Aprendimos a habitar el cuerpo como si fuera un problema, como algo que hay que corregir, reducir o mejorar antes de poder vivir en paz.

No sé en qué momento mi cuerpo empezó a sentirse como algo ajeno. No recuerdo un día exacto ni una escena clara. Solo sé que, desde hace años, habito un cuerpo que parece estar siempre bajo evaluación, como si tuviera que justificarse, corregirse o mejorar para merecer descanso.

Durante mucho tiempo pensé que el problema era mío. Que la incomodidad, la culpa, la relación conflictiva con el peso y la comida eran fallas individuales. Pero basta detenerse un momento para ver el patrón: el tiempo que hemos invertido en dietas, en contarnos calorías, en pelearnos con el hambre, en promesas que empiezan el lunes y terminan en culpa.

Nos dijeron que la delgadez era una solución, que al alcanzarla todo se acomodaría: la seguridad, el amor, el deseo, la tranquilidad.

Para llegar ahí, nos enseñaron a “disciplinarlo”.

“Disciplinar” el cuerpo significó reprimirlo, castigarlo, desconfiar de él, prohibirle alimentos, medirlo, corregirlo, someterlo a reglas ajenas. Y mientras tanto, aquí estamos: gastando energía vital en “disciplinar” un cuerpo que solo intenta sostenernos.

El cuerpo de las mujeres nunca ha sido un espacio neutral, es un territorio profundamente político y  desigual.  Históricamente se nos ha representado como cuerpos para el consumo, como si fuéramos un objeto en exhibición permanente.

Por eso lo personal es político, lo que parece una incomodidad individual (la relación con el cuerpo, con el peso, con la comida) es en realidad una construcción social que nos obliga a juzgar nuestra apariencia, en lugar de vivir, desear, crear y descansar.

El patriarcado no solo se ejerce desde afuera, también se cuela en la forma en que nos miramos, en cómo nos hablamos, en la poca compasión que tenemos con nuestro propio cuerpo, en la autoviolencia cotidiana que ejercemos al sentir que no somos suficientes.

Nuestros cuerpos han sido pensados como proyectos inacabados, como algo que debe apretarse en un pantalón talla cero, encajar en un molde estrecho, reducir su presencia

Y esa violencia nos alcanza a todas. Porque ninguna está completamente a salvo del mandato.

Hoy no tengo respuestas definitivas, pero sí tengo esta certeza: el cuerpo de las mujeres ha sido históricamente un territorio de control, y no es casualidad que nos mantengan ocupadas peleando con él.

Porque mientras estamos contando calorías, midiéndonos, castigándonos, hay otras violencias pasando, otros derechos negados, otras desigualdades intactas.

El peso más difícil de soltar no se mide en kilos, sino en mandatos, estereotipos y violencias que aprendimos a cargar como si fueran propias.