¡El 14 de febrero está a la vuelta de la esquina! Un día en el que, históricamente, se ha celebrado el amor romántico entre pares, casi siempre heterosexuales; sin embargo, las mujeres que han cuestionado el orden patriarcal y el amor como poder de dominación, y las personas disidentes de la comunidad LGBTQ++ que han rechazado a la hegemonía, han interpelado el discurso común para hablar de amistad, colectividad y amor propio.
Aunque estas conversaciones ya se han formado un espacio en la narrativa mediática y hoy, en redes sociales podemos ver décimas de reflexiones sobre por qué es importante desmantelar la idea del amor romántico y descentralizar a nuestras parejas, el capitalismo sigue empujando y, año con año, nos llena de productos y mercancía como flores, joyería y cenas que supuestamente celebran el amor y la amistad en todas sus forma.
Y es que nunca faltan las recomendaciones de planes para salir entre amigas, los videos de cosas para regalar en San Valentín y las nuevas tendencias en el mundo de la moda para vestirnos específicamente para la fecha.
Hoy, el amor ya se nos vende como “inclusivo” pero, ¿no se trata de una estrategia de mercado que convierte nuestros afectos en mercancía? Esto tiene un nombre, y se le conoce como economía del romance.
Para entender el término, platicamos con Bárbara Espinosa Lizcano, abogada especializada en derechos humanos, finanzas y tecnología, y directora ejecutiva de Colectiva FIEM, un espacio especializado en finanzas con perspectiva de género.
¿Qué es la economía del romance?
Cuando hablamos de economía del romance, puede ser que en lo primero que pienses es en la derrama económica que dejan, por ejemplo, fechas como el 14 de febrero o aniversarios, y es que de acuerdo con datos de la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio, Servicios y Turismo (CONCANACO), el consumo de las y los mexicanos en esta fecha dejará una derrama económica de más de 36 mil millones de pesos.

Sin embargo, poco se habla de las consecuencias sociales detrás de este día y del concepto de economía del romance. Bárbara Espinosa Lizcano la define como un “sistema integral donde el amor se intercambia por poder económico y por trabajo de cuidados”.
Y es que a nivel superficial, se manifiesta a través del consumo mercantil y capitalista, como cenas, regalos ostentosos y el uso de aplicaciones de citas, moviendo “miles de millones” en la economía global, especialmente en fechas como el 14 de febrero.
El cuidado como intercambio
La realidad es que, detrás de esta fachada de consumo y celebraciones, se esconden dinámicas de poder y desigualdad, pues la economía del romance descansa sobre el trabajo de cuidados no remunerado que realizan las mujeres. “Mientras el mercado gana dinero, son ellas quienes hacen funcionar el sistema gratis a través del tiempo, el desgaste físico, sexual y emocional”, explica Espinosa.
Así, lo que diluye la economía del romance es una asimetría entre lo visible y lo invisible: lo “visible”, lo que lo pagan los hombres, reforzando un mandato de una masculinidad proveedora y estereotipos de caballerosidad, y lo “invisible”, que es el cuidado diario que sostienen las mujeres.
Por ello, la especialista nos invita a pensar en qué pasa después de las celebración con una pregunta sencilla, “¿quién limpia después de la cena romántica?”.

El cuidado se convierte en una especie de “contraprestación obligatoria” para que las mujeres sean reconocidas como “amada”. En este esquema, el acto de pagar se vuelve un "derecho masculino" o un permiso, mientras que cuidar se vuelve una expectativa permanente para las mujeres..
“Pagar se vuelve permiso y cuidar una expectativa permanente que tenemos nosotras las mujeres. Y aquí todos ganan menos la pareja”.
Autonomía primero, flores después
Cuando hablamos de economía del romance, lo que se pone en juego no solo es quién da y quién recibe, sino quién tiene poder y quién pierde autonomía.
Como explica Espinosa, regalar flores no está mal, pero es importante reconocer que esta dinámica refuerza estereotipos de género que limitan la autonomía de las mujeres y es que, al aceptar el rol de ser cuidadas a cambio de su propio trabajo de cuidados, muchas mujeres pierden el contacto con la realidad financiera lo que también genera círculos de dependencia y, por ende, de violencia.
Nos quitan espacio para muchísimas cosas. Nos quitan espacio para buscar mejores oportunidades laborales, os quita espacio para descubrirnos como personas, nos quita espacio para cultivarnos como profesionistas, nos quita espacio para decir que no, no nos quita espacio para concebir el tema económico en nuestras vidas, porque es es una trampa perversa: empezamos a decir ‘él me cuida, por eso yo no tengo que ver nada del dinero’”.
Por ello, detrás de las flores, chocolates y citas , lo que realmente se esconde tras la economía del romance es una trampa de género que, bajo la apariencia de afecto, perpetúa la brecha salarial, triplica las horas de cuidado para las mujeres y condiciona su seguridad a la dependencia económica de sus parejas.
¿Cómo contrarrestar las dinámicas de desigualdad?
Si, teniendo esto en cuenta ahora te preguntas qué puedes hacer para contrarrestar el peso invisible de la economía del romance, Bárbara Espinosa nos da las siguientes recomendaciones:
Define un presupuesto propio: es fundamental que cada persona defina su presupuesto de manera independiente antes de que agentes externos lo dicten, preferentemente de manera anual con revisiones trimestrales o semestrales para fijar metas financieras claras desde el inicio del año.
Mantén tu autonomía económica en pareja: aunque puedes tener un presupuesto en conjunto, es vital no perder la autonomía individual. Una estrategia práctica es tener cuentas bancarias separadas además de las cuentas en conjunto para los gastos del hogar.
Redefine el concepto de amor: el amor no debe costar tiempo, dinero y seguridad al mismo tiempo, y definitivamente es más que regalos y obsequios en fechas de celebración capitalista. Recuerda que el amor debe verse como libertad y metas compartidas, buscando el bienestar de la colectividad en lugar de una asimetría de cuidados.

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