Si tienes hijxs, ¿lxs dejarías al cuidado de un hombre con la misma confianza que al cuidado de una mujer? ¿Por qué no? Probablemente, la respuesta va más allá de la incompetencia o el desinterés masculino por cuidar. Y es que la frase popular “No todos los hombres, pero siempre un hombre” expresa una desconfianza que vale la pena analizar en torno a la distribución de los cuidados.

Cuando las condiciones del cuidado implican contacto cuerpo a cuerpo en espacios privados o con personas en situación de dependencia o vulnerabilidad, la seguridad se convierte en un criterio importante para decidir quién cuida. Podría parecer que las personas cuidadoras, mayoritariamente mujeres, están bloqueando la participación masculina. Sin embargo, cuando evalúan el riesgo de que los hombres ejerzamos violencia sexual, también están cuidando.

En entregas anteriores analicé la separación simbólica y material entre masculinidad y cuidados en un proceso de desmasculinización que involucra no sólo la ausencia de los varones, sino también su presencia sin corresponsabilidad. En esta columna me interesa ahondar en otro aspecto que va más allá de los roles generizados y la división sexual del trabajo: la violencia sexual como factor que interviene en la distribución de los cuidados.

Más allá de los roles generizados

Pensemos en la distribución de los trabajos remunerados de cuidado: enfermería, educación preescolar y básica, cuidado infantil, entre otros. En distintos grados, estas profesiones implican proximidad corporal, relaciones de confianza y contacto con personas que requieren cuidados o apoyos en su vida diaria. Además, son todas ocupaciones feminizadas.

Por otro lado, la participación de los hombres en los trabajos de cuidado tiende a concentrarse en actividades realizadas puertas afuera, de menor proximidad física e intimidad, menos vinculadas con cuidados directos y afectivos. ¿Qué contribuye a reproducir esa distribución generizada del trabajo? Aquí planteo que la violencia sexual masculina debe ser considerada en tal distribución.

Un estudio de Save the Children (2023), realizado en España a partir del análisis de cerca de 400 sentencias judiciales sobre violencia sexual infantil, encontró que:

·    En ocho de cada diez casos, el agresor era una persona conocida o perteneciente al entorno familiar de la víctima.

·    El 96 por ciento de los agresores no contaba con antecedentes penales por delitos sexuales.

Estos datos muestran que la cercanía y la familiaridad no garantizan la seguridad. La violencia sexual puede ocurrir precisamente en aquellas relaciones de confianza donde se desarrollan muchas prácticas de cuidado.

Así, la violencia sexual masculina produce daños directos y también afecta la manera en que socialmente evaluamos los riesgos. Las experiencias individuales y colectivas de violencia deterioran las condiciones de confianza necesarias para cuidar y recibir cuidados, e intervienen en las decisiones cotidianas sobre quién debe y quién no debe hacerse cargo de determinadas actividades.

Cultura de la violación

La violencia sexual tampoco puede comprenderse únicamente a partir de agresiones individuales. La cultura de la violación comprende un entramado de normas, discursos y complicidades que minimizan o justifican estas violencias, erotizan la dominación y favorecen su reproducción. Estas condiciones culturales también intervienen en la manera en que se construyen, deterioran y evalúan las relaciones de confianza necesarias para el cuidado.

El miedo a la violencia sexual ejercida principalmente por hombres puede influir en que se evite asignar a los varones actividades de cuidado que requieren intimidad y contacto corporal. Como experiencia colectiva, no requiere haber experimentado una agresión en carne propia y, sin embargo, sí interviene en las decisiones sobre la propia seguridad y la de otras personas.

En Teoría King Kong, Virginie Despentes analiza la violación como ejemplo paradigmático de la mística masculina, en el que se sintetizan creencias fundamentales sobre lo que significa ser hombre. La autora plantea que la violencia sexual contra las mujeres, como parte medular del programa político del capitalismo, se articula de manera que los agresores salgan siempre vencedores; así, los hombres ignoramos “hasta qué punto todo está escrupulosamente organizado para garantizar que ellos triunfen sin arriesgar demasiado cuando atacan a las mujeres” (p. 44).

El análisis de la desmasculinización de los cuidados también requiere examinar estas condiciones políticas y culturales de la violencia sexual. No podemos promover la participación corresponsable de los hombres exigiendo confianza mientras ignoramos las experiencias y los riesgos que la han deteriorado. El riesgo es real, el miedo también.

Proteger también es cuidar

Las estrategias de protección frente a la violencia sexual forman parte del trabajo de cuidados. Proteger los cuerpos, reconocer situaciones de vulnerabilidad y prevenir agresiones son responsabilidades indispensables para sostener la vida. Sin embargo, necesitamos preguntarnos cómo garantizar la seguridad sin que las responsabilidades de proteger y cuidar sigan recayendo mayoritariamente sobre las mujeres.

La incorporación de los hombres a los cuidados no puede limitarse a una mayor distribución de tareas. Exige transformar las relaciones de poder, los aprendizajes masculinos y las prácticas que normalizan la violencia sexual. También exige construir condiciones de confianza y seguridad en los espacios donde cuidamos y recibimos cuidados.

Proteger también es cuidar. Como hombres nos corresponde responsabilizarnos tanto de nuestra reeducación como de la redistribución de los cuidados, sin desconocer, minimizar o banalizar la violencia sexual masculina.