El lobo mexicano, una especie endémica del norte de México y el suroeste de Estados Unidos, corre peligro. El pasado 4 de septiembre, Donald Trump, presidente de los Estados Unidos, firmó una orden ejecutiva de 90 días para evaluar si el lobo mexicano cumple con los requisitos para ser reclasificado fuera de la lista de la Ley de Especies en Peligro de Extinción. 

“¿Alguien tiene problema con el lobo mexicano?”, preguntó Trump a un par de rancheros estadounidenses mientras firmaba la orden. “Han liberado muchos lobos grises mexicanos en Arizona y Nuevo México (...) Son muy violentos, se comen nuestro ganado y por la ley no podemos dispararles”, respondieron. 

“Hoy puedes dispararles”, afirmó Trump.

Durante décadas, los gobiernos de México y Estados Unidos trabajaron de manera bilateral para  coordinar su reproducción y liberación en su hábitat natural. Esta fue una estrategia coordinada con el propósito de combatir su parcial desaparición en 1970, cuando en México fueron capturados los últimos siete ejemplares en vida libre. 

Hoy, la cifra asciende a más de 600 lobos tanto en cautiverio como en vida libre; de los 350 que viven en su hábitat natural, sólo entre 40 y 50 están en territorio mexicano. 

Foto: Cuartoscuro
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De la extinción a la sobrevivencia

Esta no es la primera vez que el lobo gris mexicano se ve amenazado por Estados Unidos.  El conflicto comenzó cuando la reducción de su hábitat natural y la escasez de sus presas silvestres obligaron a los lobos a cazar ganado doméstico cercano a sus zonas de distribución. Esto desató una fuerte repulsión por parte de la industria ganadera, impulsada por los intereses del gobierno. 

Entre 1910 y 1970, el Servicio de Pesca de Estados Unidos envenenó, cazó y mató a casi todos los lobos grises mexicanos de la región, dejándolos al borde de la extinción.

A partir de 1950, Estados Unidos extendió campañas de erradicación al territorio de México como parte de un programa de supuesta ayuda externa y hacia la década de los 70, no quedaba ningún ejemplar en vida libre al norte de la frontera y solo se reportaban unos pocos en las montañas del noroeste de México.

Foto: Cuartoscuro
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En 1976, el lobo mexicano fue catalogado oficialmente como especie en peligro de extinción bajo la ley estadounidense, por lo que se estableció su primer Plan de Recuperación oficial en 1982.

La primera reintroducción ocurrió en 1998 en Gila, este de Arizona y oeste de Nuevo México, y en México la reintroducción comenzó en 2011 en Sonora y continuó en Chihuahua a partir de 2012, donde hoy en día se encuentra la única población silvestre del país.

Propaganda e imperialismo ecológico

Los más de 50 años de supervivencia del lobo gris mexicano han estado atravesados por campañas propagandísticas en su contra.

Después de que Donald Trump anunciara la firma de la orden ejecutiva y asegurara que su gobierno vela por “los rancheros primero”, Brooke Rollins, Secretaria de Agricultura de Estados Unidos, publicó en sus redes sociales una imagen en la que se visualiza a un lobo mexicano sobre un fondo rojo con la leyenda “Combate al depredador”, mientras que, del lado opuesto, aparece la imagen de un grupo de vacas sobre un fondo azul con la inscripción “Protege el ganado”.

De acuerdo con el texto, Imperialismo ecológico: la maldición del capitalismo, el imperialismo ecológico se presenta de diversas maneras, entre ellas “mediante el saqueo de recursos de ciertos países por otros y la consiguiente transformación de ecosistemas enteros de los cuales estados y naciones dependen” así como “la explotación de las vulnerabilidades ecológicas de ciertas sociedades para promover un mayor control imperialista (...) y en conjunto, la creación de una “discontinuidad metabólica” global que caracteriza la relación del capitalismo con el medio ambiente al mismo tiempo que limita el desarrollo capitalista”.

La extinción del lobo gris mexicano está impulsada por intereses capitalistas. Como lo señala Rollins en redes sociales, el propósito es “combatir amenazas de depredadores, fortalecer la competencia y la rendición de cuentas y expandir el acceso a mercados para la carne estadounidense” y, al mismo tiempo, se trata de una estrategia de dominación. 

Con el avance de la ultraderecha y las políticas migratorias de Trump que criminalizan y revictimizan a las y los migrantes mexicanos, la orden ejecutiva es, a la vez, una forma de imperialismo. 

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