la gentrificación y el desplazamiento forzado.
El verdadero indicador de éxito de un país no debería medirse en la cantidad de boletos vendidos o en el porcentaje de ocupación hotelera, sino en la capacidad de proteger y sostener la vida de sus habitantes durante la tormenta. Si para recibir al mundo necesitamos expulsar a nuestra propia gente, encarecer su comida, desmantelar sus barrios y exponer sus entornos a la violencia y las economías criminales, entonces el marcador final ya está en nuestra contra.
El Mundial pasará, la fiesta terminará y las pantallas se apagarán en unas semanas. Pero el despojo, las deudas y las cicatrices sociales se quedarán en el territorio. Es hora de exigir una gestión urbana y humanitaria que entienda que el cuidado de la comunidad no es un gasto colateral ni un estorbo para el desarrollo, sino el único cimiento sobre el cual vale la pena construir cualquier celebración. No podemos seguir aplaudiendo los goles en la cancha mientras perdemos por goleada en la vida real.

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