Esta semana regresó nuestro newsletter de análisis y reflexión "No nacemos feministas". En este número, nos cuestionamos los parámetros de nuestra indignación. Hoy en esta Editorial retomamos ese hilo, porque el caso Epstein plantea preguntas urgentes sobre para cuáles víctimas se exige justicia y cuáles son sistemáticamente invisibilizadas.
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El pasado 30 de enero, el Departamento de Justicia de Estados Unidos publicó 3,5 millones de páginas de archivos del caso Epstein, cumpliendo con la Ley de Transparencia de Archivos Epstein aprobada en noviembre de 2025. La revelación incluye más de 2.000 videos, 180.000 imágenes, correos electrónicos de figuras poderosas y testimonios de víctimas. La reacción ha sido la adecuada: portadas internacionales, investigaciones periodísticas y demandas de rendición de cuentas.
Sin embargo, la publicación reveló contradicciones que exponen cómo opera el poder. Por un lado, el Departamento de Justicia redactó nombres de perpetradores mientras dejó expuestos los de al menos 31 víctimas que eran niñas cuando fueron abusadas. Virginia Giuffre, una de las sobrevivientes más vocales del caso, murió por suicidio en abril de 2025. Su familia enfrenta ahora la revictimización de ver los detalles de la violencia que sufrió publicados en todos lados.
El Fiscal General Adjunto Todd Blanche añadió otra capa de controversia al declarar en Fox News que "no es un crimen festejar con el Sr. Epstein", desestimando la posibilidad de nuevos procesamientos a pesar de las conexiones documentadas entre Epstein y decenas de figuras poderosas.
No es un error que el sistema proteja a los agresores.
Como documentó la escritora Rebecca Solnit en 2019, la historia de Jeffrey Epstein no es la de un depredador solitario, sino la crónica de un ecosistema completo diseñado para proteger el abuso. Detrás de cada caso existe una infraestructura sofisticada: abogados prestigiosos, periodistas complacientes, jueces benévolos, políticos que miran hacia otro lado. Esa infraestructura sigue operando.
La selectividad mediática en la cobertura de violencias sexuales
Pero hay una dimensión del caso que requiere nuestra reflexión: ¿por qué estas víctimas movilizan cobertura mediática global mientras otras violencias sexuales sistemáticas apenas generan titulares?
Las víctimas de Epstein eran mayoritariamente niñas y adolescentes blancas de países occidentales. Sus casos han generado documentales, investigaciones exhaustivas y movilización internacional. En contraste, según datos de organizaciones internacionales, miles de mujeres migrantes sufren violencia sexual en las fronteas, por ejemplo, en las fronteras de México, hasta el 60% de las mujeres y niñas sufren agresiones sexuales durante el trayecto. Esta violencia sistemática se reporta como estadística, nunca como escándalo.
Las trabajadoras temporeras en los campos agrícolas de Europa, vulnerables a violencia sexual por parte de capataces y terratenientes, aparecen en informes de ONGs pero raramente son la portada de los periódicos. Las infancias abusadas por cascos azules de la ONU —supuestos protectores— se archivan como "casos documentados" sin generar la indignación que merece la complicidad institucional.
La filósofa Judith Butler desarrolló en sus textos Precarious Life (2004) y Frames of War (2009) el concepto de "vidas que merecen ser lloradas", Explica que algunas vidas son consideradas valiosas y su pérdida genera duelo público, mientras otras son construidas como "no del todo vivas" desde el principio. Esta división, argumenta Butler, es constitutiva del poder.
El filósofo camerunés Achille Mbembe amplía este análisis con su concepto de necropolítica: el ejercicio del poder mediante el control de la muerte, creando "mundos de muerte" donde poblaciones enteras son sometidas a condiciones de "muerte en vida". Y Sayak Valencia contextualiza estas ideas en Capitalismo Gore (2010), mostrando cómo los cuerpos de mujeres racializadas y empobrecidas se convierten en mercancía dentro de una economía que capitaliza la violencia extrema.
La violencia sexual sistemática contra niñas, niños y mujeres del Sur Global no es efecto colateral ni "campo de prueba" para el norte, sino parte integral de un modelo económico global sostenido en esa misma violencia.
La atención e indignación diferenciada no es neutral. Cuando los medios y la sociedad producimos análisis exhaustivos sobre Epstein pero otras violencias se leen como simples cifras, estamos operando dentro de marcos que determinan qué vidas merecen justicia.
La pregunta es: ¿buscamos justicia para algunas víctimas o queremos desmantelar los sistemas que producen vidas sacrificables? Como señala Solnit, la justicia real requiere distribución equitativa del poder, incluido el poder de ser escuchado y valorado. No basta con publicar archivos. Es necesario preguntarse por qué conocemos los nombres de figuras vinculadas a Epstein pero no los de ejecutivos que operan con trabajo infantil, o por qué sabemos más de sus fiestas que de las rutas de trata que atraviesan nuestro continente.
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