Este 13 de agosto se conmemora la caída del imperio mexica y de su capital, conocida como México-Tenochtitlán. Hace 505 años, Mesoamérica fue sometida a una violenta reconfiguración cosmológica, que implicó someter a los pueblos originarios a un cambio en sus estructuras sociales, políticas, culturales e ideológicas.
Para los pueblos mesoamericanos, la conquista representó una transformación radical de su realidad, pues este proceso implicó el enfrentamiento de miles de señoríos con estructuras diversas ante una amenaza extranjera, lo que obligó a muchas comunidades a elegir entre la resistencia armada o el establecimiento de alianzas estratégicas para sobrevivir o fortalecer su propio poder regional.
La compleja instauración de nuevas estructuras sociales despertó en las personas una forma de vivir a través de la resistencia, que surgió como una respuesta directa a la agresión y a la imposición colonial, desde la defensa del territorio hasta la memoria.
Hoy, las conmemoraciones anuales son una muestra de cómo, año con año, la memoria histórica se transforma en una herramienta de resistencia cultural, pero también en un ente vivo que resiste a través de las voces de mujeres que reivindican la historia.
¿Qué es la memoria histórica?
De acuerdo con la académica estadounidense y especialista en estudios sociales latinoamericanos, Katherine Hite, se entiende por memoria histórica o memoria colectiva, a las formas en que los grupos, las colectividades y las naciones construyen y se identifican con narrativas particulares sobre períodos o eventos históricos.
¿Cómo se recuerda a eventos que van desde la Caída de Tenochtitlán hasta las crisis de desaparición en México y qué es lo que se cuenta de ellas desde la colectividad?
Para Hite, la memoria histórica o colectiva es fundamental para las identidades sociales y políticas, y con frecuencia se reconfiguran en relación con el momento histórico-político actual.

Por ello, en el artículo de de Silvana Torres, Memoria histórica, un desafío de veracidad en un mundo lleno de información, este concepto se define como un proceso vivo cuya diferencia con los conocimientos históricos tradicionales radica en que este no pertenece exclusivamente a historiadores o académicos, sino a la esfera pública y a la memoria colectiva.
Como se explica en el texto, en la vida contemporánea este concepto enfrenta desafíos severos debido a la saturación de la información, que puede contribuir a la simplificación de hechos catastróficos, la modificación de relatos y la desinformación. La autora explica que uno de los “abusos” más comunes ocurre cuando se utiliza para manipular la interpretación del pasado con fines particulares.
Sin embargo, existen usos positivos, como cuando ayuda a las comunidades a reconocer pasados de injusticia como el esclavismo, el racismo y las luchas de las mujeres, para comprender mejor su realidad presente.
La memoria histórica de las mujeres
A lo largo de la historia, pocas veces se reconocen las contribuciones de las mujeres en diferentes disciplinas científicas, políticas artísticas, tecnológicas, así como sus contribuciones al desarrollo del pensamiento crítico y de movilizaciones sociales. Cuando son representadas, se hace desde una mirada de dependencia y pasividad.
Se trata, en muchos casos, de “madres de”, “esposas de” o “amantes de”. Aunque en los últimos años se han observados cambios en la narrativa, como se expone en el libro La memoria histórica desde la perspectiva de género, del Grupo de Memoria Histórica.

Históricamente, se fijaba a las mujeres a la esfera privada y se las describía como seres apolíticos, ajenos a los grandes procesos públicos. Sin embargo, a partir de la década de 1960, los movimientos feministas y sociales refutaron estas visiones y lograron que la vida cotidiana y el ámbito doméstico se consideraran temas de relevancia histórica. Se demostró que dentro de la familia existen distribuciones desiguales de poder y dinámicas patriarcales que exigen ser analizadas como parte de la historia política.
Una idea que hoy resumimos en la consigna “lo personal es político”.
El miedo al estigma social a menudo lleva a las mujeres a guardar silencio. A pesar del control, el texto señala que diferentes conflictos sociales, provocados por el patriarcado, han movilizado las luchas de las mujeres, convirtiéndose en estrategas, organizadoras, líderes políticas, creando así agendas propias de justicia y memoria, como es el caso de las madres buscadoras en México y Latinoamérica.
Estas acciones reconfiguran la memoria histórica y colectiva de las mujeres y tienen consecuencias reales, pues han permitido entender cómo se configura la violencia en contra de las mujeres y cómo atenta a los derechos humanos con el objetivo de que estos crímenes que antes eran invisibles ahora sean tipificados y sancionados.
De ahí que la reconstrucción de la memoria desde las mujeres busque, más que nombrar a las mujeres históricas, transformar el relato mismo para incluir las resistencias, decisiones y redes que las mujeres han tejido autónomamente y que han impactado el destino de sociedades enteras.
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