A los 15 años de edad me diagnosticaron con depresión. Acababa de entrar a la preparatoria, y desde el inicio, mi vida se volvió un trayecto interminable: dos horas con 30 minutos de distancia de mi casa, en el mejor de los casos. El traslado me adormecía, las clases no me interesaban y las tareas nunca estuvieron en mi lista de pendientes. Pasé de ser una alumna excepcional —allá, en el Estado de México— a estar en "modo automático" todo el tiempo en la ciudad.
El punto decisivo fue cuando dejé de comer. Sabía que algo no estaba bien. Acudí al servicio de psicología de la escuela, era la segunda vez en mi vida que me atendía con una profesional de la salud mental.
Este 13 de enero se conmemora el Día Internacional de Lucha contra la Depresión, una enfermedad que afecta a 6.9% de mujeres en el mundo. En nuestro país, alrededor del 16.3% de mexicanas han reportado sentirse deprimidas más de la mitad de la semana en comparación con el 9.1%, de acuerdo con datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y de la Secretaría de las Mujeres (Semujeres), antes Inmujeres.
La depresión en la infancia, la primer herida
La primera vez había ocurrido a los 11 años de edad. En ese entonces me sentí como un experimento; las preguntas eran calculadas, me empujaban a obtener un resultado que no explicaba exactamente lo que me estaba sucediendo.
En mi primer “diagnóstico” el resultado fue: “eres una niña caprichosa, berrinchuda, que debe aprender a portarse bien”, recuerdo que dijo mi psicóloga. Y añadió, además, las palabras que marcarían el resto de mi adolescencia: “Eres una mujer de piedra, y las mujeres de piedra no viven bien”.
Sin intentar conocerme o averiguar mis malestares, ahí comenzó la primera herida y mi turbulento viaje por enmendar mi salud mental en un sistema de salud fracturado.
Por eso cuando, cuatro años después, en plena adolescencia el diagnóstico fue que tenía un "desbalance en el cerebro", no lo renegué y, por el contrario, accedí a hacer lo que me pidieran.
La psicóloga de la escuela me explicó en aquel entonces que mi cerebro necesitaba "estar equilibrado" con medicina. Para corroborar su diagnóstico me agendó una cita en el área de psicología del Instituto Mexicano de Seguro Social (IMSS), en donde me atendió un hombre que, en tan sólo diez minutos, me remitió al psiquiatra, para recetarme una no tan moderada dosis de Clonazepam y un par de pastillas cuyos nombres ya no recuerdo.
Mirando hacia el pasado, hoy reflexiono sobre la falta de cuidado y atención con perspectiva de género que tuve que atravesar a tan temprana edad, pero también especializada en infancias y adolescentes, en el sistema de salud pública.
La incomprendida depresión adolescente
¿Qué fue lo que me llevó a ese punto? Al principio mis síntomas eran claros pero silenciosos: fatiga, agotamiento, cansancio, desaliento. Síntomas que mi entorno solía confundir con “consecuencias” de la adolescencia, simples “berrinches” como me dijeron antes. Conforme pasó el tiempo, comencé a llorar, dejé de comer y autoinflingí mi cuerpo.
Me aislé en mi cuarto. La promesa de que mi cerebro “sanaría” al tomar medicamentos nunca se cumplió; pasé años de mi adolescencia empastillada, adormecida y anestesiada.
De acuerdo con el Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE), en México, la depresión infantil y juvenil ocupa entre el 35 a 40% de consultas en salud mental en Hospitales Regionales.
Los síntomas más frecuentes entre adolescentes de 13 a 17 años son la tristeza, apatía y la falta de motivación o interés en las actividades que antes solían tener, así como pensamientos de desesperanza e incluso de muerte, según la información del ISSSTE.
Este fue mi caso: entre la tristeza, el enojo y pensamientos anubarrados, confusos y abrumadores, experimenté la sensación de anhelar la muerte en múltiples ocasiones, e incluso pensar en cómo hacerlo. Me preguntaba, durante mis momentos más lúcidos, si era mi culpa.
Hoy sé que no es normal haber pasado la mayor parte de mi adolescencia deprimida; sin atención adecuada, atravesada por la mirada adultocentrista y sesgada por un sistema de salud pública sin perspectiva de género, pasé los seis años sin cuidados oportunos.
Al cumplir 17 años decidí que necesitaba otra perspectiva. Aún no sabía que una terapia con perspectiva de género era posible, pero sí sabía que solo me sentiría tranquila si la persona que me iba a atender era una mujer. Dejé de tomar los medicamentos, de estar adormecida.
Tomé dos años de terapia más en el Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) y, aunque comencé a platicar con mi depresión desde una aproximación más gentil, la herida del sistema público de salud mental regresó. Mi terapeuta dijo “si no mejoras la próxima semana, no te daré más terapia” y pronto dejó de responder mis mensajes. Intuí que se trataba de un sistema de salud que no cuida y que, por el contrario, coacciona para volverte productiva. La psicología también está atravesada por la perspectiva de clase.
Pasaron años para que aprendiera que tratar la depresión infantil y juvenil debe tratarse desde diferentes miradas, y no desde la grieta. Desde hace tres años tomo terapia con una psicóloga particular que cuida mi proceso y no emite juicios sobre mí.
Hoy, a un día de cumplir 26 años, he aprendido a convivir con la depresión. En ocasiones se asoma y la trato con gentileza, la dejo ocupar su lugar, y despedirse cuando quiera o cuando necesita un empujoncito.

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