Tomando en cuenta que la violencia hacia las mujeres es el resultado de múltiples violencias y desigualdades estructurales, complejas e históricas, que son posibles en el sistema patriarcal, busco hacer un breve análisis y reflexión, en torno a algunos de los mitos y dichos más comunes que dan pie a creencias que tienen efectos en la vida de las personas. Entre otras cosas, son estos, los que justifican y dan origen a muchas de las violencias cotidianas, que viven las mujeres en los hogares de nuestro país y del mundo.

Todos ellos alimentan la idea de que las mujeres somos las principales responsables del “bienestar” de la pareja y de la unión, de ese cuerpo que llamamos familia. Somos nosotras las que tenemos que aguantar frente a viento y marea, los avatares de la vida para que ese complejo cuerpo, no se desmiembre.  Así como se dice que "la mujer es el pilar del hogar", se piensa también, que "el hombre es la cabeza de la familia". En ese sentido y siguiendo esta analogía popular, la mujer debe ser el cuello que sostiene dicha cabeza.

Si el varón es la cabeza, entonces podríamos pensar que es él quien tiene la facultad de observar el camino, reflexionar, pensar y hablar. Por tanto, serían ellos, los hombres, quienes tendrían la capacidad para guiar de manera correcta y asertiva al cuerpo entero. La mujer, estaría ahí para sostener y aguantar el peso de la cabeza para que pueda girar y mantenerse en pie. El cuello, además de cumplir esta labor fundamental de soporte, sería la responsable de tragar todo aquello que proviene de la cabeza.

Podemos así, pensar en otros dichos como: "detrás de un gran hombre hay una gran mujer" que, evidentemente, en silencio lo sostiene. Es también ella la que con una fe, obviamente ciega, debe dejarse conducir por aquella gran mente, en una gran cabeza. La buena mujer será dócil, se dejará guiar y obedecerá la conducción, de aquel que tiene la facultad de observación, pensamiento, decisión y palabra.

Esto me lleva a pensar en el dicho popular que nos dice que "calladitas nos vemos mas bonitas", con el que se refuerzan principalmente dos ideas fundamentales para el equilibrio de la familia patriarcal. Por un lado se nos pide discreción, no dar nuestras opiniones, ni expresar nuestros deseos o desacuerdos, porque en realidad, desde esta lógica, no sabemos.

Por el otro, se reafirma la idea de la belleza como una de las características más valoradas y deseables en una mujer. Agradar y ser bonita se presentan como atributos propios de las mujeres. Por supuesto, nunca brillar más que el marido y por el contrario hacer lo necesario para que él brille y tenga siempre la última palabra. No importa si la idea fue de la mujer, esta debe hacer pensar al hombre que en realidad, fue él quien tuvo la iniciativa.

A la luz de esta lógica de pensamiento, a las mujeres nos corresponderían los asuntos del corazón, las emociones, los sentimientos y la apariencia, manteniendo de esta manera el calor del hogar. Seríamos nosotras las que tendríamos que asimilar y amortiguar cualquier cosa que pueda distraer o afectar la estabilidad y armonía, en todos sentidos. (Marilú Rasso)

Lo que muestran estos mitos y dichos es la división sexual del trabajo y la asignación de características a los hombres y a las mujeres. Se construye poco a poco una identidad para las mujeres vinculada al sacrificio, la apariencia y los cuidados.

Se moldea el carácter para convertirnos en seres que en aras de mantener la estabilidad familiar debemos ser: comprensivas, hablar solamente cuando se nos pide, sonreír, ser dóciles, confiar en las grandes decisiones de la cabeza del hogar y mantener el orden y la paz, así como la buena apariencia: bellas, dóciles y serviciales.

La buena mujer que sostiene el hogar todo lo aguanta, se sacrifica para el beneficio del hombre de la casa y de los hijos e hijas. Ella siempre se pone al final, y con esto me refiero a que, cuando hay que tomar decisiones de todo tipo, desde las que tienen que ver con gustos y deseos, hasta las vinculadas al uso del tiempo y de los recursos.

Encontramos entonces, deterioros graves en la salud, el ahorro para la vejez, el autocuidado, el libre desarrollo de la personalidad y por supuesto la calidad de vida de las mujeres y su autonomía.

Estas creencias se han vinculado, tradicionalmente, a características anatómicas de las mujeres que, supuestamente, nos predisponen a ser para otras y otros, como una característica de nuestra naturaleza, que ha llevado a que se nos asignen actividades, actitudes y deseos, que corresponderían a esa presunta naturaleza. (Marilú Rasso)

Se nos educa a estar pendientes de las necesidades de las y los demás para estar listas a satisfacerlas. Se espera que tengamos el don de la adivinación, vinculado a un hipotético instinto materno, que nos hace saber lo que pueden querer, necesitar y sentir los demás. Esto afecta el ejercicio de la comunicación clara y asertiva, necesaria para las relaciones que permiten el desarrollo de vínculos positivos entre las personas.

En ese sentido, se nos fomenta estar mucho más atentas al afuera y a lo que se espera y requiere de nosotras, que a nuestras propias necesidades, gustos, opiniones y deseos. Es el padre y en su momento el esposo y después el hijo varón, quien tomará las decisiones importantes, se traslada así la responsabilidad de muchas cuestiones vitales que componen la autonomía de las personas, colocándonos en un estado de dependencia.

Es decir, todos estos dichos, que se desprenden de grandes mitos, fortalecen creencias arraigadas y tienen efectos reales en lo cotidiano. Es así, que tenemos cifras que nos muestran algunas de las múltiples implicaciones en la vida de las mujeres.

En nuestro país: hay más de 24 millones de mujeres excluidas del trabajo (remunerado), de ellas 20 millones no pueden salir a buscarlo porque están realizando labores de cuidado y domésticas, sin remuneración. El 93% de las personas excluidas de trabajo remunerado y dedicadas a las labores de cuidado y domésticas son mujeres. Solamente el 12% de las mujeres en en México viven en condiciones de bienestar, es decir, no enfrentan carencias y tienen un ingreso por arriba de la linea de la pobreza.

En promedio, los hombres ganan 4 mil 223 pesos más que las mujeres y esta brecha es mayor en mujeres con hijos: una mujer gana hasta 6 mil 623 pesos menos que los hombres. Seis de cada diez mujeres trabaja sin acceso a los servicios de salud y a seguridad digna, de acuerdo con los datos recopilados por la Acción Ciudadana Frente a la Pobreza.

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En el ámbito familiar, 5.8 millones mujeres de 15 an~os y ma´s: 11.4% experimento´ violencia  con 9.2% de violencia psicolo´gica, 3.1% violencia econo´mica o patrimonial, violencia  fi´sica en un 3% y violencia sexual con 1.7%, de acuerdo con la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) 2021.

Como podemos observar, estos datos nos muestran un pedacito de las implicaciones de los mitos que producen creencias, que se traducen acciones, y omisiones que generan desigualdad y violencia. Los dichos aquí mencionados, entre muchos otros, alimentan están conductas.

Sin embargo, haciendo un análisis profundo por medio del pensamiento crítico y mirada feminista, podemos reconocer que el bienestar del hogar y de la familia, responde a la capacidad de la pareja de escucha, diálogo y flexibilidad en el devenir, entre otras cosas y no de la capacidad  para sostener, aguantar y sacrificar de las mujeres.

La responsabilidad es compartida. No recae, únicamente, en la mujer y mucho menos en el mandato de sometimiento y sumisión ante quién se ha considerado la cabeza del hogar: el varón.

La distribución equitativa de las labores dentro y fuera del hogar, el reconocimiento del valor de las tareas domésticas y de cuidados, así como el diálogo para encontrar acuerdos en las decisiones compartidas que permitan el libre desarrollo de ambos, de manera singular y conjunta, dan forma a un hogar nunca estático. Siempre en movimiento. Todo esto sin olvidar que existen diversas configuraciones de familias.

El hogar puede tejerse con la madre y el padre juntos como pareja o separados y eso puede constituir el bienestar para todas las partes.

Favorecer un ambiente propicio para el crecimiento y el desarrollo de las hijas e hijos corresponde, tanto al padre, como a la madre. Dos personas adultas compartiendo, mientras fortalecen su autonomía y promueven la de sus hijas e hijos. Para alcanzar esto, es necesario cuestionar y modificar esas estructuras rígidas que llamamos roles, estereotipos y mandatos de género, que forman moldes pre-diseñados para las mujeres y los hombres, y en este caso en concreto para las madres y los padres.

Esto último nos lleva también a problematizar lo que se piensa, desde el sistema patriarcal, que somos las mujeres, así como, qué significa maternar o el ejercicio de la maternidad y quiénes pueden hacerlo, partiendo de que, lejos de ser una actividad instintiva es un aprendizaje social que podemos desempeñar tanto hombres, como mujeres.

Es indispensable caminar hacia un sistema de cuidados en el que las funciones, asignadas tradicionalmente a las mujeres, sean compartidas en corresponsabilidad, incluyendo al Estado a través de sus instituciones y programas. (Marilú Rasso)

Esto supone un cambio en el paradigma social, es decir, la forma en la que concebimos al mundo y a las personas, incluidos los mitos fundacionales que lo sostienen y los diversos dichos populares que lo alimentan.

Es así, que vale la pena lanzar estas líneas de reflexión para que, estos mitos y dichos, dejen de hacer sentido y construyamos nuevas realidades desde la igualdad y el respeto a todas las personas.

Si vives o crees que estas viviendo violencia comunícate con nosotras:

Espacio Mujeres para una Vida Digna Libre de Violencia, A.C.

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Red Nacional de Refugios, A.C. 800 822 44 60

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