Por primera vez desde el histórico juicio de Aviñón, Gisèle Pelicot habló públicamente. Con motivo de la publicación de sus memorias, Pelicot otorgó diversas entrevistas a medios internacionales para contar, por primera vez con sus propias palabras y en profundidad, lo que le ocurrió durante casi una década dentro de su propia casa.
La concedida al New York Times, de casi tres horas, es una de las más extensas y reveladoras. Sobreviviente del caso que estremeció a Francia y encendió un debate global sobre el consentimiento y la violencia sexual, esta mujer de ahora 73 años, relató cómo descubrió los abusos, por qué decidió renunciar a su derecho al anonimato y cómo ha reconstruido su vida desde entonces.
La entrevista se publicó en el diario neoyorquino días antes del lanzamiento de su libro de memorias, Un himno a la vida: mi historia, que salió a la venta en México esta misma semana.
El momento en que todo colapsó
Antes de que existiera el caso Pelicot como titular internacional, existía Gisèle: una mujer jubilada que se había retirado con su esposo a Mazan, un pueblo del sureste de Francia, al que llamaban "la casa de la felicidad". Allí buscaba una vejez tranquila junto al hombre con quien llevaba casada casi 50 años, Dominique Pelicot, a quien ella describía como atento, deportista, querido por todos. "Solo conocí a un hombre amable y cariñoso", dijo en la entrevista. "Lo cual es aterrador."
El caso Pelicot fue una muestra brutal de la violencia sexual que sufren miles de mujeres. Gisèle fue drogada y violada de manera sistemática por su entonces esposo, Dominique Pelicot, entre 2011 y 2020. Durante ese periodo, él reclutó a través de internet a al menos 70 hombres para agredirla sexualmente mientras ella permanecía sedada, y documentó los abusos en videos y fotografías que guardó en sus dispositivos.
Lo que hacía aún más invisible el horror era que Dominique también gestionaba el deterioro de salud que él mismo provocaba. Cuando Gisèle comenzó a experimentar pérdidas de memoria inexplicables, él la acompañó al neurólogo, al ginecólogo, se aseguró de estar presente en cada cita. Un médico le diagnosticó un posible mini ictus. Otro insinuó Alzheimer. Ella llegó a prepararse para morir. "Me sentía condenada", recordó. "No dejaba de pensar en mi madre, que murió muy joven."
Hubo un momento en que su subconsciente estuvo a punto de decir la verdad. En 2013, al despertar con manchas inexplicables en su ropa, Gisèle le preguntó a Dominique en el jardín, casi en broma: "Doumé, no me estarás drogando, ¿verdad?". Él lloró. Le preguntó cómo era capaz de pensar eso. Y ella terminó pidiéndole disculpas. "Mi subconsciente había detectado algo, pero lo enterré", dijo.
Durante el juicio se supo que Gisèle se enteró realmente de lo que sucedía en 2020, cuando la policía detuvo a Dominique por grabar bajo las faldas de mujeres en un supermercado y encontró las pruebas de los abusos en su computadora. Ante el teniente que la interrogó en la comisaría, ella dijo que no se reconocía en las fotografías que le mostraban. Él tuvo que decirle: "Esa es su habitación, madame Pelicot. Esas son sus lámparas de cabecera."
En la entrevista, Pelicot describe ese momento como una disociación total. "Afortunadamente para mí, no tengo recuerdos, porque creo que me habría suicidado después", declaró. "No habría podido sobrevivir."
Que la vergüenza cambie de bando
En Francia, las víctimas de violencia sexual tienen derecho a que su identidad permanezca protegida durante el juicio. Pelicot tardó cuatro años en tomar la decisión de renunciar a ese derecho y abrir el proceso al público. Fue su hija Caroline quien la empujó a reconsiderarlo: "Mamá, les estás haciendo un gran favor. Piénsalo."
Antes del juicio, los abogados de Gisèle le advirtieron: si quería un proceso abierto, tendría que ver las pruebas. Eligió un día, se encerró en su despacho y los vio por videoconferencia. "Nunca se está preparado para ver este tipo de videos", dijo. Lo que más la perturbó no fue solo la violencia, sino un detalle que no había anticipado: podía escucharse roncar en las grabaciones, por la profundidad de la sedación. "No quedaba nada de mí", dijo.
Sin embargo, esas mismas imágenes fueron lo que hizo posible la condena. En el tribunal, cuando se le preguntaba a cada acusado si había obtenido el consentimiento de madame Pelicot, la mayoría respondía que no. Cuando se les preguntaba si la habían violado, también lo negaban. Y aun después de ver los videos, muchos seguían negándolo. Pelicot los describió como hombres que se veían a sí mismos, casi, como inocentes: habían encontrado a Dominique en un foro de internet en una sala de chat llamada "Sin que ella lo sepa" y, sin embargo, insistían en que no sabían que algo estaba mal.
Este es uno de los ejes más importantes del legado jurídico del caso. Sin las grabaciones, la palabra de Gisèle habría estado sola frente a la de decenas de hombres. Ella misma señaló la dimensión colectiva de esa injusticia: para las víctimas de violación que sí recuerdan lo que vivieron pero no tienen pruebas, el sistema las deja con su caso cerrado porque es su palabra contra la de su agresor. "Debe ser muy duro para estas víctimas recomponerse", dijo.
El 2 de septiembre de 2024, cuando el presidente del tribunal pidió a la prensa retirarse de la sala, los abogados de Pelicot se pusieron de pie para anunciar que su cliente renunciaba al juicio a puerta cerrada. Desde entonces, mujeres de toda Francia llegaban al tribunal antes del amanecer para estar presentes. Le enviaron miles de cartas. Muchas le escribieron que gracias a ella iban a presentar una denuncia, y que tampoco pedirían juicio cerrado. Pelicot interpretó ese efecto como la liberación de un silencio histórico: creía que generaciones enteras de mujeres habían estado amordazadas, y que el juicio les había dado permiso para hablar abiertamente.
"Cuando llevamos esta vergüenza con nosotras, se añade sal a la herida, como si te condenaran dos veces", explicó Pelicot en la entrevista,. Y añade: "luchar contra esa vergüenza a nivel individual, rechazarla para mí misma, también significaba trabajar para el colectivo."
El juicio y los 51 hombres
Como se documentó durante el macrojuicio, los acusados —de entre 22 y 70 años, con profesiones que iban desde bombero hasta enfermero, periodista o funcionario de prisiones— sostuvieron en su mayoría que Dominique les había dicho que Gisèle estaba de acuerdo y que "fingiría dormir." Muchos se negaron a reconocer que la habían violado incluso después de ver los videos como prueba.
No se pudo identificar a todos los agresores. Hay hombres que participaron en las violaciones y que nunca fueron detenidos. "A veces, cuando me cruzo con un hombre, pienso: ¿Y si…?", admite Pelicot.
Dominique Pelicot fue condenado a 20 años de prisión, la pena máxima en Francia. Los demás acusados recibieron condenas diversas. Pelicot no impugnó ninguna de ellas: lo que le importaba era que fueran declarados culpables, declaró.
Caroline y las heridas sin resolver
Uno de los temas más dolorosos de la entrevista aborda los daños que el caso dejó en su familia. En la computadora de Dominique se encontraron fotografías de Caroline Darian, su hija, dormida, en posición similar a la de su madre durante las agresiones.
Dominique nunca fue procesado por lo que pudo haberle hecho a Caroline, porque las pruebas no alcanzaban para ese cargo. Pelicot describió la incertidumbre que eso deja como "un infierno ineludible": no hay respuestas. Madre e hija pasaron por un periodo de distanciamiento, pero Pelicot señaló que la relación está comenzando a recomponerse y que hablan por teléfono casi todos los días.
Seguir en pie
Pelicot confirmó que planea visitar a Dominique en prisión, con la esperanza de obtener las respuestas que el tribunal no pudo darle y de que él tenga algún remordimiento; aunque concede que quizá es una esperanza ingenua.
Al cierre de la entrevista, Gisèle habló de haber encontrado nuevamente el amor de pareja, de montar en bicicleta en una isla, de tener 73 años y agradecer las arrugas que su madre, quien murió joven, nunca tuvo. "Tengo suerte de estar viva."

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