El Día de las Madres tiene, cada año, a miles de mujeres en México celebrando desde el encierro. No salen en los anuncios publicitarios ni se aparecen en las postales de temporada, ¡pero existen! De acuerdo con la Oficina de las Naciones contra la Droga y el Crimen, 7 de cada 10 mujeres privadas de la libertad en el mundo son madres y la mayoría eran principales cuidadoras antes de su detención.
En México, al término de 2024, había 13 mil 985 mujeres privadas de la libertad en los centros penitenciarios del país, de acuerdo con el Censo Nacional de Sistema Penitenciario Federal y Estatales del INEGI. Lo que las estadísticas no dicen con suficiente claridad es que detrás de cada una existe, en la mayoría de los casos, una familia fracturada: al menos el 80% de las mujeres en prisión son madres.
El encarcelamiento femenino ha crecido de manera sostenida. La población de mujeres privadas de la libertad se triplicó en los últimos 20 años y la tendencia no cede. Los delitos por los que más ingresan a los centros federales son los relacionados con narcóticos, con 34.4% de los casos, lo que presupone que muchas son captadas por redes criminales en condiciones de pobreza extrema, sin opciones laborales y con hijos que alimentar. El sistema penal las sanciona sin atender las causas que las llevaron ahí.
Dentro de los centros, la maternidad se ejerce en condiciones precarias. Al cierre de 2024, el INEGI registró a 307 mujeres que vivían con sus hijas e hijos menores de seis años en prisión. De ese total, 42.1% tenía menos de un año de vida. Solo el 31.9% de los centros para mujeres o mixtos contaba con espacios para la maternidad y únicamente el 26.2% tenía áreas educativas para la niñez que vivía ahí. Crecer entre rejas no debería ser una condena para las y los hijos, pero el país aún no garantiza condiciones distintas.
El impacto sobre quienes no permanecen con sus madres es igualmente grave. La separación abrupta genera trastornos de ansiedad, dificultades de apego y rezago cognitivo y emocional, según documentan la organización Reinserta y algunas investigaciones sobre desarrollo infantil. Los hijos que quedan fuera crecen, en muchos casos, al cuidado de abuelas o familiares en precariedad, cargando el estigma de tener una madre presa. Un estigma que, como señala la feminista Marcela Lagarde, se funda en la exigencia patriarcal de que la feminidad se realice a través de la maternidad: la mujer que delinque es castigada dos veces.
Un vistazo al mundo entero muestra que existen otros caminos. Las Reglas de Bangkok, adoptadas por la ONU en 2010, instan a los países a privilegiar medidas no privativas de libertad para mujeres con hijos dependientes cuando los delitos no impliquen violencia. España permite la convivencia de menores con sus madres hasta los tres años. Italia contempla establecimientos de régimen atenuado y arresto domiciliario. Argentina también prevé alternativas al encierro. México avanza despacio: una iniciativa presentada en febrero de 2025 ante la Cámara de Diputados busca reformar la Ley Nacional de Ejecución Penal para garantizar protocolos de separación progresiva y sustitutivos penales para madres de menores de 12 años, pero aún no es ley.
Para las miles de mujeres que viven el Día de las Madres privadas de su libertad un buen regalo es nombrarlas, visibilizar su realidad y recordar que en la literatura criminológica y en informes institucionales se comprueba: su realidad no es un fenómeno homogéneo ni reducible a “decisiones individuales”; responde a una combinación de factores estructurales, relacionales y económicos. Atenderlos es una urgencia, con o sin 10 de mayo cerca.

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