Hay familias donde el turno no se acaba al salir del trabajo. La casa se vuelve otra fábrica. Una extensión del capital y del patriarcado que administra el cansancio, reparte culpas y convierte el afecto en logística. En muchas familias obreras, para que la maquinaria siga funcionando, alguien tiene que cargar con los cuidados, el desgaste y el trabajo de todos los días. Y casi siempre ese alguien es una mujer.

De eso va uno de los temas centrales Neblina afuera (Sexto Piso, 2025), el primer libro de ensayos de Iveth Luna Flores, en donde la escritura sirve como una forma de mirar esa máquina por dentro y nombrarla.

Iveth venía trabajando la metáfora de la casa como fábrica desde hace más de una década. Hace unos 10 años escribió Yo sé que le duele la máquina, un poemario atravesado por los 30 años que su padre pasó como obrero y por las dinámicas familiares que esa vida laboral impuso. Ese libro nunca la convenció del todo. “Yo era muy joven y no alcanzaba a ver ciertas cosas que ahora puedo ver”, reconoce. Aunque ya reconocía esas dinámicas: la explotación no termina en la puerta de la fábrica. Continúa en la cocina, en los vínculos, en el cuerpo.

“Esos turnos extenuantes van a cobrar su precio con otras personas”, dice Iveth. Y esas otras personas son, históricamente, las mujeres de la familia: madres, hijas, hermanas, abuelas. Ellas sostienen el segundo turno, el que no aparece en ninguna nómina, pero hace posible todo lo demás.

A eso Iveth lo llama “el pacto de la servidumbre”: un acuerdo no escrito que se replica entre tías, abuelas, vecinas, maestras. Un pacto que dicta que cuidar es cosa de mujeres y que aguantar es una forma de amor. Iveth también reconoce que esa lógica la atravesó a ella misma, con una mezcla de enojo y vergüenza, en sus relaciones personales.

¿Qué lo sostiene? “Primero, los trabajos precarios”, responde sin dudar. “El hecho de que no haya leyes laborales que beneficien a las personas trabajadoras: ahí está la semilla. ¿Quiénes van a estar detrás del cuerpo de la persona trabajadora?”,

Pero no es solo economía. También están las mujeres que replican —a veces sin cuestionarlo— ideas profundamente patriarcales sobre quién debe cuidar. Y aquí Iveth no romantiza: reconoce que, en ocasiones, esos cuidados también pueden convertirse en una forma de control, en un modo de ejercer poder dentro de un sistema que las despoja de casi todo lo demás.

 “Si nuestras madres hubieran sido menos esclavizadas, muy probablemente estarían menos frustradas y menos nos hubieran intentado controlar o manipular”, dice, citando a la filósofa estadounidense Silvia Federici.

No es culpa. Es estructura. Es autoexplotación aprendida, normalizada, heredada.

El libro arranca con una frase que es común en muchas casas y que suena a condena: Iveth, de niña, escucha a su mamá decirle “Tú eres la única que puede hacer que tu papá deje de tomar”. “¿Qué tipo de mujer, niña, adolescente se fabrica cuando desde pequeña nos enseñan que ese poder significa responsabilizarte de un hombre?”, se pregunta en la entrevista.

Iveth responde que es una educación cómoda para los hombres, pero también una herencia que muchas madres y abuelas han repetido sin cuestionarla, aunque les cueste dolor y trabajo. “Lo siguen replicando y no se dan cuenta que eso realmente puede detenerse”, dice. Y reconoce que, aun cuando se nombre, muchas mujeres no van a dejar de hacerlo: son dinámicas relacionales profundamente arraigadas, difíciles de romper.

También reconoce que imponer una niña ese tipo de responsabilidad también es violencia. “Es una negligencia infantil”, afirma. El problema es que en México está tan normalizado que ni siquiera se reconoce como lo que es: una forma de manipulación y una carga injusta que se disfraza de amor.

La neblina como anestesia

Durante años, Iveth fumó. Escribía fumando. Se pensaba fumando. El cigarro era refugio, ritual, identidad. “Cuando me imagino en un escenario futuro, en un evento de literatura, me imagino fumando”, confiesa. Aunque ya no lo hace. Aunque ya no lo necesita.

El último ensayo del libro gira en torno a dejar de fumar, pero también a dejar de necesitar la neblina para escribir, para existir, para soportar.

“Era un ensayo in progress. Lo estaba escribiendo mientras dejaba de fumar. Necesitaba dejar de fumar para poder terminar el ensayo"

Porque la neblina no es solo el cigarro. También es el alcohol como herencia familiar, las pantallas que nos desconectan del cuerpo y, sobre todo, la idea de que escribir tiene que salir del trauma. Iveth lo dice claro: los medios, la industria editorial y las redes empujan el mito de la escritora que se rompe para crear, como si el dolor fuera requisito. Y cuando una se identifica con eso, luego es difícil salir.

Con el tiempo, Iveth entendió —escribiendo— que se había ido a un extremo que no le hacía bien ni a su vida ni a su escritura. Que la literatura no tiene por qué nacer del trauma como mandato. Que también se puede escribir desde otro lugar.

En Neblina afuera, Iveth no solo habla de su cuerpo: habla del cuerpo de todas. Del que limpia con químicos hasta enfermarse, del que camina la ciudad aprendiendo a resistir su violencia. Y también del cuerpo que se desgasta puertas adentro.

En la entrevista, Iveth cita un texto que advierte que muchas mujeres desarrollan enfermedades ligadas al trabajo doméstico, por la exposición constante a detergentes, Fabuloso, cloro. “Ni siquiera tienes que salir de tu casa para que tu vida se acorte, porque limpiar te está matando”, dice.

Y en esta época, ¿qué le está haciendo el capitalismo al cuerpo de las mujeres? Iveth responde con esperanza crítica. “Confío en que se está visibilizando un poco más. Aunque nuestras madres sigan replicando esa autoexplotación, nosotras buscamos ese descanso para nuestras madres, para nuestras abuelas, para nuestras vecinas, para nuestras amigas. Hay un poco más de conciencia de: hay que parar, hay que cuidar el cuerpo”.

Detenerse como acto político

Para Iveth, la respuesta no está en la terapia como producto ni en la autoayuda mercantilizada. Está en algo más simple y más radical: detenerse. “Hay que detenerse, hay que respirar, hay que observar, hay que sentir. Regresar al cuerpo”, dice, como mantra.

Ella lo hace dando talleres de poesía. Lo hace caminando lento. Lo hace escribiendo sin prisa, sin la urgencia de ser siempre productiva. “Todo el trabajo, las redes sociales y la vida cibernética lo único que nos invita es a salir del cuerpo, a enajenarnos. El baile, el caminar, escuchar música, escuchar a nuestras amigas es detenernos y respirar. Ese es el espacio de resistencia”.

No es poca cosa. En un mundo que nos quiere aceleradas, distraídas, anestesiadas, detenerse es una forma de rebeldía.

“¿Qué es para ti el futuro?”, le pregunto. “El descanso”, responde sin dudar. “Para mí el futuro es el descanso. Siempre la promesa del capitalismo es descansar: no te lo puedes dar hoy, te lo vas a dar después. Yo quisiera pensar que ese futuro tiene que ser un presente”.

Un presente donde no tengamos que esperar las vacaciones para respirar. Donde el descanso sea diario, semanal, colectivo. Donde volvamos a conectar con las personas, con las vecinas, con la calle. “El futuro es la comunidad”, dice. Y suena urgente. Necesario.

Al final de la entrevista le pregunto qué le diría hoy a esa Iveth niña que creyó que amar era salvar y que el poder era cargar con lo que no le tocaba. No responde con un discurso largo. Solo dice: “Le daría un gran abrazo”. Y basta. A veces abrazarnos es suficiente. A veces, eso también es resistir.

Neblina afuera no es un libro para escribir el trauma o para romantizar el dolor. Es un libro sobre ver: ver lo que la neblina (el cigarro, el alcohol, las pantallas, la autoexigencia) nos impide mirar. Que la familia puede funcionar como fábrica. Que el amor puede convertirse en logística. Que cuidar, en este sistema, mata lentamente. Y que el cansancio no es solo nuestro. Es de todas.