Un día desaparece una persona que amas y, pese al inmenso dolor, encuentras las fuerzas necesarias para buscarle. Buscar significa enfrentarte a una serie de peligros tanto en el territorio como en el escritorio, pues el aparato estatal y sus instituciones muchas veces obstaculizan, retrasan o incluso desacreditan tu búsqueda. Parece que buscar a quienes amamos fuera el verdadero problema de este país y no la desaparición misma.

De acuerdo con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, hasta el 16 de agosto de 2026, la cifra asciende a un total de 134 mil 266 personas que no volvieron a sus hogares. Detrás de esa cifra hay un sinfín de experiencias traumáticas y de vidas trastocadas, pues alrededor de cada caso incontables familiares, amistades y comunidades enteras reciben el impacto físico, psicológico y social de estos crímenes.

Con motivo del 30 de agosto, Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas, es necesario voltear a ver a quienes, en medio del dolor y la incertidumbre, buscan a sus seres queridxs.

¿Cómo pueden desaparecer tantas personas?

Como docente universitario, suelo abordar este tema en mis clases. Para ayudar a mis estudiantes a dimensionar la magnitud del problema, busco el número de habitantes de un barrio, colonia o localidad que les resulte familiar y cuya población sea equiparable a esta cifra. “Imaginen que un día llegan a tal lugar y no encuentran a nadie. Caminan de un lado para otro, pero todas las personas se esfumaron; no queda ni un alma ahí… ¿En dónde podrían estar? ¿Por qué no podemos encontrar a tantas personas?”

Una ciudad vuelta fantasma y su largo silencio. La realidad de un México que, por más que la miremos de frente, nos resistimos a entender y que corre el riesgo de convertirse solamente en una cifra muda. Por ello, es importante visibilizar que la indiferencia y la frivolidad recrudecen los efectos de la desaparición, pues ambas deslegitiman la búsqueda y contribuyen a normalizar la impunidad.

Además de invitar a mis estudiantes a visualizar la escala en que esta crisis nos golpea, también les hablo del día en que dejó de ser distante para mí. Cuando el 15 de enero de 2023 se reportó la desaparición de Antonio Díaz Valencia, líder comunitario de Aquila, Michoacán, y Ricardo Arturo Lagunes Gasca, abogado defensor de derechos humanos que acompañaba jurídicamente a la comunidad, esta realidad alcanzó las fibras más sensibles de mis redes cercanas.

Amistades y familiares de Ricardo y Antonio tomamos plazas y avenidas principales para visibilizar su caso mediante marchas, plantones y manifestaciones. Detrás de estos actos públicos hay un gran número de acciones legales, de investigación y de coordinación que permanecen invisibles al público; lamentablemente, cuando no se mira todo el trabajo que implica la búsqueda, las movilizaciones terminan juzgándose desde el prejuicio. Aún escucho las frases lanzadas por transeúntes mientras nos manifestábamos: “Ponte a trabajar”, “mejor pónganse a estudiar”, “dejen de estar de huevones”.

Sólo entonces me di cuenta de que nunca había reaccionado ante la gravedad de esta crisis hasta que llegó a mi puerta; que había vivido en negación, en la comodidad de la distancia. Así entendí cómo la apatía y la indiferencia revictimizan a quienes buscan e intensifican la carga emocional que ya les atraviesa.

Aún más, desacreditar políticamente a las personas buscadoras e interpretar su lucha como una estrategia partidista o un intento por obtener protagonismo forma parte del problema. En un video difundido por el medio Tercera Vía, una madre buscadora responde al senador del PT Miguel Ángel Lucero Olivas, quien aludió al supuesto deseo de protagonismo de las personas buscadoras:

Estamos aquí porque nos partieron la madre desde que nos quitaron a nuestros hijos. ¿Y sabe qué? Con estas manos voy y saco cuerpos de la sierra donde usted jamás… nunca se va a meter, haciendo el trabajo que a lo mejor usted no hace sentado a dos nalgas ahí donde está. No nos llame protagonistas, no estamos aquí porque queremos. (Fragmento de la respuesta de una madre buscadora, agosto de 2026).

¿Qué responsabilidad tenemos?

La indiferencia generalizada fue y sigue siendo un trago amargo y, aunque es necesario considerarla en el panorama general de la crisis, detenernos únicamente en ella impediría reconocer la fuerza de la acción colectiva de quienes buscan y cuidan la vida.

En primer lugar, porque la acción colectiva mantiene con vida la esperanza y la lucha. Desde la Plaza de Mayo en Buenos Aires hasta la Glorieta de las Personas Desaparecidas en Ciudad de México, socializar las acciones de búsqueda ha mostrado ser una estrategia eficaz para enfrentar el riesgo —real y despiadado— que representa buscar en países que no cuidan a quienes cuidan ni defienden a quienes nos defienden. En segundo lugar, porque buscar a una persona desaparecida es una forma de cuidado que se niega a aceptar que una vida pueda volverse prescindible.

Buscar también es cuidar y defender la memoria, los vínculos y la dignidad de las comunidades. Buscar es cuidar el nombre y la lucha de personas como Ricardo y Antonio, quienes nos cuidaron, nos defendieron y a quienes honramos. Asimismo, quienes buscan también necesitan ser cuidados: nadie debería verse obligado a arriesgar la vida y asumir tareas que corresponden al Estado para encontrar a una persona que ama. Acuerpar su lucha e interpelar la indiferencia, la impunidad y la negligencia es nuestra responsabilidad colectiva.

Este texto reelabora algunas reflexiones de una columna del autor publicada en La Jornada Morelos el 20 de febrero de 2025.