Cuando te sientes triste, agotada, desconectada de ti y de tu alrededor, e incluso anestesiada, ¿cómo gestionar esas emociones en la vida cotidiana? ¿Hay espacio para nombrarlas, procesarlas y atenderlas? ¿Cómo se construyen, en la práctica, las estrategias de autocuidado? ¿Qué asimetrías atraviesan, en ese sentido, a las mujeres indígenas, afromexicanas y afroindígenas?
Para muchas mujeres, especialmente para quienes no forman parte de la hegemonía en México, estas preguntas quedan relegadas, casi perdidas en el tiempo que no tienen para ellas mismas. La urgencia de sostener la vida a través del trabajo doméstico y de cuidados que asciende, en promedio, a 39.7 horas semanales, de acuerdo con datos de 2025 del INEGI, limita de manera estructural el tiempo, la energía y los recursos disponibles para el propio bienestar.
En medio del caos y la furtividad de la vida, el Recetario de saberes para los cuidados y el Buen Vivir surgió como resultado de un proceso colectivo y formativo dentro del Curso de Alta Formación para el Liderazgo de Mujeres Jóvenes Indígenas y Afromexicanas (CAFOMIA), impulsado por el Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir (ILSB).
Este recetario reúne los conocimientos y celebra la memoria y las prácticas de mujeres diversas que habitan territorios que van desde comunidades rurales hasta entornos urbanos y periferias.
Recetas ancestrales para el autocuidado
El proyecto surge de un proceso formativo que busca reivindicar los saberes ancestrales sobre el cuidado, posicionando a las mujeres indígenas, afromexicanas y afroindígenas como sujetas creadoras de conocimiento y no solo como objetos de estudio.
Las recetas, que incluyen textos en lenguas originarias desde una visión del cuidado colectivo y político que resiste a la mercantilización occidental, abordan el bienestar desde dimensiones que entrelazan la sanación del cuerpo con la defensa del territorio, utilizando un enfoque antirracista y feminista.
Yarayda Gijón Cruz es una de las 21 mujeres participantes y autoras del recetario. Tiene 25 años, es educadora comunitaria zapoteca y actualmente radica en la Sierra Sur, en el municipio de Miahuatlán de Porfirio Díaz, Oaxaca.
Su receta, que lleva como título, “Camina y conecta contigo”, es un acto simbólico que visibiliza la sabiduría de su abuela Juana y rescata los saberes transmitidos de generación en generación a pesar de la precarización que viven las mujeres indígenas, afromexicanas y afroindígenas, así como las mujeres de pueblos barrializados.
Juana, su abuela, no sabía leer ni escribir, sin embargo, aprendió partería y otras formas de sanación por necesidad. Al vivir en una finca —y más tarde en comunidades marginadas sin acceso a un sistema de salud de calidad—, tuvo que buscar sus propias maneras de curar a su familia y a su comunidad, esto la llevó a tratar a niñas y niños por empacho mediante el uso de hierbas, explica Gijón Cruz en entrevista con La Cadera de Eva.
El conocimiento se transmitió de forma oral de la abuela a la madre, y de la madre a Yaraida, quien finalmente logró plasmarlo en papel en la tercera generación.
“El poder poner la sabiduría de mi abuela ahí (en el recetario) fue algo bastante simbólico; fue darle voz a toda su sabiduría (...) poderla compartir en este recetario como parte de los cuidados es bastante significativo porque no solamente soy yo, son todas mis ancestras que me han acompañado y que gracias a ellas he podido pisar estos espacios. Es una lucha compartida y es un logro compartido también”. (Yarayda Gijón Cruz)
Cuando le pregunto a Yarayra, sobre el papel de las mujeres en la preservación de saberes frente a la visión occidental, su respuesta es clara: “debido a las desigualdades estructurales y la falta de acceso a un sistema de salud de calidad en comunidades marginadas, las mujeres han tenido que buscar sus propias formas de sanar”.
Se trata de una lucha constante por reconocer un saber que nace de la experiencia y de la necesidad, y no de una imposición académica. Así mismo lo explica en entrevista Fanny Consuelo Chan Chimal, oficial de comunicación del ILSB, que señala que uno de los objetivos del instituto es promover el conocimiento crítico disponible para mujeres indígenas y afromexicanas.
“Hay una idea de que lo científico es aquello que viene de afuera, aquello que se reconoce desde lógicas eurocentristas. Para nosotras hablar de estos saberes implicaba, primero, no colocarlo como un saber, y por otro lado, contribuir a un ejercicio de memoria, de decir ‘aquí estamos, aquí están estas mujeres jóvenes, indígenas y afromexicanas que no son objetos de estudio, sino que son sujetas, con muchos saberes y conocimientos, que ellas están escribiendo y dialogando’”. (Fanny Chan)
¡Justicia epistémica para la memoria y los saberes!
El recetario no solo es un archivo vívido donde se repiensa el autocuidado, es una muestra de justicia epistémica que se manifiesta a través del reconocimiento y la validación de los conocimientos de las mujeres indígenas y afromexicanas como conocimiento crítico y no solo como folklore, curiosidad e, incluso, exotización y apropiación.
Como explica Fanny Chan en entrevista, el recetario va más allá: implica una transformación en la que las mujeres dejan de ser vistas como objetos de estudio para ser reconocidas como sujetas productoras de conocimiento con agencia propia.
El recetario busca desmarcarse de esa lógica para afirmar algo necesario: los saberes ancestrales son conocimientos válidos, útiles y dignos de ser nombrados como tales.De ahí que algunas de las autoras tomaran la decisión política de mantener algunas recetas en sus lenguas originarias sin traducción, reivindicando que sus idiomas son vehículos válidos para compartir conocimiento y evitando que su sabiduría sea apropiada por otros sin respetar su intención original.
En las 21 recetas yace algo fundamental para las mujeres: el cuidado se vive, primero, en el propio cuerpo y, para ser sostenido, se teje en comunidad.

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