Seguramente, como muchas mujeres en la actualidad, conoces a alguna amiga que esté terminado su carrera universitaria o a alguna conocida que esté cursando un posgrado. Esto se debe a que, en el último siglo, México ha experimentado una transformación profunda en el acceso de las mujeres a la educación, pasando de un contexto de exclusión y analfabetismo a uno donde son mayoría en la educación superior, pero te has preguntado ¿cuántas de ellas tienen un salario proporcional a sus estudios?
De acuerdo con el informe Mujeres en la economía: 100 años de datos, del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), a principios del siglo XX, el 78% de las mujeres no sabían leer ni escribir, una cifra que se redujo drásticamente al 5% para el año 2020.
Sin embargo, a pesar de que las mujeres han logrado avances educativos históricos durante los últimos cien años, este progreso no se ha traducido de manera proporcional en una mejora de sus ingresos o condiciones laborales, y es que si bien el 53% de las mujeres accede a educación superior, solo el 46% participa activamente en el mercado laboral. Esta situación se agudiza si revisamos la brecha salarial que se calculó en 13% para 2025: las mexicanas ganan 87 pesos por cada 100 de los hombres.
Esto nos dice una cosa importante: este progreso no se ha traducido de manera proporcional en una mejora de sus ingresos o condiciones laborales.
Las mujeres en la educación superior
Hagamos un repaso por la historia a través de los datos proporcionados por el IMCO: en el país, la participación femenina ha estado marcada por la exclusión de la vida pública y altas tasas de analfabetismo. En 1921, con la creación de la Secretaría de Educación Pública (SEP), el cierre de la brecha de género en alfabetización comenzó a mostrar avances con la creación de campañas masivas donde las maestras jugaron un rol fundamental.
A mediados del siglo, la presencia de las mujeres ya era una realidad, aunque limitada; en 1950 solo había 3 mil mujeres inscritas en la universidad. Un hito importante fue la inauguración de Ciudad Universitaria (CU) de la UNAM en 1953, que amplió la oferta educativa y las oportunidades de ingreso para las mujeres, pero el sesgo persistía: antes de 1975, el 80% de las personas tituladas de la UNAM eran hombres.

Entre 1970 y 1980, la matrícula de mujeres creció un 487%, un crecimiento súbito que se vio reflejado en mayores tasas de conclusión de estudios entre las mujeres.
La década de 1990 marcó un avance crucial; las mujeres ya recibían más de la mitad de los títulos emitidos por la UNAM y, en 2010, después de décadas sin acceso a la educación, finalmente se logró la paridad de género a nivel nacional. Para 2020, la cifra de mujeres en la educación superior ascendió a 2.6 millones, representando el 53% de la matrícula total.
La brecha que persiste
A pesar de que este progreso educativo ha modificado las trayectorias de vida de las mujeres, permitiéndoles posponer el matrimonio o elegir entre tener o no hijas e hijos (lo que a su vez amplía las oportunidades de inserción laboral), persiste el desafío de la segregación ocupacional.
Las mujeres siguen concentrándose en áreas vinculadas al cuidado y la docencia, que suelen ser las de menor remuneración, mientras que los hombres predominan en ingenierías y ciencias computacionales. Por ejemplo, las mujeres representan el 97% en formación docente de preescolar, pero apenas el 12% en ingeniería de vehículos, barcos y aeronaves.

Entre los datos también surge una realidad conocida para las mexicanas: las mujeres dedican, en promedio, 40 horas semanales al trabajo del hogar y de cuidados no remunerado, mientras que los hombres solo destinan 16 horas. Esta cifra posiciona a México como el país de Latinoamérica donde las mujeres dedican la mayor proporción de su tiempo a estas tareas.
En este contexto, el 54% de las mujeres tienen que optar por trabajos informales, una modalidad de empleo que no solo limita el acceso a la seguridad social, sino que también penaliza directamente sus ingresos y oportunidades de desarrollo profesional.
Derribar la asimetría sistémica
Aunque el artículo 123 de la Constitución reconoce la igualdad salarial en México sin importar el sexo, género o nacionalidad, el informe señala que existen fallas en su cumplimiento debido a la falta de mecanismos de transparencia, seguimiento y sanción que garanticen que se aplique efectivamente en el mercado laboral.
Entonces ¿qué se puede hacer ante este panorama? Las mujeres han recorrido un largo camino para acceder a la educación superior, sin embargo, el sistema continúa perpetuando las asimetrías que hace cien años eran la norma. Para cerrar estas brechas, el IMCO propone avanzar hacia modelos de hasta 40 semanas con financiamiento tripartito, es decir, del Estado, empleador y colaboradores, para fomentar la corresponsabilidad, y adoptar esquemas híbridos y horarios escalonados que no penalicen el sueldo de las mujeres.
¿Has identificado la brecha salarial? Te leemos.

Por: 


