Enero de 1916. Mientras México seguía sacudido por la Revolución, en el Teatro Peón Contreras de Mérida, Yucatán ocurrió algo que no tenía precedentes: más de 600 mujeres se sentaron juntas para hablar —en voz alta y sin permiso— sobre educación, derechos, sexualidad y poder. No era un mitin ni una tertulia privada: era el Primer Congreso Feminista de México y estaba destinado a incomodar.
Ciento diez años después, las preguntas que se formularon entonces no suenan antiguas. ¿Quién decide sobre el cuerpo de las mujeres? ¿Qué significa ser ciudadana? ¿Hasta dónde llega la igualdad? Para pensar qué ha cambiado y qué sigue intacto, La Cadera de Eva conversó con la antropóloga y feminista Marta Lamas, quien advierte que muchas de las tensiones que atravesaron aquel Congreso siguen latiendo en el México de 2026.
¿Cómo surgió el Primer Congreso Feminista?
El Congreso fue convocado oficialmente el 28 de octubre de 1915 por el entonces gobernador de Yucatán, Salvador Alvarado, quien sostenía que la emancipación femenina solo podía lograrse si las propias mujeres definían sus derechos y su relación con el Estado. La inauguración formal ocurrió el 13 de enero de 1916.
Aunque Alvarado fue el impulsor político, las verdaderas protagonistas fueron mujeres como Consuelo Zavala, Elvia Carrillo Puerto, Beatriz Peniche Barrera y Hermila Galindo, quienes colocaron al feminismo yucateco como el más avanzado de su tiempo.
Las discusiones giraron en torno a cuatro grandes ejes: el acceso a una educación laica y racional; la autonomía económica; los derechos civiles, incluido el voto femenino; y la posibilidad de que las mujeres ocuparan cargos públicos. El objetivo era claro: dejar de ser consideradas “elementos dirigidos” y convertirse en sujetos políticos.
Uno de los momentos más polémicos del Congreso fue la intervención de Hermila Galindo, quien habló abiertamente de la sexualidad femenina y denunció la doble moral sexual que regulaba la vida de las mujeres. Sus palabras causaron un escándalo inmediato. Incluso dentro de un espacio que se asumía progresista, hablar del deseo femenino fue visto como un exceso.
Para Marta Lamas, ese episodio sigue siendo clave para entender el presente. “La doble moral sexual que denunció Hermila Galindo sigue vigente 110 años después en muchas zonas del país”, señala. La reputación de las mujeres continúa ligada a su vida sexual, mientras que la de los hombres rara vez se pone en cuestión.
Lamas vincula las ideas de Galindo con la esencia de la segunda ola feminista y el lema “mi cuerpo es mío”. Destaca que Hermila fue la única con la valentía de poner sobre la mesa el tema de la sexualidad y sus consecuencias en un foro oficial, sentando las bases del reclamo por la autonomía corporal que continúa hasta hoy.
La antropóloga describe a Hermila Galindo como una de sus “heroínas personales” y lamenta que muchas jóvenes feministas desconozcan su nombre y su aportación fundamental a la genealogía del movimiento. Considera que su audacia fue tal que, incluso en un contexto donde el aborto era un tema censurado, se atrevió a cuestionar las estructuras más rígidas de su tiempo.
¿Quién puede ser feminista? Una tensión que no existía en 1916
Lamas también apunta una diferencia central entre el Congreso de 1916 y el feminismo contemporáneo: el papel de los hombres. En aquel momento, Salvador Alvarado no solo convocó el Congreso, sino que lo respaldó políticamente. Hoy, dice Lamas, ese escenario sería impensable sin una fuerte discusión.
“Existe un debate muy intenso sobre cuál es el sujeto político del feminismo: si se limita a las mujeres o si incluye a hombres y mujeres trans”.
Esta tensión, señala, es una de las grandes discusiones del feminismo actual y marca una distancia importante con los consensos —y silencios— de hace un siglo.
Avances legales, violencias que mutan
El México de 2026 es muy distinto al de 1916. Hoy hay paridad de género, una mujer en la presidencia y la despenalización del aborto en 25 entidades. Sin embargo, estos avances conviven con nuevas formas de violencia.
A la violencia física se suma la violencia digital. De acuerdo con el estudio, 2023 State of deepfakes el 99% de las víctimas de deepfakes sexuales —imágenes creadas con inteligencia artificial sin consentimiento— son mujeres, lo que evidencia cómo la tecnología reproduce viejas formas de control sobre el cuerpo femenino.
La violencia feminicida tampoco ha desaparecido. De acuerdo con cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, hasta noviembre de 2025 se registraron 672 víctimas de feminicidio en México, con focos rojos en estados como Sinaloa y el Estado de México.
Marta Lamas reconoce que la violencia contra las mujeres es uno de los principales motores de la llamada “cuarta ola” feminista, que se ha manifestado con una fuerza inédita en las movilizaciones masivas del país. Señala que en años recientes ha habido una respuesta institucional relevante, con un seguimiento más serio de las carpetas de investigación por feminicidio.
Este avance, explica, ayuda a entender por qué algunas marchas específicas —como las del 25 de noviembre, Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer— han disminuido su potencia de convocatoria en comparación con el 8 de marzo (Día Internacional de la Mujer).
Sin embargo, Lamas es enfática: “falta mucho”. La violencia, advierte, no es un fenómeno aislado, sino que está profundamente ligada a las persistentes brechas de desigualdad de clase en el país.
La igualdad como núcleo irrenunciable
Para Marta Lamas, pese a los cambios, el núcleo de la agenda feminista sigue siendo el mismo que en 1916: la igualdad. No como uniformidad, sino como igualdad política, ciudadana y de oportunidades.
“La anatomía no determina el talento, ni la vocación, ni lo que una persona puede o quiere hacer”, subraya.
De cara al futuro, Lamas plantea la necesidad de articular lo que denomina un “triángulo de oro”: feministas en el gobierno que impulsen políticas públicas, movimientos en las calles que presionen por cambios estructurales y una academia que produzca datos y análisis para sostener esas demandas.
La antropóloga no ve la institucionalización del feminismo como una pérdida de potencia política, sino como una herramienta indispensable para lograr transformaciones profundas. Advierte, no obstante, que esta institucionalización nunca puede ser total y que siempre deberá coexistir con la presión social, la crítica y un debate público plural.
Conmemorar el Primer Congreso Feminista no es solo mirar al pasado. Es reconocer que, aunque los derechos se han ampliado, la disputa por la autonomía, la igualdad y una vida libre de violencia sigue siendo una tarea inconclusa.

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