¿Alguna vez has sentido que tu pareja te presiona para dar "el siguiente paso" o que cuestiona por qué sigues usando anticonceptivos si "ya se tienen confianza"? A veces, lo que nos venden como una prueba de amor o un sacrificio romántico, especialmente en fechas como el 14 de febrero, es en realidad coerción sexual y reproductiva.

En este glosario feminista te explicamos como esta forma de violencia, que no siempre deja marcas físicas, arrebata algo fundamental: tu derecho a decidir sobre tu propio cuerpo.

¿Qué es exactamente la coerción reproductiva?

En entrevista para La Cadera de Eva, Paula Rita Rivera Núñez, gerente operativa de Telefem, una organización dedicada a ayudar a mujeres y personas gestantes a acceder a una interrupción del embarazo segura, explica que se trata de una dinámica donde una persona intenta controlar la autonomía de su pareja en temas reproductivos. No es una "discusión de pareja" normal; es una forma de violencia de género.

Paula detalla que esto puede verse de muchas formas, algunas muy sutiles:

Sabotaje de anticonceptivos: esconder pastillas, romper condones a propósito o quitárselos durante el acto sin avisar (conocido como stealthing).

Chantaje emocional: usar frases como "si me amaras, no usarías protección" o amenazar con terminar la relación si no accedes a un embarazo.

Presión directa: obligar a alguien a continuar con un embarazo que no desea o, por el contrario, forzarle a interrumpirlo.

No es amor, es control

Paula es muy clara: el amor romántico suele ser el disfraz perfecto para este abuso. "Ninguna relación sana debe basarse en el control del cuerpo o el futuro reproductivo de otra persona", comenta.

Para que el personal de salud pueda detectar mejor las señales de coerción sexual y reproductiva, es fundamental que su enfoque trascienda lo puramente biológico y se integre con una perspectiva de salud mental y de género.

Según la experiencia compartida por Paula Rita Rivera Núñez estas son las estrategias clave para mejorar esta detección:

Capacitación en salud mental y violencia: muchas veces a las y los médicos se les dificulta identificar estas situaciones porque se centran solo en la parte física. Es necesario que el personal esté formado para reconocer la coerción como una forma de violencia de género y no como una dinámica normal de pareja.

Escucha activa de frases de alerta: el personal debe estar atento a expresiones que las usuarias mencionan en consulta, tales como: "Mi pareja quiere que interrumpa (o continúe), pero yo no quiero".

Observación de la dinámica de pareja: una señal de alarma clara es cuando la pareja se presenta o habla en lugar de la paciente, o cuando ella es ridiculizada por querer usar anticonceptivos. También se debe poner especial atención en casos de embarazos adolescentes, particularmente si existe una diferencia de edad significativa con la pareja.

Creación de espacios seguros y neutros: es vital ofrecer un entorno donde la persona pueda recibir información confidencial, sin juicios, miedos ni presiones. Esto permite que la paciente recupere su autonomía y seguridad para hablar sobre lo que realmente está viviendo.

Enfoque integral y multidisciplinario: la atención no debe ser aislada. El personal médico debe apoyarse en otros profesionales para robustecer la atención y ofrecer un acompañamiento emocional y médico completo.

Paula enfatiza que el papel de los servicios de salud es garantizar un trato digno donde la autonomía reproductiva no sea negociable.

Las cifras de una realidad invisible

Aunque parece un tema poco común, los datos dicen lo contrario: una de cada seis mujeres latinas reportó haber sufrido este tipo de presión en el último año y en países como Estados Unidos, entre el 15% y el 25% de las personas enfrentan esta situación, de acuerdo con el estudio Reproductive Coercion, Intimate Partner Violence and Unintended Pregnancy Among Latina Women.

Las cifras de Telefem también revelan la magnitud de este problema: en el último trimestre de 2025, la organización identificó a cerca de 30 mujeres que vivían situaciones de violencia o coerción. Paula estima que en más del 50% de las historias que escuchan (de un total de 12 mil personas atendidas durante 2025) hay algún rastro de violencia o control.

¿Por qué es tan peligroso normalizarlo?

Paula nos advierte que las consecuencias no son solo un embarazo no planeado. El impacto llega a la salud mental, provocando ansiedad, sentimientos de pérdida de control y aislamiento. Además, esto perpetúa círculos de pobreza y limita la capacidad de las personas para cumplir con su propio proyecto de vida.

"Lo más importante es reconocer que lo que estás viviendo no es tu culpa y no es normal. La autonomía reproductiva no es negociable” (Paula Rita Rivera Núñez, gerente operativa de Telefem.)

¿Cómo buscar ayuda?

La Norma Oficial Mexicana (NOM-047) garantiza el derecho a decidir sobre la procreación de forma libre e informada. La especialista enfatiza que "amar no significa controlar" y recomienda a quienes identifiquen estas señales buscar espacios seguros y neutros.

Organizaciones como Telefem ofrecen consejería integral y confidencial, conectando a las usuarias con profesionales de la salud para procesos de Interrupción Legal del Embarazo (ILE) de forma segura y empática.