Este 24 de mayo se conmemora el Día Internacional de las Mujeres por la Paz y el Desarme, una fecha que se celebra desde 1982 impulsada por movimientos feministas pacifistas que denunciaron el militarismo y el armamento nuclear.
La jornada también visibiliza los impactos diferencias de los conflictos armados sobre las mujeres y su papel activo en la resistencia, la defensa de derechos y la construcción de paz.
¿Cómo surgió el día?
El movimiento de mujeres contra la guerra y el desarme se remonta a luchas feministas históricas desde finales del siglo XIX, cuando durante el Congreso Mundial de La Haya en 1915, las mujeres comenzaron a participar activamente para alcanzar una sociedad libre de enfrentamientos bélicos, vinculando la paz con derechos como el sufragio femenino.
Sin embargo, no fue hasta el 24 de mayo de 1982 que la fecha comenzó a conmemorarse año con año. De acuerdo con la Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad (del inglés, Women's International League for Peace and Freedom) la historia del Día Internacional de las Mujeres por la Paz y el Desarme se remonta a principios de la década de 1980, cuando un grupo de feministas pacifistas de toda Europa se unieron para protestar contra la acumulación de armas y el armamento nuclear.
Este movimiento surgió como una respuesta a las estrategias militaristas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Las activistas buscaban visibilizar la conexión entre la violencia militarista y la violencia experimentada por las mujeres en los ámbitos público y doméstico. Este incansable activismo sentó las bases para logros significativos, como la Resolución 1325 del Consejo de Seguridad de la ONU en el año 2000, que reconoció oficialmente el impacto de los conflictos armados en las mujeres
De ahí que este sea un día para exigir que los gobiernos tomen medidas inmediatas para acabar con la amenaza de las armas en comunidades vulneradas.
Mujeres y conflictos armados
Los conflictos bélicos no solo afectan a las mujeres de la misma manera que a los hombres, sino que las desigualdades de género preexistentes acrecientan las consecuencias.
Como ha documentado la organización Amnistía Internacional, una de las primeras consecuencias que atraviesa a los cuerpos de las mujeres es la violencia sexual como arma de guerra. En el conflicto armado se utilizan los cuerpos de las mujeres son utilizados como una táctica de terror, tortura o limpieza étnica, como en el caso de la ocupación palestina.
Ejemplos de ello se ven reflejados en las violaciones sistemáticas en la antigua Yugoslavia, la esclavitud sexual de mujeres yazidíes por el Estado Islámico y los abusos de soldados eritreos en Tigray.
Actualmente, en zonas de conflicto armado y genocidio, como Ucrania o Gaza, respectivamente, las mujeres asumen tareas extra: la carga de cuidado que se ven incrementadas por la carrera por la supervivencia. Estos conflictos incrementan de manera desproporcionada la responsabilidad de cuidar a niños y ancianos en condiciones de estrés extremo, falta de servicios médicos y escasez de productos básicos como los de higiene menstrual.
De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas (ONU), las niñas tienen un 90% menos de probabilidad de tener acceso a la educación que los niños en zonas de conflicto, pero no solo esto, sino que también son víctimas de matrimonios infantiles, de trabajo esclavo o de ser reclutadas como niñas soldados.
Roles activos en el conflicto y la paz
A pesar de las condiciones en las que viven, las mujeres sometidas por la violencia armada no son sujetos pasivos, por el contrario, desempeñan múltiples roles fundamentales para la preservación y resistencia.
En el contexto de América Latina, las mujeres han participado activamente en grupos armados y guerrillas; por ejemplo, representaron cerca del 40% de los combatientes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en Colombia y más de 30 mil integraron las Unidades Femeninas de Protección en el Kurdistán.
El papel activo de las mujeres, junto al activismo feminista y de derechos humanos ha logrado que la ONU, a través del haya identificado el desarme y la reducción de los gastos militares excesivos como uno de los cinco objetivos clave para la próxima década de acción. El informe del Secretario General de 2021 se centró temáticamente en el gasto militar, recomendando abogar por políticas que fomenten una mayor inversión en la seguridad social y humana en lugar de en armamento
En este sentido, la Alta Representante para Asuntos de Desarme (UNODA) y la exdirectora de ONU Mujeres, Phumzile Mlambo-Ngcuka, han hecho un llamado conjunto para “anteponer a las personas al gasto militar desbocado”. Sin embargo, esta no es la primera acción para frenar la violencia armada que somete a las mujeres.
En 1995, la Declaración de Pekínya incluía el control del gasto militar como un área de acción fundamental para potenciar el desarrollo social y la igualdad de género. Otro ejemplo es el Pacto de Igualdad de Generación sobre Mujeres, Paz y Seguridad de 2021, que hacía una invitación a los Estados y a la sociedad civil a suscribir acciones específicas sobre los gastos militares
Estas acciones en favor del desarme para la vida plena y libre de las mujeres nos recuerdan que la reducción del gasto militar es fundamental no solo para la paz, sino para lograr la igualdad de género y el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de mujeres, adolescentes y niñas.
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