Saia Vergara Jaime ha aprendido a convertir el dolor en horizonte. Historiadora, comunicadora audiovisual y doctora en Creatividad Aplicada, hoy es viceministra de los Patrimonios, las Memorias y la Gobernanza Cultural de Colombia, pero su historia personal va mucho más allá de los cargos: está hecha de silencios, desplazamientos y una profunda lealtad a sus raíces.

Conversamos con ella a propósito de su libro La hija del guerrillero y la loca, una memoria íntima y potente donde reconstruye su infancia en el exilio en la Ciudad de México, marcada por la guerra en su país natal. A través de una narración que entrelaza tres voces —la niña que fue, la adulta que la acompaña y la mujer en duelo que dialoga con su padre—, la obra explora el miedo, la perplejidad y la ternura de crecer en medio del conflicto, pero también la posibilidad de reinventarse.

En esta charla, Saia nos habló del poder de nombrar, de la memoria como territorio y de la escritura como una forma de encontrar lugar propio en un mundo atravesado por los ideales y temores de las y los adultos. Platicamos con ella sobre este viaje emocional y esto fue lo que nos contó.

El título de tu libro es de una honestidad que sacude. ¿Buscas apropiarte de esas etiquetas de "el guerrillero" y "la loca" para transformarlas?

Busco poner el acento en cómo se puede reducir a un ser humano a términos que a veces se usan para denigrar. Quería mostrar que detrás de esas etiquetas hay mucha humanidad. Para mí, fue un ejercicio de exorcizar traumas; tú no solo eres "la hija de", eres muchas cosas más. También es una reivindicación: los revolucionarios rompen esquemas y las "locas" son las que sacuden los prejuicios sociales y hacen avanzar los derechos de las mujeres.

¿Qué fue lo más difícil de desenredar al contrastar tus recuerdos de niña con la realidad política que descubriste como adulta?

Lo más difícil fue la parte técnica: encontrar literariamente la voz de la niña sin que se sintiera falsa o interpretada por la adulta. Duré meses escribiendo fragmentos que se sentían artificiales. Tuve que dejar de ser "la mujer y madre" por un rato para permitir que esa niña hablara y expresara cómo se sentía, sin que el recuerdo de la adulta empañara su voz.

Muchas veces la historia política se centra en el "guerrillero", pero tú le das un protagonismo vital a "la loca". ¿Es este libro un acto de justicia para las mujeres?

Totalmente. Es un homenaje a mi madre y a todas las madres que han criado a sus hijos en situaciones extremas, como el exilio o la persecución. Las mujeres somos las que sostenemos el hogar y la crianza mientras la historia está marcada por las decisiones de otros. Quería visibilizar esa red femenina de tías y abuelas que están detrás de cada historia de resistencia.

Tras recorrer tantos paisajes y escribir estas memorias, ¿sientes que ya encontraste tu lugar en el mundo?

La escritura siempre ha sido un territorio seguro para mí. Pero mi lugar en el mundo lo he ido encontrando desde 2020 en el servicio público. Siento que todo lo que hice antes —ser gestora, fotógrafa, escritora— me preparó para ofrecer lo mejor de mí a la comunidad cultural de mi país. Es mi forma de devolverle a la cultura ese espacio de seguridad donde pude transformar el dolor en belleza.

Si pudieras sentarte hoy frente a esa niña que creció en el exilio, ¿qué le dirías?

Le diría que no salió tan mal. Que, a pesar de lo duro que fue, también hubo muchas alegrías y que eso le dio la esperanza necesaria para trabajar hoy por una paz que incluya a los niños y las niñas.

¿Qué esperas que encuentren los y las lectoras al recorrer estas páginas?

Ojalá se animen a contar sus propias historias. Expresar lo que nos pasó es liberador. No sé si es "sanador", porque las heridas pueden seguir ahí, pero el simple hecho de hablar y explorar nuestras redes de afecto es lo que nos salva. Todas llevamos dolores, y la escritura nos permite entenderlos para poder seguir adelante.