Cuerpos que duelen y resisten

Por Angélica Dávila Landa

Me duele el cuello. Es un punto constante en el lado derecho de la nuca que se conecta con el dolor en los hombros y la espalda alta. Parece, sobre todo, que son dolores que resultan de problemas posturales. Estar mucho tiempo encorvada trabajando en la computadora, en el celular. Pero, sobre todo, trabajando en hacer el cuerpo pequeño, contraído, para hacerlo sentir seguro, para que no sea vistoso, para que no ocupe mucho espacio. Contracciones que se incorporan —se hacen cuerpo— y que tienen el costo de vivir como un cuerpo doliente. Contracciones que, además, expresan la necesidad obligada socialmente para muchas mujeres de que nuestros cuerpos, nuestras existencias sean más pequeñas de lo que son: gasten menos espacio, menos miradas, ¿menos vida?

En efecto, estos dolores me recuerdan que no son solo fisiológicos: son la experiencia vivida y corporizada de las desigualdades y las violencias de género que yo, como otras mujeres, en nuestra diversidad, nos atraviesan en casi todas las instancias de nuestras vidas. Que nos siguen lastimando después de haberlas vividas cuando obligan a nuestros cuerpos a tomar formas que nos les benefician y que tampoco merecen. Pero, al mismo tiempo, estos dolores hablan de nuestras resistencias corporales y vitales, en donde aparece con más presencia porque hemos decidido abandonar esas formas dolientes. En efecto, trato ahora de pararme más erguida, sacar el pecho, tomar lugar, respirar todo el aire que necesito con todo el tiempo que necesito para vivir y para vivir bien. De decirme: yo existo, ocupo un espacio, es mío y lo tomo. Me expando entonces en el espacio completo de mi corporalidad y de los lugares que habito. Y esos dolores comienzan a convertirse en movimientos que atestiguan esta expansión, que empiezan a relajarse, a desvanecerse.

Así, por estas razones (vitales, corpóreas, éticas y políticas), quise recuperar hoy la escritura sobre los cuerpos de mi amiga y colega Larissa Paisano. Porque nos recuerda que nuestros dolores corporales son violencias vividas, pero también resistidas, reformuladas, transformadas. Y nos invitan a ser cuerpos de una forma en que ya no les demos lugar más a esos daños y maltratos.

Una biblioteca llamada cuerpo: pedagogías de la memoria y reflexiones feministas sobre la violencia

Por Ana Larissa Paisano Amaya

Hace unos días regresé de un viaje breve a Honduras. Como de costumbre, hice una parada en casa de mi amiga Angélica Landa, en Ciudad de México, un lugar donde mi cuerpo siempre encuentra descanso. Entre risas, tazas de café, lágrimas y conversaciones profundas sobre mi infancia, sobre la vida, me hizo una pregunta que todavía resuena en mí:

—Larissa, ¿qué edad tenías cuando notaste con conciencia las violencias vividas en casa?

La pregunta me llevó hasta mis siete años. Vi a una niña llena de preguntas, rodeada de silencios y atravesada por violencias que todavía no sabía nombrar. A esa edad comprendí que no quería vivir el destino que parecía esperarme. Había demasiadas preguntas en mí para aceptar una vida construida sobre el silencio. Con el tiempo salí de casa, pero las violencias encontraron otras formas de alcanzarme y me obligaron a replantear incluso mi propia existencia.

Hoy entiendo que el cuerpo guarda aquello que, por diversas razones, intentamos olvidar o bloquear. Muchas veces reprimimos emociones, borramos escenarios, negamos recuerdos o aprendemos a sobrevivir desconectándonos de lo que sentimos. Sin embargo, el cuerpo conserva una memoria que, tarde o temprano, encuentra la manera de hablar. El cuerpo también se mueve desde lo aprendido: aprende a callar, a protegerse, a desconfiar, a resistir, a amar, a luchar y rara vez a descansar.  En ese sentido, cada cuerpo contiene una pedagogía de memorias, una forma particular de aprender y habitar aquello que hemos vivido. Cuando esas memorias pueden ser recuperadas y nombradas, se convierten también en una pedagogía del cuerpo: una posibilidad de reconocer aquello que nos fue enseñado sin palabras y desmontar los discursos construidos sobre verdades contadas a medias, silencios heredados y responsabilidades que nunca fueron asumidas.

Lo comprendí cuando acudí al médico buscando una explicación para un dolor persistente. Después de varios estudios me dijeron: "No tienes nada." En ese momento pensé que el problema era yo. Más tarde descubrí que existen dolores que no aparecen en los laboratorios, porque el cuerpo también expresa aquello que nunca tuvo un espacio seguro para ser dicho.

Me gusta pensar que no somos únicamente un cuerpo: somos una biblioteca. En nosotras habitan historias completas, algunas rotas, otras olvidadas y muchas todavía sin leer. Guardamos recuerdos de amor, esperanza y libertad, pero también de miedo, abandono y violencia. Todo aquello que vivimos deja huellas en nuestra manera de sentir, de relacionarnos y de habitar el mundo.

Por eso creo que vale la pena mirar nuestra propia línea del tiempo y preguntarnos qué acontecimientos siguen viviendo en nuestro cuerpo. No para permanecer en el dolor, sino para comprendernos con mayor ternura.

Como escribió Alice Miller: "Es preciso que nos desprendamos de los padres que tenemos interiorizados y que continúan destruyéndonos; sólo así tendremos ganas de vivir y aprenderemos a respetarnos." (Miller, 2004).

No somos responsables de lo que vivimos en la infancia, pero sí podemos decidir qué hacemos con las heridas que llevamos. Al atenderlas, estamos reparando espacios de nuestro cuerpo que durante mucho tiempo estuvieron enfermos, colapsados, ocupados por historias, voces y dolores que no nos corresponden. Comprender el contexto de nuestra madre y padre no significa justificar el daño recibido; significa dejar de reproducir dentro de nosotras aquellas voces que continúan haciéndonos creer que no somos suficientes.

Quizá reconocer nuestras emociones, escuchar al cuerpo, recuperar la memoria y nombrar aquello que durante años permaneció en silencio pueda ser un acto de resistencia. Nombrar, sola y acompañada, mis memorias es también una de las tantas formas que he encontrado para hacer otro tipo de justicia: una justicia que comienza por reconocer lo vivido, devolverle un lugar a aquello que fue silenciado y recuperar la voz de la niña que alguna vez fui.

Y usted, que me lee: ¿qué memorias atraviesan su cuerpo?, ¿cuánta pedagogía habita en ellas?