¿Alguna vez te has preguntado por qué para algunas personas el camino al “éxito” parece una autopista sin tráfico, mientras que para otras se siente como una carrera con baches, lodo y obstáculos que nadie nombra? En México nos gusta repetir que todo se logra con ganas. Que quien trabaja duro, llega. Que el mérito alcanza. Pero esa historia tiene grietas. Y cada vez más grandes.
Para entender una de las raíces estructurales de esa desigualdad, hablamos con Ángeles Cruz, coordinadora legal de Racismo MX, sobre un concepto que incomoda, provoca defensas automáticas y, aun así, resulta clave: el privilegio blanco.
¿Qué es el privilegio blanco?
Tener privilegio blanco no significa que tu vida haya sido fácil. No significa que no hayas sufrido, que no te haya costado, que no hayas batallado. Significa: “toda esta serie de circunstancias que estructuralmente permiten a las personas atravesar su vida sin discriminación, sin vulneraciones sistemáticas de derechos”, explica Ángeles Cruz.
La académica Peggy McIntosh lo describió en 1988, en su ensayo “White Privilege: Unpacking the Invisible Knapsack”, como la ventaja tácita que la cultura dominante ejerce sobre las personas racializadas. Se trata de un conjunto de beneficios, poder y oportunidades que se distribuyen de manera desigual entre los distintos grupos de la sociedad: ventajas que no pediste ni elegiste y que, muchas veces, ni siquiera percibes, pero que te acompañan en la vida cotidiana.
En México, el tema no se reduce solo al color de piel. Hablamos también de blanquitud: un ideal físico, cultural y social que otorga valor, credibilidad y acceso a quienes no son leídos como indígenas, afrodescendientes o personas racializadas, explica Ángeles Cruz.
El mestizaje: una promesa que escondió jerarquías
¿Por qué cuesta tanto hablar de esto en nuestro país? Parte de la respuesta está en el llamado “proyecto político del mestizaje”. Después de la Revolución, se impulsó la idea de que México era una nación homogénea, mestiza, donde supuestamente ya no había diferencias raciales. En la práctica, señala la especialista, esto implicó “borrar identidades indígenas y negras” y asociar lo blanco con progreso, modernidad y éxito.
Esa lógica no se quedó en los libros de historia. Sigue operando. El Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY) señala que casi la mitad de la desigualdad que observamos en México se explica por la desigualdad de oportunidades: es decir, por circunstancias que las personas no pueden controlar, como su lugar de origen, el nivel educativo de sus padres o su tono de piel.
De acuerdo con el estudio “Movilidad social en México 2025: la persistencia de la desigualdad de oportunidades”, a nivel nacional, 50 de cada 100 personas que nacen en el escalón más bajo de la sociedad —el 20% con menos recursos— permanecen ahí durante toda su vida adulta. De ese grupo más desaventajado, solo dos de cada 100 logran llegar al escalón más alto de riqueza del país.
Los estudios de Krozer y Estrada (2025), citados por el CEEY, muestran además una brecha alarmante basada en la apariencia física. El 57% de las personas con tonos de piel oscuros permanece en el grupo de menores recursos, mientras que entre las personas de piel clara esta cifra es del 34%.
En el extremo opuesto, el 54% de las personas de piel clara logra mantenerse en el grupo con mayores recursos, frente al 42% de las personas de piel oscura. La situación más crítica se observa entre las mujeres de tono de piel oscuro: el 62% de ellas permanece en condiciones de pobreza.
El sistema educativo —que en teoría debería funcionar como un gran nivelador social— también refleja el peso del privilegio. Si tus padres cursaron estudios profesionales, tienes un 63% de probabilidad de alcanzar ese mismo nivel educativo.
En cambio, si en una familia, la madre y el padre solo concluyeron la primaria, apenas el 9% de sus hijos logra acceder a la educación profesional. En términos prácticos, una persona con familiares profesionistas tiene siete veces más probabilidades de alcanzar ese nivel que alguien cuyos padres y madres solo terminaron la primaria.
La región donde naces también puede multiplicar o limitar tus oportunidades de movilidad social. En el sur del país, 64 de cada 100 personas que nacen en pobreza no logran superarla. En contraste, en la región Centro-Norte —la de mayor movilidad— solo 31 de cada 100 personas permanecen en el nivel más bajo de recursos.
No es una percepción. Es un patrón.
Cuando el privilegio se nota en lo que no te pasa
Muchas veces el privilegio no se manifiesta en grandes privilegios, sino en pequeñas ausencias:
- Entrar a una tienda sin sentir miradas de vigilancia (perfilamiento racial).
- Encontrar maquillaje de tu tono sin buscar durante horas.
- No cuestionarte si tu cabello natural será visto como “poco profesional”.
- Manejar por zonas acomodadas sin temor a que la policía te detenga por “sospechosa”.
Si varias de estas situaciones te resultan ajenas, es probable que el privilegio esté operando a tu favor.
¿Por qué hablar de esto genera tanta resistencia? Porque toca fibras. Porque cuestiona narrativas personales. Porque pone en duda la idea de que todo lo logrado es únicamente fruto del esfuerzo. Robin DiAngelo llama a esto “fragilidad blanca”: reacciones como enojo, negación, culpa o incomodidad cuando se habla de racismo estructural.
Y sobre el famoso “racismo a la inversa”, Ángeles Cruz es clara: no existe. El racismo no es solo un insulto o una burla. Es prejuicio más poder. Es historia más instituciones. Es un sistema que favorece sistemáticamente a unos grupos y discrimina estructuralmente a otros.
Una persona blanca puede vivir una experiencia desagradable. Pero tiene muchas más probabilidades de que el sistema le responda, le crea y le garantice derechos.
Entonces, ¿qué hacemos con esta información? Ángeles Cruz menciona que reconocer el privilegio no es autoflagelarse. Es responsabilizarse.
- Cuestionar el mito de la meritocracia.
- Escuchar sin ponerse a la defensiva.
- Mirar alrededor: ¿quiénes ocupan los espacios de poder?, ¿quiénes no?
- Usar los propios privilegios para abrir puertas, no para cerrarlas.
“El racismo no es un problema de “gente mala”. Es una estructura. Y entender cómo nos atraviesa es un primer paso para desarmarla” (Ángeles Cruz, Racismo Mx.)
Tal vez el verdadero objetivo no es fingir que todas partimos igual, sino construir un país donde el lugar de origen, el tono de piel o los rasgos no decidan hasta dónde puede llegar una persona.

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