Cada año, alrededor del Día Internacional de la Mujer, se repite constantemente una escena; en redes sociales, mujeres feministas, activistas digitales y voceras de las luchas de las mujeres coinciden en un diagnóstico común: están cansadas. El agotamiento se acumula y la militancia, lejos de sostenerse como espacio de impulso colectivo, comienza a sentirse cada vez más pesada. 

A esto se le conoce como “fatiga militante” o, en el caso de los feminismos,  “fatiga feminista”, un fenómeno social complejo en donde el cansancio, el agotamiento y el distanciamiento del movimiento se hace presente especialmente entre las mujeres.

Quizá a ti también te ha pasado esto: sientes que los debates, el paso acelerado de las decisiones políticas globales, el retroceso en materia de derechos humanos, y el avance de la ultraderecha te dejan completamente cansada, sin ganas de saber más del movimiento. Esto no significa que rechaces la búsqueda de la justicia social, sino que simplemente necesitas un espacio para reflexionar. 

Pero, ¿por qué ocurre esto? Para comprender más este fenómeno, platicamos con Ruth Zrubriggen, activista, investigadora feminista, profesora en Ciencias de la Educación e integrante de la colectiva feminista argentina, La Revuelta. 

Fatiga militante: cuando la crueldad destruye la esperanza

Cuando hablamos de fatiga militante no nos referimos simplemente a un cansancio físico, sino a un fenómeno profundamente vinculado a las estructuras de poder, las relaciones económicas y la precarización

Zrubriggen explica que ella comenzó a reflexionar sobre la fatiga militante a partir de la observación de procesos sociales y políticos específicos en Argentina, marcados por un tiempo de “crueldad inusitada”; una crueldad que tiene el propósito, entre muchos otros, de desmoralizar, anestesiar y destruir las “líneas de esperanza”. 

Foto: Cuartoscuro
Foto: Cuartoscuro

Esto ocurre, en el caso argentino, en el contexto del gobierno de Javier Milei, en donde las luchas feministas resisten a políticas en contra de los derechos de las mujeres, como la disolución del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI), la prohibición del uso del lenguaje inclusivo en la Administración pública y la insistencia por derogar el aborto legal.

El caso de México no es muy diferente; entre los altos índices de feminicidio, donde alrededor de 10 a 11 mujeres son asesinadas al día, los recortes presupuestales a la Red Nacional de Refugios (RNR) y las crisis de desapariciones, el agotamiento parece ser una consecuencia común y casi inevitable. Sin embargo, hay razones específicas detrás de esta desesperanza que no podemos dejar de señalar. 

Síntomas y manifestaciones de la fatiga militante

Ruth Zrubriggen explica que muchas personas dejan de participar en organizaciones porque sienten que “no les alcanza la vida”, a pesar de reconocer el valor de dichos espacios. 

Y es que el activismo y la militancia también se suscita en el contexto del capitalismo, un sistema que no solo precariza la vida material, sino que también utiliza la expropiación del tiempo y la mercantilización como herramientas para debilitar los movimientos sociales y provocar la fatiga de quienes militan en ellos.

Foto: Cuartoscuro
Foto: Cuartoscuro

Para nosotras, las mujeres, nunca hay tiempo, y cuando lo hay, sentimos constantemente que no llegamos a cumplir con las tareas, correos o lecturas, lo que genera un agotamiento mental y físico, como explica Zrubriggen. 

Sin tiempo, recursos y el constante bombardeo del  malestar global, resistir se vuelve una tarea cada vez más complicada para muchas personas. Los siguientes, son algunos de los síntomas y manifestaciones que se presentan alrededor de este fenómeno: 

  • Desmoralización: un sentimiento de desesperanza frente a los “males del mundo”.

  • Individualización del problema: la tendencia a sentir que el cansancio es un fracaso personal o una incapacidad individual, en lugar de verlo como un problema derivado de las relaciones de poder.

  • Culpa: el sentimiento de que estar cansada es responsabilidad de una misma y no una consecuencia del entorno hostil.

La desigualdad como motor de la fatiga

Si debes cumplir con jornadas laborales largas, realizar las tareas del hogar, pagar una renta por tu cuenta, encargarte del cuidado de algún familiar y, además, eres activista, te dedicas a la promoción de la lucha de las mujeres o resistes al patriarcado todos los días desde tu propia trinchera, la desigualdad de condiciones se hace presente. 

Como reflexiona Zrubriggen, la fatiga no afecta a todas por igual, sino que está profundamente atravesada por las desigualdades materiales de cada integrante en los espacios colectivos y se manifiesta con mayor fuerza en quienes tienen condiciones de vida más precarias. No es el mismo esfuerzo el que realiza una docente con doble turno y cargas de cuidado en el hogar que alguien con una situación laboral estable.

Foto: Cuartoscuro
Foto: Cuartoscuro

A esto se suma que a menudo se evalúa el éxito o la vigencia de los feminismos utilizando una “vara patriarcal” que solo valora la masividad en las calles y la capacidad de estar permanentemente en la “cresta de la ola”. Es algo que se nos ha dicho una y otra vez: las mujeres debemos ser siempre “perfectas”, y a los feminismos, medidos bajo ese lente patriarcal, también se les exige serlo. 

Esto es problemático por varias razones, pues ignora los ritmos naturales de los procesos sociales, políticos y culturales, que no son lineales y, sobre todo, genera una falsa sensación de fracaso, por lo que es necesario romper con la métrica masculina y patriarcal que exige estar siempre en la cima de la movilización.

“Colectivizar el malestar y buscar la conversación profunda”

“Para contrarrestar las fatigas militantes hay que poner en conversación estas desigualdades que también existen al interior de las colectivas, de los grupos, de las redes, ponerlas en conversación para generar procesos que no excluyan”.

¿Qué podemos hacer para entender de dónde viene la fatiga militante y como lidiar con ella? Para Zrubriggen, la respuesta es clara y se encuentra en la colectividad. Buscar a una amiga o compañera para conversar; así mismo, las colectivas deben dialogar sobre las distintas condiciones materiales de sus integrantes (trabajo, cuidados, vivienda) para generar procesos que contengan y no excluyan a quienes tienen vidas más precarias.

La militancia no debe ser solo “trinchera”, sino también un refugio y un espacio de alegría compartida, por lo que Ruth señala que es importante recuperar el placer y el goce que provoca el hacer militancia feminista. Si no hay goce, es muy difícil sostener el activismo en contextos de crisis.

“Hay que tener un poco más de compasión con nosotras mismas. Es mucho lo que le ofrecemos a este mundo cuando militamos, cuando activamos. Es un montón lo que le damos al mundo y a nuestras vidas, por supuesto, si no hubiera placer en lo que hacemos sería muy difícil (sobrellevarlo) en este momento histórico militar”.

Recuerda, nunca ha sido fácil ser mujer y militante.  Los procesos sociales tienen ritmos de décadas o siglos, por lo que es necesario cultivar la templanza y la perspectiva histórica, y mantener la persistencia e insistencia a pesar de las contraofensivas.

La política feminista también ocurre en los gestos cotidianos, en las palabras que construimos y en los cambios de conducta en el hogar o el trabajo, no solo en las marchas masivas.