Seguramente te has encontrado en redes sociales con publicaciones que aseguran que en México se vive en un matriarcado. La explicación suele presentarse como algo simple: las mujeres administran el dinero del hogar, ofrecen consejos a hijas e hijos y asumen gran parte de las tareas domésticas, como si estas responsabilidades les correspondieran de manera natural.
Sin embargo, estas características no describen una sociedad jerárquica donde las mujeres concentran el poder. Más bien reflejan una narrativa extendida que confunde la centralidad simbólica de la maternidad con una verdadera distribución del poder social.
En los últimos años se ha reforzado la idea de que México es un país profundamente devoto de las madres: desde la celebración del 10 de mayo, Día de las Madres —que en 2025 generó una derrama económica cercana a los 88 mil millones de pesos, según la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio, Servicios y Turismo— hasta festividades religiosas como el 12 de diciembre, cuando millones de personas celebran a la Virgen de Guadalupe, considerada por amplios sectores como la madre simbólica del país.
Esta cantidad de alusiones en torno al papel de las madres podría hacernos creer que en México el matriarcado es posible; sin embargo, surge la pregunta: ¿es posible hablar de matriarcado cuando las mujeres destinan 39.7 horas semanales a labores domésticas y de cuidados? Esto representa 21.5 horas más que los hombres (18.2), es decir, casi lo equivalente a un día completo, según datos de la Cuenta Satélite del Trabajo No Remunerado de los Hogares de México (CSTNRHM) 2024, del INEGI.
Las desigualdades trascienden al trabajo no remunerado y a las tareas de cuidados; se manifiesta en el acceso de las mujeres a una vida plena libre de violencia, ya sea física, económica, patrimonial, social. Las cifras no mienten, de acuerdo con cifras del Inegi de 2021, más del 70% de las mujeres de 15 años y más han experimentado algún tipo de violencia a lo largo de su vida.
¿Existe el matriarcado mexicano?
De acuerdo con la definición de la Real Academia Española (RAE), el matriarcado —término derivado de matriarca y formado por analogía con patriarcado— puede entenderse en dos sentidos. En primer lugar, como el “predominio o fuerte ascendiente femenino en una sociedad o grupo”. En segundo, como una “organización social, tradicionalmente atribuida a algunos pueblos primitivos, en la que el poder corresponde a las mujeres”.

Como te contamos en la nota Tehuantepec, ¿una sociedad matriarca en México?, hablar de matriarcado en el país implica colocar en el centro de la discusión la cuestión del poder. Es decir que, para que un matriarcado exista, las mujeres tendrían que ocupar una posición jerárquica en relación a los hombres, de acuerdo con la antropóloga, Margarita Dalton. Sin embargo, la realidad social muestra un panorama más complejo.
La participación de las mujeres tehuanas en la vida social de la región de Santo Domingo Tehuantepec, en el estado de Oaxaca, suele citarse como ejemplo de una sociedad con rasgos cercanos al matriarcado en México. No obstante, esta dinámica no corresponde necesariamente a un sistema donde las mujeres ejercen un poder absoluto sobre los hombres en todos los ámbitos, sino a diversas formas de protagonismo económico, social y doméstico.
El “matriarcado funcional” y el mito de la “madre santa”
En el contexto contemporáneo, especialmente en México y Latinoamérica, se utiliza esta definición para describir una realidad práctica más que política, influenciada por la figura de la “madre Santa”. Como mencionamos al inicio del texto, la sacralización de la madre le otorga una autoridad moral casi incuestionable a las mujeres mexicanas que ejercen la maternidad, aunque esto, a menudo, convive con situaciones de opresión o violencia en la práctica.

Y es que, de acuerdo con el texto de la antropóloga estadounidense, Joan Bamberger, El mito del matriarcado: ¿por qué gobiernan los hombres en las sociedades primitivas? los “mitos del matriarcado”, es decir, las historias sobre un tiempo antiguo donde las mujeres mandaban, a menudo sirven para justificar el dominio masculino actual. Al presentar el supuesto gobierno femenino como una época de “caos” o “mala administración”, el mito refuerza la idea de que el orden actual es el necesario.
En el texto se lee: “Tales conceptos no la impulsan en lo más mínimo a lograr el status sociopolítico masculino, ya que mientras se conforme con seguir siendo una diosa o una niña no puede esperarse que comparta las tareas de la comunidad en igualdad con el hombre. El mito del matriarcado es sólo el instrumento utilizado para mantener a la mujer en su lugar. Para liberarla, es preciso destruir ese mito”.
En ese contexto surge la simulación de un supuesto “matriarcado funcional”, que se refiere a situaciones donde las mujeres —a menudo por la ausencia de hombres debido a migración o abandono— asumen el papel de jefas de familia, administradoras y tomadoras de decisiones por necesidad de supervivencia. Sin embargo, no es un sistema de poder igualitario, sino una estrategia de supervivencia ante la precariedad y el patriarcado.
¿Qué es la matrifocalidad?
En México, las madres sostienen en el ámbito doméstico, administran el dinero, la educación y la pauta emocional del hogar. Aunque el país tiene una cultura profundamente matricéntrica, donde la madre es el eje afectivo y organizativo, las estructuras de poder real, los derechos representativos y las oportunidades de mando siguen sin estar bajo un control femenino que pueda definirse como matriarcado.

Entonces, ¿cómo podemos definir este fenómeno? En 1966, el etnólogo Raymond T. Smith acuñó el término “matrifocalidad” para reconocer el papel de las mujeres en la centralidad en las estructuras familiares, que actualmente se entiende como la estructura familiar donde la madre es el eje central de las relaciones y la organización, independientemente de si es formalmente la “jefa del hogar”.
Este término tiene origen en patrones polígamos de África occidental, donde las mujeres y los niños constituían células autónomas dentro de la familia. Su mayor diferencia con el matriarcado se concentra en la distinción entre poder y centralidad, pues mientras el matriarcado se define como una organización social donde las mujeres ejercen el mando y poder político o social por encima de los hombres, la matrifocalidad se refiere a la dinámica interna del hogar donde la madre es el foco afectivo y organizativo, a menudo debido a la marginalidad económica del hombre.
Así, el liderazgo en la matrifocalidad suele ser un resultado de la necesidad por abandono, migración o precarización y no una estructura de autoridad socialmente establecida sobre el sexo masculino, sin embargo, una familia puede ser matrifocal en su funcionamiento cotidiano pero seguir bajo un marco patriarcal o machista, donde el hombre mantiene el estatus “mayor” aunque esté ausente.
Como explica María Dolores Fernós en La matrifocalidad, el matrimonio y la familia en el Caribe, en la región, este fenómeno presenta manifestaciones específicas según la zona geográfica: en Cuba, era una alternativa al matrimonio cuando existía incompatibilidad racial o de clase. En Puerto Rico, aunque la mayoría de las familias rurales eran nucleares y patriarcales, la inestabilidad económica moderna ha incrementado los hogares donde la mujer es la única responsable de la crianza y el sustento.
Más allá de lo nuclear
A pesar de que, el término “matrifocalidad” puede ser una alternativa para hablar de estructuras familiares con mujeres al centro, continúa perpetuando el enfoque tradicional en la familia nuclear ha funcionado como una herramienta de normalización que invisibiliza y estigmatiza las estructuras familiares propias, principalmente, del Caribe. Como explica Leighan Renaud en Beyond the Nuclear: The Caribbean Family, este enfoque continúa imponiendo una perspectiva eurocéntrica que se centra en el “hombre que falta”, pues la definición surge tras la ausencia del padre y, por ende, limita la comprensión de otras formas de relación y parentesco que no dependen de la figura masculina.
Y es que de acuerdo con la autora, aferrarse al modelo nuclear y a los “árboles genealógicos lineales” hace que se ignoren las contribuciones fundamentales de las mujeres fuera del rol de madre biológica como los sistemas que se sostienen a través de la amistad, las “otras madres” como tías y mujeres cercanas que construyen redes de cuidados, cariño y amor.
En la antropología y los estudios feministas se ha cuestionado la universalidad de la familia nuclear porque no refleja la diversidad histórica de arreglos familiares: familias extensas, redes comunitarias de cuidado, parentesco social o estructuras matrifocales. Nombrar y descolonizar estas formas permite visibilizar que el tejido social no depende únicamente de la pareja heterosexual ni de los vínculos biológicos.

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