Cuando pensamos en vampiros, generalmente, construímos una imagen clara y casi inamovible en nuestra cabeza: la de un conde despiadado, seductor, sediento de poder. Un hombre alto, pálido, atrapado en versos del romanticismo gótico de Europa del siglo XVIII.
Si bien nos va, pensamos en una vampiresa, una mujer enigmática, magnética e inteligente de belleza indudablemente occidental. Pero ¿existen otros mundos para imaginar al famoso monstruo en un contexto latinoamericano, específicamente caribeño?
Claudia Amador, una escritora, gestora cultural y tallerista que actualmente reside en Bogotá, Colombia, nos dice que sí en su primera novela, Altasangre, publicada por Hachette y Alianza Editorial.
Claudia es originaria de Barranquilla, una ciudad en el Caribe colombiano caracterizada por su calor intenso, su gastronomía y, fundamentalmente, por su carnaval. Creció en un entorno donde las artes tenían mucha fuerza, lo que la llevó inicialmente a formarse en el teatro. Más tarde estudió la carrera de Literatura, donde una materia titulada “Terror y Sociedad” transformó su visión del género, ambos fundamentos esenciales que se reflejan en el mundo de su primera novela.
Esto la llevó a cuestionar el canon literario tradicional —predominantemente anglosajón y masculino— y a descubrir voces contemporáneas de autoras latinoamericanas como Mariana Enriquez.

Caribeña y gótica, en entrevista con La Cadera de Eva, Amador es el reflejo de la subcultura del gótico latinoamericana y caribeña que pocas veces forma parte de la literatura. Con una camiseta de Twilight y el recuerdo de los 40ºC de su ciudad natal, la autora es firme al decir que “Nosotras también tenemos hambre y no hambre de hombres, tenemos hambre en general, tenemos apetito... pensar cómo esa vampira puede conversar con nosotras, con nuestras pulsiones, con nuestros deseos”.
En una novela entrañable sobre el linaje femenino, la disputa por ser quién espera el mundo o encontrar un camino diferente, la autonomía y la estratificación social que somete a las mujeres. A través de Julieta, nieta de Julia Vanterroso y de su familia, Amador nos recuerda la importancia de habitar la monstruosidad no como un estereotipo, sino como una forma de explorar el hambre y la falta de control sobre el propio cuerpo en un mundo que nos exige a las mujeres ser siempre dóciles.
¿Cómo concibes y creas a Julieta? Es una mujer, una vampira diferente al canon.
Me interesa mucho la figura del vampiro, pero hubo un cambio de chip cuando descubrí a la vampira. Con el hombre tenemos la idea del conde de la nobleza decadente, la seducción y el poder. Pero la vampiresa, empezando por Carmilla, representa el miedo de los hombres a las mujeres incontrolables. Investigué y vi que en el romanticismo la vampira es vista como una mujer insaciable que castra al hombre y vive en pro de su sangre. Me pareció interesante retomar ese arquetipo desde la mirada de autoras para explorar nuestras propias pulsiones y deseos; nosotras también tenemos hambre y apetito en general, no solo de hombres.
Julia y Julieta en Altasangre se construyen tomando elementos clásicos, como el apetito y un erotismo basado en el acto de consumir y no tener control sobre el cuerpo pero necesitaba algo más cercano al Caribe y encontré a la soucouyant, una vampira de la mitología caribeña. Es una figura que se quita la piel, se vuelve una bola de fuego, entra a las casas a absorber sangre y luego debe ponerse la piel otra vez. Para vencerla hay que machacar su piel con ajo. Eso me abrió la perspectiva hacia otras formas monstruosas y habitar el vampirismo desde otros lugares del mundo.
La dinámica entre Julia y Julieta habla de mucha genealogía feminista latinoamericana, de control y de linaje. Cuéntame cómo armas esto desde nuestro territorio, desde el Sur Global, para que se mezcle con esta historia de vampiresas.
Los personajes son más que el arquetipo; el conflicto principal es puro linaje y herencia. Es la pugna de la matrona de la casa que tiene planes para los cuerpos de sus nietas y su hija. Julieta nace, no le gustan esos planes y se rebela. Esto nace de nuestros linajes latinoamericanos porque todavía tenemos ideas muy medievales de la familia que se trasladan a cómo se gobiernan las casas. Los cuerpos de las mujeres todavía son moneda de cambio; se piensa en que la hija estudie o se case para ascender socialmente.
En Barranquilla pasa mucho con el carnaval, con la idea de “cazar” a un extranjero que las saque de ahí. Me interesaba plantear cómo esto viene del linaje femenino; son las madres y abuelas las que replican estos consejos desde el amor, porque les inculcaron ese chip. Por eso quería mostrar que antes que abuela, Julia es mujer y tiene su propio conflicto con la estética y el miedo a envejecer y, por otra parte, Julieta es la rebeldía salvaje que no quiere ser una continuación literal de su abuela. Jugué con el peso de los nombres y con la sangre que se hereda, se consume y se derrama.
También me interesa conocer sobre la figura del carnaval; me pareció interesante leerlo casi como un organismo o un ente propio. Cuéntame por qué era importante retomarlo y anexarlo a este mundo vampiresco.
El carnaval representa toda la economía y la cultura, volviéndose un organismo vivo que acecha. Es una tradición sincrética, medio rituálica y brujil, un espacio-tiempo diferente, un éxtasis donde el pueblo entra en otra dimensión. Pero por otro lado, el carnaval es un mecanismo de control: la Iglesia tomó celebraciones paganas y las adaptó para mantener apaciguada a la gente con la expectativa de la fiesta.
En la pandemia la gente enloqueció porque el carnaval es lo que hace que resistamos la división social, ya que una vez al año todos somos iguales en la fiesta. Y me parece que se vuelve un ser de muchas cabezas, como un pulpo, que puede ser aliado o monstruo, esconder violencias o ser un alivio. (...) Quería que sintieran que el carnaval está en todas las esquinas porque en el gótico la atmósfera es no negociable, por eso busqué que el carnaval encerrara a los personajes como si fuera la mansión gótica, con música que suena como un conjuro o un verso fantasmal. Por ejemplo, la canción del Garabato representa la lucha entre la vida y la muerte, la cumbia es un ritual de mestizaje con velas y fuego donde las mujeres parecen flotar. Usé canciones reales e inventadas para que la música fuera esa otra fuerza narrativa que apoya la novela, como un purgatorio o un trato con el diablo.
A lo largo de la novela vemos a Julieta tratando de luchar contra el ideal de su familia. ¿Qué crees que haya pensado ella en sus últimas apariciones? ¿Qué habrá pasado por su cabeza después de este viaje?
Ella tiene el destino marcado: ser reina del carnaval y casarse; su abuela necesita que sea dócil. Es una lucha que muchas hemos tenido; yo la tuve haciendo teatro en Barranquilla cuando mi mamá quería que estudiara algo serio. Es una pelea de ideales donde ambas tienen sus intereses, incluso actualmente debatimos que los hijos no están para responder por los padres, pero Julieta es la vasija de los deseos de su abuela.
El final es ambiguo porque la emancipación de Julieta implica un reguero de sangre y destrucción que no es enteramente satisfactorio porque se sacrifican cosas. Siento que hay un poco de alivio, pero también mucha culpa, porque nos han enseñado que nuestros deseos van por debajo de los de los demás. Al final, aunque logras tu cometido, algo de tu abuela queda en ti; uno lucha por no ser como su familia y, a veces, termina siéndolo.
¿Por qué crees que es importante que en Latinoamérica continúe existiendo la literatura “alterna” o de la “otredad”, que nos hace reconectar con los problemas sociales, el ser mujer, la maternidad y el compañerismo?
Es importante desplazar el foco de los cánones masculinos donde hay mucha violencia gratuita y el cuerpo de la mujer es un objeto o un estereotipo. El terror, lo explícito y lo fantástico están permitiendo explorar otras vetas, redescubriendo referentes femeninos y voces vivas.
Me gustan obras como la película La Sustancia o los libros de Mónica Ojeda, que narran el horror entre mujeres con otra poética y cadencia. Esto se conecta más con nuestra experiencia, la cual por mucho tiempo no fue bien narrada. Es valioso seguir nombrando lo que nos atraviesa para que exista, para dialogarlo y poner el dedo en llagas que el sistema prefiere ignorar.
¿Estás lista para sumergirte en el mundo de vampiras caribeñas? Te leemos en los comentarios.

Por: 


