Hay historias familiares que no terminan cuando una generación queda atrás. Permanecen en los cuerpos, en los silencios, en ciertas formas de mirar el mundo y en aquello que aprendemos a soportar. En El paisaje se llena de espejos (Hachette), Trinidad Baruff explora esa herencia desde la experiencia de una mujer que intenta entender qué parte de su historia le pertenece.

Hay un zumbido, recuerdos, vértigo, maternidad, aislamiento y una percepción que poco a poco comienza a desdibujar los límites entre pasado y presente. Aparece entonces una historia de mujeres atravesadas por distintas formas de violencia, por la necesidad de cuidar y por la dificultad de construir una identidad. “Estamos habitados por muchas personas y por muchas historias y por muchos discursos”, explica Trinidad.

Cuando el cuerpo deja de ser un lugar propio

Uno de los puntos de partida de la conversación con Trinidad es precisamente el cuerpo. En la novela, la protagonista experimenta distintos síntomas que no siempre consiguen ser explicados desde fuera. Esa distancia entre lo que una mujer siente y lo que el entorno dice que está sintiendo resulta fundamental.

El cuerpo de la protagonista es el lugar donde ocurren los síntomas y donde quedan registradas experiencias anteriores. ¿Qué pasa cuando una mujer ha aprendido durante años a desconfiar de lo que siente, a explicarlo, minimizarlo o dejarlo para después?

La soledad de cuidar

“Un poco lo que quise fue una construcción, digamos, narrativa es casi como si estuviéramos dentro de ella. (...) Encontrar ese extremo donde parece que es imposible hablar con alguien, (...) una situación como de ensimismamiento con su pasado”, dice la autora al hablar de su personaje.

La protagonista atraviesa buena parte de la historia encerrada en un departamento. No hay una red visible que pueda sostenerla y, conforme avanza la historia, su percepción se vuelve cada vez más incierta.

“No hay nadie más que la ayude, que está sola con su hija, lo que propicia que ella realmente no tenga ninguna posibilidad de escapatoria, es como una especie de laberinto”, dice Trinidad, para quien ese aislamiento no es solamente un recurso narrativo. Le interesaba llevar la situación hasta un extremo para preguntarse qué ocurre con una mujer cuando no tiene posibilidades reales de escapar o de pedir ayuda.

La autora también insiste en algo que puede resultar familiar para muchas madres: estar acompañada no necesariamente significa sentirse acompañada.

Trinidad cuenta que durante el confinamiento salió a caminar con su hija y comenzó a encontrarse con otras mujeres que llevaban a sus bebés en carriolas. Aquellas mujeres terminaron convirtiéndose en una red de apoyo.

Para mí fue fundamental ver a otras mamás tan asustadas como yo, tan preocupadas por hacerlo mal como yo

La experiencia personal de Trinidad permite entender otra de las preguntas que atraviesan la novela: ¿qué necesitan las mujeres para cuidar sin quedar completamente solas?

La respuesta no está únicamente en la voluntad individual. La autora habla de guarderías gratuitas y de espacios donde las niñas y los niños puedan estar cuidados mientras sus madres trabajan o simplemente toman distancia.

La protagonista está aislada, pero su aislamiento no existe únicamente porque ella esté encerrada. También revela la ausencia de una estructura capaz de sostenerla.

Las violencias que aparecen

La violencia ocupa un lugar importante en la historia familiar de la protagonista. Hay violencia dentro de la familia, violencia sexual y experiencias que no son reconocidas plenamente por quienes las rodean.

Al preguntarle sobre ella, Trinidad responde que le parece difícil escribir sobre la experiencia de una mujer sin encontrarse, de alguna manera, con la violencia. “Me apareció la escena”, cuenta. No necesariamente porque esa experiencia haya ocurrido exactamente así en su propia vida, sino porque había algo en esa escena que necesitaba ser contado.

La escena no fue sencilla de escribir. Trinidad cuenta que después de terminarla dejó de escribir durante un tiempo porque la había atormentado.

También aclara que no se trata de una historia exclusivamente sobre las violencias contra las mujeres. Es una capa dentro de la historia que, para ella, resultaba difícil de evitar.

“Me parecía imposible escribir un personaje femenino sin que haya sido atravesado por una violencia”, dice. La violencia no necesita ocupar toda la vida de una mujer para modificar la manera en que entiende su cuerpo, sus relaciones y el mundo que la rodea.

Escribir para decir

La protagonista intenta reconstruir la historia de las mujeres que estuvieron antes que ella. La novela no plantea esa herencia como un destino inevitable, pero sí expone la dificultad que supone diferenciarse.

La autora relaciona el título de El paisaje se llena de espejos con la construcción de la identidad y con la idea del espejo en el psicoanálisis. En la novela, esa búsqueda de una voz propia ocurre precisamente en medio de esas otras voces, recuerdos e historias que habitan a la protagonista.

La migración introduce otra dimensión en esa búsqueda. Trinidad se define como una migrante por decisión; se casó con un mexicano, se enamoró de México y decidió vivir aquí. Pero también ha conocido historias de personas que migraron por necesidad. Esa diferencia le interesa porque mudarse puede abrir nuevas posibilidades económicas, sociales e íntimas, aunque no necesariamente transforme aquello que llevamos dentro.

En la novela, esa tensión aparece incluso de manera física. El zumbido que acompaña a la protagonista parece conservar algo del viento del lugar donde creció, incluso cuando ya está lejos. 

El zumbido es como una especie de ese viento que es un paisaje que por un lado es un lugar dentro de ella, del que no puede salir

Esa misma relación entre desplazamiento, memoria e identidad también atraviesa la propia historia de Trinidad. Nació en Cipolletti, Río Negro, y se mudó a Buenos Aires para estudiar literatura. Durante sus años de estudiante se mudó varias veces y terminó cansándose de cargar sus diarios. Un día decidió tirarlos. Después, comenzó a escribir ficción.

Ese gesto significó, para ella, dejar de limitarse a registrar lo vivido para empezar a transformar ese material en literatura. La escritura se convirtió así en otra forma de explorar la propia experiencia y de encontrar una voz distinta de la del diario personal.

Actualmente también acompaña a otras personas, especialmente a mujeres, en talleres de escritura. El trabajo consiste en encontrar una manera de transformar ese material en algo literario. Encontrar una forma propia de contar lo vivido.

Una historia individual con preguntas colectivas

Trinidad comenzó a escribir la novela durante un taller de Mercedes Halfon, en plena pandemia. El proceso duró cinco años. No fue sencillo: la historia nació “atrabancada”, con demasiadas cosas sucediendo al mismo tiempo, y le tomó años encontrar una forma de organizar todo ese material.

Quizá esa dificultad explique parte de la forma final del libro. La historia avanza como lo hace la memoria. La protagonista mira hacia atrás para entender a su abuela, mira hacia adelante para pensar en su hija y, entre ambas, intenta encontrar un espacio desde el cual pueda decir “yo”.