¿Te has fijado en que muchos hombres sólo pueden hablar de su tristeza si la camuflan con una broma? ¿O que, cuando sienten miedo o cariño, lo esconden detrás del silencio? Lo que parece un gesto inofensivo (reírse de la propia vulnerabilidad) es, en realidad, una de las formas más profundas en que la masculinidad tradicional los desconecta: de ellos mismos y de quienes los rodean.

Lo que vemos en esos silencios y en esas risas incómodas no es torpeza emocional, sino el resultado de una educación que desautoriza la vulnerabilidad masculina. Y comprender cómo se construye esa desconexión es clave para empezar a desmontar las violencias que, muchas veces sin darnos cuenta, se sostienen en ella.

En entrevista para La Cadera de Eva, Jorge Zetina, responsable de prevención en GENDES —organización dedicada a trabajar con hombres para construir relaciones igualitarias— explica que esta supresión emocional no es accidental: es una herramienta que sostiene al sistema patriarcal y que moldea, desde muy temprano, la manera en que los hombres aprenden a sentirse y relacionarse.

El afecto como amenaza de poder

Zetina señala que la masculinidad tradicional se levanta sobre una lógica de poder y opresión. Dentro de esa estructura, los hombres aprenden a desconectarse de sus emociones y a mirar la vulnerabilidad como una grieta que debe cerrarse a toda costa.

Si un hombre no reconoce cómo le afecta la violencia que ejerce o recibe, “es más difícil que ponga un alto o pida ayuda”. En este marco, mostrar afecto se interpreta como debilidad porque rompe con la expectativa de control y distancia que se espera de ellos.

La burla, tan presente en los espacios masculinos, funciona entonces como un recordatorio: no te salgas del guión. Cada chiste, cada comentario que ridiculiza la ternura, actúa como un mecanismo de control social.

“Si nos reímos de la ternura, del miedo, del dolor, habría que preguntarnos qué paso dejamos para construir vínculos sinceros u horizontales” (Jorge Zetina, GENDES)

La burla no sólo silencia; también normaliza la violencia y cierra la posibilidad de relacionarnos desde un lugar más humano.

Las raíces de la desconexión emocional

La dificultad de muchos hombres para identificar, nombrar o expresar lo que sienten no surge de la nada. Comienza en la infancia y se refuerza todos los días.

El estudio ¿Es la inteligencia emocional una cuestión de género? Socialización de las competencias emocionales en hombres y mujeres y sus implicaciones, de la Universidad de Almería, señala que las niñas son socializadas desde muy temprana edad a tener un contacto más cercano con los sentimientos y sus matices. Madres y padres suelen usar más lenguaje emocional con ellas, especialmente cuando ocurre algo triste.

En contraste, a los niños se les enseña a evitar expresar emociones. La homofobia, la competitividad entre pares y la falta de modelos de rol que muestren una masculinidad sensible se convierten en barreras constantes.

Como resultado, los niños “se especializan en minimizar las emociones relacionadas con la vulnerabilidad, la culpa, el miedo y el dolor”. Quienes crecen sin herramientas para verbalizar sus afectos pueden desarrollar una “total inconsciencia con respecto a los estados emocionales tanto propios como ajenos”.

En su informe Jugando a ser grandes, GENDES recuerda que los aprendizajes de género se construyen principalmente en la familia y desde edades muy tempranas. Tal como señalan las posturas feministas y de género, la masculinidad no es natural: se aprende, se refuerza y se vigila.

El alto costo de la represión: vínculos rotos y violencia

Callar lo que se siente —o reírse de ello— tiene un precio alto. Estas son algunas de las consecuencias que señala Jorge Zetina.

Afecta la capacidad de vincularse. La ridiculización emocional desconecta a los hombres de sus propias experiencias, pero también de las de los demás. Muchos terminan sustituyendo la tristeza con enojo o, en el mejor de los casos, con silencio. Esa desconexión se filtra en amistades, familias y relaciones de pareja.

Se relaciona con la violencia. La represión afectiva genera un vacío. Un hombre que no puede sentir miedo, tristeza o preocupación carece de herramientas para satisfacer necesidades básicas como sentirse acompañado o validado. En ausencia de alternativas, la violencia aparece como un recurso aprendido y legitimado para controlar, imponer o intentar obtener lo que no se sabe pedir.

Impacta la salud mental. Esta desconexión emocional no es sólo un asunto privado: es una crisis social. Según el INEGI, en 2024 se registraron 9,051 suicidios en México. El 80.6% correspondió a hombres. La tasa masculina (11.5 por cada 100 mil habitantes) es más de cuatro veces mayor que la femenina (2.6). Detrás de estas cifras hay dolores que no encontraron palabras.

El camino hacia el “buen trato

Romper con las formas de masculinidad que lastiman —a los hombres y a quienes los rodean— implica un cambio profundo en la cultura afectiva. Desde GENDES se propone el Buen Trato como un proyecto de vida ético y político, donde expresar vulnerabilidad no sea motivo de burla, sino una puerta hacia relaciones más sanas y honestas. Aunque el miedo a mostrarse frágil es real, también lo es la posibilidad de lo que se gana al hacerlo.

“Cuando nos permitimos sentir y nombrar lo que vivimos, nos podemos empezar a liberar de estas ataduras que nos han enseñado a cargar” (Jorge Zetina, GENDES)

Para nosotras, para ellos, para todes, el objetivo es el mismo: crear espacios seguros donde sentir no sea un riesgo, sino un lugar de encuentro. Dejar de reírnos del dolor y de la ternura es un gesto pequeño, pero también un punto de partida hacia una sociedad menos violenta y más humana.