En el marco del Día de las Infancias, las instituciones se pintan de colores, aprendizaje y diversión. Los eventos con temáticas infantiles abundan en el país, sin embargo, en este contexto surge la pregunta: ¿con qué frecuencia celebramos los intereses y aficiones sin suprimir sus emociones?
Desde el hogar hasta el espacio público, las infancias suelen ser invalidadas y relegadas a un papel secundario dentro de la participación ciudadana. Esto se manifiesta no solo en la falta de una agenda institucional rígida que garantice los derechos de las infancias, sino también en una esfera social que padece de “niñifobia”, entendida como la discriminación a las infancias.
Este comportamiento forma parte de un fenómeno más amplio: el adultocentrismo, una forma de discriminación jerárquica donde se asume que las personas adultas son superiores a las infancias y juventudes.
¿Qué es el adultocentrismo?
De acuerdo con el cuadernillo Superando el adultocentrismo, del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), el adultocentrismo se define como una relación de poder asimétrica entre adultos y jóvenes, en la que los adultos se ubican en una posición de superioridad y gozan de privilegios por el solo hecho de serlo.
Bajo esta visión, el adulto es considerado el modelo ideal de persona acabada, productiva y capaz, mientras que los niños, niñas y adolescentes son vistos como seres “inacabados”, “incompletos” o simples “proyectos de adultos” que aún no tienen valor por sí mismos.

Desde la infancia nos enseñan a soñar con ser adultos, con tener un empleo y alcanzar la supuesta madurez que regirá nuestras vidas, sin embargo, ¿qué sucede cuando nuestras necesidades e inquietudes se reducen a una simple etapa del crecimiento?
Esta estructura normaliza la idea de que las infancias son inferiores e incapaces de pensar, sentir o decidir, justificando que los adultos dispongan de ellos como si fueran objetos. Es más, la misma etimología lo confirma. El concepto de infancia proviene del latín infans, que significa “el que no habla”.
Esta raíz no solo refiere a la incapacidad de emitir sonidos, sino que históricamente ha implicado una jerarquía donde los adultos determinan quién es una persona racional y quién debe ser escuchado o silenciado.
Su origen en el patriarcado
El origen del adultocentrismo se encuentra vinculado a varios factores históricos, sociales y lingüísticos pero, sin duda, uno de los más relevantes es su relación con el patriarcado. El patriarcado se caracteriza por relaciones de dominación y opresión ejercidas por los hombres sobre las mujeres, pero también sobre todo ser que no cumpla con los criterios patriarcales.
De esta forma, no solo se somete y subordina a las mujeres, también a las infancias, personas jóvenes, animales y ecosistemas. Como se explica en el cuadernillo de Unicef, el patriarcado construye un modelo de relaciones asimétricas desde la familia, el mismo espacio en el que se aprende el adultocentrismo, que más tarde se refuerza en la vida social.

La edad es un factor de vulnerabilidad que se cruza con el género. Como te contamos en esta nota, las niños se enfrentan a los roles de género desde temprana edad, ejerciendo tareas de cuidados y de trabajo no remunerado en el hogar. A eso se suma cifras devastadoras; de acuerdo con la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM), en 2024 el 92.8% de las víctimas de violencia sexual atendidas en hospitales eran niñas y adolescentes de entre 1 y 17 años.
¿Cómo combatir el adultocentrismo?
Históricamente, las leyes y la cultura han concebido a las infancias como “objetos” de protección, representación y cuidado, negándoles su estatus de sujetos de derecho. Esta es una mirada que se aprende y se sostiene a través de instituciones sociales como la familia, la escuela, la Iglesia y el Estado, donde se internalizan esquemas de pensamiento que refuerzan la superioridad del adulto.
Desmontar un sistema tan rígido parece complicado, sin embargo, no es imposible. Una de las apuesta que surge desde Unicef es la del “adulto aliado”, un modelo de convivencia en el que se desmitifica la adultez como el último y más relevante grado de la existencia humana, acompañando la autonomía progresiva de las infancias en lugar de someter o borrar su identidad.
Esto implica confrontarse con una reevaluación de lo que es ser adulto, en el que se incluye repensar:
Asumir los propios límites
Reconocer que las y los adultos no saben todo
Guiar y acompañar, no como un jefe, sino como un mentor
Incentivar oportunidades de crecimiento y aprendizaje
¿Qué piensas? ¿De qué manera te relacionas con las infancias a tu alrededor? Te leemos en los comentarios.

Por: 



